Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 10
Los hilos del destino seguían moviéndose en direcciones opuestas. En un elegante y cálido restaurante de la ciudad, Seinec y Murac tomaban asiento frente a frente. Tras ordenar un par de bebidas, el ambiente se llenó de una complicidad pausada.
—En este restaurante la comida es verdaderamente deliciosa —comentó Murac, mirándola con gentileza—. Pensé que salir a un lugar así te animaría un poco.
—Es un buen lugar. Gracias, Murac —respondió Seinec, dedicándole una pequeña sonrisa de gratitud.
El rostro de Murac se tornó serio, reflejando una sincera pena.
—Seinec, no sabes cuánto lamento lo de tu padre... De verdad me afectó mucho. Hace un par de años que no lo veía y ahora me siento muy mal por no haberlo visitado antes de su partida. Es una verdadera pena.
Seinec soltó un largo suspiro, cargado de un dolor silente, asintiendo con la cabeza. Murac, intentando aligerar el peso en el pecho de su amiga, cambió de tema con un tono nostálgico.
—Y dime... ¿qué se siente volver al lugar donde naciste?
—No lo sé —confesó ella, bajando la mirada—. La verdad, aún no lo sé.
—Tenías apenas nueve años la primera vez que te vi —recordó Murac con una sonrisa cálida—. Eras tan hermosa entonces, y aún lo eres. Recuerdo claramente que te la pasabas rescatando a todos aquellos perros y gatos callejeros al mismo tiempo. Tu mamá se enojaba muchísimo, ¿te acuerdas?
Una risa nostálgica escapó de los labios de Seinec al recordar aquellas viejas épocas.
—Sí, lo recuerdo perfectamente —respondió ella, antes de mirarlo con interés—. ¿Y qué tal va el negocio? ¿Cómo marcha el hospital?
—Bueno, es un nuevo reto que la vida me ha dado —admitió Murac con honestidad—. A veces me arrepiento de haber tomado el lugar de mi padre en la dirección. Me habría gustado viajar a Estados Unidos antes, tal como hizo tu hermano. Por cierto, ¿qué está haciendo Yin? ¿Piensa regresar pronto?
—No —contestó Seinec con suavidad—. Él está muy bien allá, haciendo su propia vida.
—Ya veo... ¿Y tú en qué estás ahora? ¿Cómo va tu clínica?
El rostro de Seinec decayó un poco.
—La clínica... tuve que cerrarla.
—¿Por qué? —preguntó Murac, sorprendido.
—No tuve opción, en realidad. Tuve que hacerlo por las circunstancias —explicó ella—. Pero la abriré nuevamente en cuanto termine con todos los papeleos de la herencia.
Murac extendió su mano sobre la mesa de manera protectora.
—Sabes que si necesitas ayuda, sea la que sea, cuentas conmigo. Siempre.
Seinec lo miró con ternura y, sonriendo con sinceridad, le respondió:
—Lo sé.
Mientras tanto, en el parque público, la atmósfera era radicalmente distinta. La noche caía y el hambre empezaba a hacer estragos en el humor de la pequeña Zerimar.
Sentada sobre una piedra, observaba con desesperación a Borans, quien con total parsimonia le daba vueltas a una olla de espaguetis sobre la pequeña estufa portátil.
—¡Tengo mucha hambre! —se quejó la niña, arrastrando las palabras.
—Paciencia, paciencia... —repetía Borans sin mirarla, moviendo la pasta de un lado a otro.
Zerimar se levantó de un salto y se acercó a la olla, tratando de husmear.
—Creo que ya está listo —aseguró ella.
—No, aún no está listo —replicó él, apartándola con el brazo.
—A ver... ¡pero es que tengo mucha hambre! —insistió la pequeña, poniéndose de puntillas
—. A ver, déjame ver... la estás hirviendo demasiado. Es pasta, la pusiste por demasiado tiempo, creo.
Borans soltó un bufido fastidiado y la miró de reojo.
—No importa lo que tú creas. Aún no está listo, ¿entiendes?
—¿Me dejas probarla? —pidió Zerimar, sacando un tenedor de su bolsillo e intentando meterlo a la fuerza en la olla—. Solo voy a ver si ya está suave...
—No, aún no está listo. ¡Espera! —le advirtió Borans, bloqueando el tenedor—. ¡No!
—¡Solo voy a ver!
—¡Que no! ¡No lo toques! ¡No...!
En medio del forcejeo por el tenedor y la tapa, la pequeña estufa se tambaleó y, en un parpadeo, la olla cayó de lado sobre la tierra, desparramando toda la pasta en el suelo. Un silencio sepulcral reinó en el lugar durante dos segundos.
—¡Mira lo que hiciste! —estalló Borans, con las manos en la cabeza—. ¡Pasaremos hambre por tu culpa!
—¡Si no me hubieras empujado, no habría pasado nada! —le gritó Zerimar, defendiéndose con rabia.
—¿Y todavía tienes el descaro de responderme? —reclamó Borans, con los ojos encendidos de furia—. Lo único que sabes hacer es arruinarlo todo. Tu tía tenía razón... por algo decidió abandonarte.
Aquellas palabras cayeron como un balde de agua helada sobre la pequeña. Zerimar se quedó muda. Le dio la espalda de inmediato, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta mientras una profunda tristeza la invadía. El duro reproche de Borans la hizo viajar en el tiempo, directo al peor recuerdo de su corta vida: el día en que, escondida detrás de una puerta, escuchó a su tía hablar con el doctor. El médico le explicaba con gravedad que la niña padecía una terrible enfermedad que requería cuidados especiales de forma intensiva; una carga económica y emocional que su tía no estuvo dispuesta a aceptar, optando por dejarla a su suerte.
De pronto, rompiendo el tenso silencio del parque, las primeras gotas gruesas comenzaron a caer del cielo.
—Se puso a llover... —susurró la pequeña con la voz quebrada.
—No me digas —ironizó Borans, aún molesto por la comida perdida.
—Está lloviendo fuerte, nos mojaremos si nos quedamos aquí fuera —insistió ella, abrazándose a sí misma.
—Entra a la tienda entonces —le ordenó él, señalando la lona.
—Allí también puede entrar la lluvia —protestó Zerimar, mirando la fragilidad de la carpa.
—Es impermeable, hazme caso —refunfuñó Borans, mientras guardaba las cosas rescatables.
—¡Está lloviendo muy fuerte! Entremos ya, luego discutimos lo que sea, ¡pero entremos rápido! —exclamó la niña, corriendo a refugiarse.
—Está bien, muévete —cedió él, entrando detrás de ella justo cuando el aguacero se desató con furia.
Una vez dentro de la pequeña carpa, el panorama no mejoró. El agua comenzó a filtrarse por las costuras desgastadas, creando pequeños charcos en el suelo de lona.
—¿No se suponía que esto era a prueba de agua? Mira esto... —reclamó Zerimar, señalando el suelo mojado.
Borans miró el desastre, totalmente resignado, y soltó una risa seca.
—Es verdad... mira el lado bueno: el agua que entró ya no va a poder salir.
Zerimar lo miró con indignación y soltó una risa burlona.
—¡Jajaja, qué chistoso! —exclamó con sarcasmo—. Tu nunca te tomas nada en serio. Mira cómo estamos por tu culpa... ¿Tú crees que esto va a aguantar?
—No lo sé —admitió Borans, cruzándose de brazos.
—Me voy al auto —sentenció la niña, arrastrándose hacia la salida.
—No, no irás a ningún lado —la detuvo él, tomándola de la chaqueta.
—¡Que me voy al auto! —insistió ella, forcejeando.
—¡No! Lo vas a ensuciar todo con barro, y no quiero perder mi tiempo limpiándolo mañana. ¡Así que no!
—¡Pero déjame ir!
—¡Dije que no irás!
—¡Iré!
Sujetándose fuertemente de la lona en medio de la penumbra y el rugido de la tormenta, ambos continuaron su interminable disputa, ignorando que el frío de la noche apenas estaba comenzando.