Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 24 Sombras en el pueblo
El silencio que quedó dentro de la bodega era casi insoportable.
Isabella permanecía inmóvil frente a Marco, con el corazón golpeándole el pecho.
Había esperado tanto aquel momento...
Durante semanas había sentido que su esposo escondía algo. Algo que le impedía acercarse a ella, que lo hacía dar un paso atrás cada vez que el corazón parecía vencer a la razón.
Y ahora, por fin, él parecía dispuesto a hablar.
—Tengo miedo de no ser suficiente para ti... —había dicho.
Aquellas palabras todavía resonaban entre las barricas de roble.
Isabella dio un paso hacia él.
—No me importa lo que sea, Marco. Solo quiero que confíes en mí.
Él levantó lentamente la mirada.
Por primera vez desde que se conocían, no había dureza en sus ojos.
Solo cansancio.
Y un dolor tan profundo que parecía llevar años encerrado.
Respiró hondo.
—Hay algo que debes saber...
Su voz apenas era un susurro.
Abrió la boca dispuesto a continuar.
Pero el sonido apresurado de unos pasos rompió el momento.
—¡Señor Vivaldi!
Ambos se volvieron al mismo tiempo.
Un trabajador de la viña apareció jadeando en la entrada de la bodega. Tenía el sombrero en la mano y el rostro cubierto de preocupación.
—Perdón por interrumpir, señor... pero necesitamos que vaya enseguida.
Marco frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos varias cepas en el viñedo del norte con manchas extrañas en las hojas. Pietro cree que podría ser una enfermedad. Si no actuamos rápido, podría extenderse.
Marco cambió de expresión al instante.
Para un hombre como él, sus viñedos no eran simplemente un negocio.
Eran su vida.
Miró a Isabella.
Después al trabajador.
Durante unos segundos pareció debatirse entre quedarse o marcharse.
Finalmente soltó el aire lentamente.
—Voy enseguida.
El empleado salió de nuevo casi corriendo.
El silencio regresó.
Marco volvió la vista hacia Isabella.
Ella esperaba que retomara la conversación.
Que dijera aquello que estaba a punto de confesar.
Pero él solo bajó la mirada.
—Esto tendrá que esperar.
Isabella sintió una pequeña punzada en el pecho.
No era culpa de Marco.
Ella lo sabía.
Sin embargo, otra vez la verdad quedaba suspendida entre ellos.
Otra vez.
—Claro... —respondió intentando sonreír—. Ve. Tus viñas te necesitan.
Marco notó la decepción escondida en aquellas palabras.
Quiso acercarse.
Quiso decirle que hablarían esa misma noche.
Pero las palabras no salieron.
Solo asintió.
Después caminó hacia la salida de la bodega.
Isabella observó cómo desaparecía entre la luz de la tarde.
Y, aunque intentó convencerse de que solo había sido una interrupción inevitable, no pudo evitar sentir que el destino volvía a ponerse entre ellos.
Una hora más tarde, la mansión permanecía extrañamente silenciosa.
Lucía notó que Isabella caminaba de un lado a otro sin encontrar qué hacer.
—¿Todo está bien, hija?
Isabella sonrió con educación.
—Sí... solo necesito salir un rato.
—¿A dónde vas?
—Quiero comprar unas cintas de colores para las cortinas del salón. Creo que les darán un poco más de vida.
Lucía sonrió.
—Ve con cuidado.
Isabella tomó su bolso y salió de la casa.
En realidad, poco le importaban las cintas.
Solo necesitaba despejar la cabeza.
Necesitaba dejar de pensar en la frase que Marco nunca terminó.
"Hay algo que debes saber..."
¿Qué era tan terrible?
¿Por qué siempre ocurría algo antes de que pudiera contárselo?
El pueblo estaba lleno de movimiento.
Las terrazas de los cafés rebosaban de gente.
El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el de las flores que adornaban los balcones.
Isabella caminó despacio, saludando a algunos conocidos.
Entró en una pequeña mercería.
Compró unas cintas de color marfil y otras de un verde suave.
Después siguió caminando sin prisa por una calle adoquinada.
Fue entonces cuando escuchó una voz detrás de ella.
—Nunca imaginé encontrarte aquí... señora Vivaldi.
Su cuerpo se tensó.
Conocía aquella voz.
Demasiado bien.
Se volvió lentamente.
Frente a ella estaba Darío.
Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y una sonrisa que mezclaba sorpresa con arrogancia.
El tiempo lo había hecho parecer más hombre.
Pero sus ojos seguían reflejando la misma inmadurez que Isabella había conocido meses atrás.
—Darío...
Él abrió los brazos con exageración.
—Qué casualidad.
Pensé que ahora vivías encerrada en esa enorme mansión.
Isabella mantuvo la compostura.
—No sabía que habías regresado.
—Volví hace unos días.
Tenía curiosidad por ver cuánto había cambiado este lugar.
Luego la observó de arriba abajo.
Sus ojos se detuvieron en el anillo de matrimonio.
Sonrió con ironía.
—Y veo que los rumores eran ciertos.
Te casaste con Marco Vivaldi.
Quién lo hubiera imaginado...
La muchacha soñadora terminó convirtiéndose en la esposa del hombre más frío de toda la Toscana.
Isabella sostuvo su mirada.
—Mi matrimonio no es asunto tuyo.
Darío soltó una risa baja.
—No te enfades.
Solo me sorprende.
Siempre creí que terminarías casada con alguien capaz de escribirte poemas... no con un hombre que prefiere hablar con sus barricas de vino.
Ella dio un paso para marcharse.
—Debo irme.
Pero Darío habló una vez más.
Su tono ya no era burlón.
Era extrañamente serio.
—Dime una cosa, Isabella...
Ella se detuvo sin girarse.
—¿Ya eres realmente su esposa...
o ese matrimonio sigue existiendo solamente en el papel?
Isabella sintió que el corazón dejaba de latir durante un segundo.
Se volvió lentamente.
Darío sonreía.
Pero aquella sonrisa escondía algo más.
Algo que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Isabella.
—Hay cosas sobre Marco Vivaldi que todo el pueblo comenta... aunque nadie se atreva a decírtelas de frente.
Y, por primera vez desde que se casó...
Isabella sintió que el pasado acababa de llamar a la puerta de su matrimonio.