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Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:517
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

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Capítulo 10: La Fuerza Oculta

El amanecer sobre los Barrios Bajos era gris y cargado de humo negro. El olor a azufre quemado y carne demoníaca carbonizada flotaba en el aire como una niebla tóxica. Donde antes había calles llenas de vida precaria —niños jugando entre barricadas, vendedores ambulantes y familias resistiendo—, ahora solo quedaban ruinas y silencio. La evacuación masiva había sido ordenada durante la noche por las autoridades locales, presionadas por hélix y las corporaciones rivales. La mayoría de los habitantes habían sido trasladados a refugios temporales en el Distrito Medio, dejando el Barrio Bajo 17 como un vasto cementerio urbano.

Mateo Ruiz y Elena Vargas trabajaban codo con codo en lo que quedaba del Comedor Comunitario de la Esperanza Eterna. El edificio había resistido, pero sus paredes estaban marcadas por impactos de aguijones y explosiones. Mateo, con el brazo izquierdo vendado después de una herida de la noche anterior, cargaba cajas de suministros médicos que habían llegado como donación de emergencia de la Orden de San Miguel. A su lado, Elena dirigía a su grupo reducido —ahora solo nueve— mientras distribuían agua purificada y raciones de comida entre los pocos rezagados que se negaban a abandonar sus hogares.

—Raúl, lleva esto a la familia del fondo —ordenó Elena con voz ronca pero firme—. Y dile a la señora González que su niño necesita descansar. La fiebre bajó gracias a la monja, pero no es momento de riesgos.

Mateo se acercó a ella, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Tu gente trabaja bien bajo presión, Vargas. No esperaba que coordináramos tan rápido anoche.

Elena lo miró de reojo mientras colocaba una caja pesada en una mesa improvisada. Su relicario con las fotos de sus hijos colgaba visiblemente sobre su pecho sucio.

—Cuando se trata de sobrevivir, las etiquetas desaparecen. Tú y tus hermanos de la Orden no huyeron. Pelearon por gente que no es su rebaño. Eso vale más que cualquier contrato de hélix.

Raúl, con el brazo herido en cabestrillo, se acercó cojeando.

—jefa, los muchachos dicen que ya se siente diferente. Como si la alianza no fuera solo de una noche.

Mateo sonrió con cansancio.

—No lo es. Mientras las fisuras sigan abiertas, lucharemos juntos. La Orden puede ofrecer bendiciones y coordinación. Ustedes conocen cada callejón y cada trampa que funciona aquí abajo.

La alianza se fortalecía con cada acción compartida. Durante las siguientes horas, los dos grupos combinados recorrieron las zonas más afectadas. Encontraron a tres familias escondidas en sótanos, aterrorizadas pero vivas. Mateo realizó un ritual rápido de purificación para eliminar la energía residual demoníaca, mientras Elena y Carla organizaban el transporte seguro hacia los refugios. En un momento, un pequeño grupo de zánganos rezagados —cinco criaturas débiles que intentaban reagruparse— atacó desde un edificio colapsado.

Mateo levantó su rifle.

—¡Formación mixta!

Elena cargó primero, machete en mano. Su golpe cortó las alas de uno. Mateo remató con un disparo bendito que lo incineró. Trabajaban como si hubieran entrenado juntos durante años. La confianza crecía. Lo que empezó como una necesidad de supervivencia se convertía en respeto mutuo.

—Nunca pensé que diría esto —admitió Elena mientras limpiaba su arma—, pero me alegra tener a la Iglesia de nuestro lado esta vez.

Mateo colocó una mano en su hombro.

—Mi hermana Ana habría luchado exactamente como tú. Por los débiles. Por los que nadie más protege.

Esa conexión personal sellaba la alianza. No era solo táctica. Era humana.

Mientras tanto, en las torres corporativas, el caos político era mayor que el de las calles.

En la Torre hélix, Marcus Hale presidía una videoconferencia de emergencia con los directivos. Su armadura aún mostraba manchas de icor negro, pero su expresión era de pura calculadora frialdad.

—Eclipse y Kurogane activaron sus dispositivos de resonancia —informó con voz cortante—. Sus experimentos abrieron la caja de Pandora. Ahora intentan culparnos a nosotros por no responder “lo suficientemente rápido”.

Victoria Lang, la CEO, apareció en holograma.

—Lanzamos un comunicado inmediato: “Helix advirtió sobre los riesgos de manipular fisuras. La irresponsabilidad de las corporaciones rivales y la lentitud de la Iglesia han provocado esta crisis”. Desviamos toda la atención hacia el Vaticano.

En la Torre Eclipse, Lilith Sinclair estaba furiosa. Golpeó la mesa de obsidiana.

—¡Roth! ¡Dijiste que estaba controlado!

El científico, visiblemente nervioso, tartamudeaba.

—Los zánganos estaban en espera… no lo anticipamos. Pero podemos girarlo. Culpar a la Iglesia por no haber detectado la acumulación. Sus métodos antiguos fallaron donde nuestra tecnología al menos intentó algo.

Sofia Moreau ya estaba coordinando la campaña mediática.

—Publicaremos documentos falsificados que muestren que la Orden de San Miguel ignoró advertencias. Diremos que sus monjas y sacerdotes rezaban mientras la gente moría. La narrativa debe ser: “La fe ya no basta. Necesitamos control corporativo total”.

En Kurogane Dynamics, Akira Tanaka mantenía la compostura oriental, pero sus órdenes eran igual de agresivas.

—Difundan que el Vaticano prioriza sus conventos sobre los barrios pobres. Ofrezcamos “protección tecnológica gratuita” temporal para ganar simpatía. Mientras hélix y Eclipse se desgarran entre sí, nosotros recogemos los pedazos.

Las corporaciones se echaban la culpa mutuamente en comunicados públicos, entrevistas pagadas y filtraciones estratégicas. Todos coincidían en un punto: la Iglesia era el chivo expiatorio perfecto. “Si la Orden de San Miguel y sus monjas hubieran sido más proactivas, esto no habría escalado”, decían los titulares manipulados. La opinión pública, aterrorizada por la invasión de zánganos, comenzaba a dudar.

En medio de este torbellino de acusaciones, Verónica caminaba sola por las calles desiertas del Barrio Bajo 17.

Había salido del convento sin avisar a nadie, aprovechando el caos de la evacuación. Su hábito blanco y negro contrastaba con la desolación gris. El velo cubría su cabeza, pero varias mechas carmesíes se escapaban, moviéndose como si tuvieran vida propia. Sus ojos azules profundos escaneaban cada sombra. Sentía los nidos. Pequeños focos donde los zánganos supervivientes se agrupaban para regenerarse y preparar una segunda oleada.

Nadie la veía. El barrio estaba vacío.

Llegó al primer nido: un cráter en el centro de una plaza destruida donde una fisura aún palpitaba débilmente. Docenas de zánganos se arrastraban, reconstruyendo un caparazón colectivo.

Verónica se detuvo a veinte metros. Respiró profundamente. Por primera vez en mucho tiempo, permitió que una pequeña porción de su otra faceta emergiera. No toda. Solo lo suficiente.

Dio un paso adelante y golpeó el suelo con la palma abierta.

El impacto no parecía violento. Fue un movimiento controlado, casi elegante. Pero la tierra respondió como si un terremoto de magnitud 6 hubiera golpeado directamente el epicentro. El pavimento se agrietó en un radio de treinta metros. Una onda expansiva invisible levantó polvo y escombros. Los zánganos fueron lanzados por el aire, sus caparazones rompiéndose como cristal. El nido se colapsó sobre sí mismo, aplastando a las criaturas en una masa de icor y alas rotas.

Desde lejos, en los puestos de vigilancia de hélix, los sensores registraron un “nuevo evento sísmico inducido por fisura”. Nadie sospechó de una persona.

Verónica continuó. Sus pasos eran silenciosos, pero cada vez que encontraba un nido —en un edificio abandonado, en las alcantarillas, en un mercado derruido— repetía el proceso. Un golpe preciso. Un terremoto localizado. Estructuras colapsando. Nidos destruidos.

En uno particularmente grande, bajo un puente colapsado, más de cien zánganos se habían agrupado. Verónica se colocó en el centro. Esta vez usó ambos puños, golpeando el suelo con fuerza contenida.

¡BOOM!

El suelo se sacudió violentamente. Los edificios cercanos temblaron. Una grieta mayor se abrió en el asfalto, pero no liberó demonios. Al contrario, la energía de Verónica la selló parcialmente, aplastando el nido entero. Los zánganos estallaron en una lluvia de fragmentos. El ruido fue interpretado por los sensores lejanos como “reapertura agresiva de fisuras”.

Mateo, que coordinaba desde el comedor con Elena, recibió el reporte por comunicador.

—Otro terremoto localizado. Las fisuras están intentando abrirse de nuevo con más fuerza. ¡Refuercen las posiciones!

Elena frunció el ceño.

—Esto no se siente natural. Pero si está destruyendo nidos… que continúe.

Ninguno imaginaba que la causante era la monja tranquila que habían visto sirviendo sopa.

Verónica siguió avanzando. Su respiración permanecía calmada, pero en sus ojos brillaban con frialdad gélida. Cada golpe era calculado. No usaba magia ostentosa. Solo fuerza pura, canalizada a través de su cuerpo forjado por una disciplina inhumana. Cada impacto equivalía a toneladas de presión concentrada. Los nidos caían uno tras otro.

En un momento, se encontró rodeada por un enjambre rezagado que había detectado su presencia. Treinta zánganos la atacaron desde todos los ángulos.

Verónica no sacó armas. Simplemente giró sobre sí misma y golpeó el aire con un puño. La onda de choque generó un cráter de cinco metros de diámetro. Los zánganos fueron desintegrados en pleno vuelo. El suelo tembló nuevamente. Desde un dron de vigilancia lejano, se vio como si una nueva fisura hubiera explotado.

Nadie sabía.

Verónica limpió el icor de su hábito con un gesto sereno. Sus mechas carmesíes brillaban con intensidad contenida, como arterias pulsantes. Continuó su camino solitario por el barrio fantasma, eliminando amenaza tras amenaza.

De regreso en el comedor, la alianza entre Mateo y Elena se consolidaba aún más. Habían establecido un puesto de mando temporal. Mateo compartía información táctica de la Orden, mientras Elena ofrecía conocimiento del terreno y recursos del mercado negro.

—Necesitamos mantener esta unión —dijo Mateo mientras revisaban un mapa holográfico improvisado—. Las corporaciones nos están usando como distracción. Si caemos divididos, ganan ellos.

Elena asintió.

—Mis Vigilantes están de acuerdo. Por primera vez en años, siento que no estamos solos.

Ayudaron a los últimos rezagados. Curaron heridas. Distribuyeron comida. Y cada vez que un nuevo “terremoto” sacudía el barrio, ambos grupos se preparaban para lo peor, sin saber que Verónica estaba limpiando el camino en silencio.

Mientras el sol alcanzaba su punto más alto, Verónica regresó hacia el convento por rutas ocultas. Su hábito estaba ligeramente manchado, pero su expresión era la misma de siempre: serena, obediente, piadosa. Nadie la había visto. Nadie sabía.

Las fisuras, sin embargo, parecían más inestables que nunca según todos los sensores. Las corporaciones seguían culpándose entre sí y atacando a la Iglesia. La alianza callejera se fortalecía. Y en las sombras de los Barrios Bajos vacíos, una monja de mechas carmesí había mostrado, por primera vez, una fracción de su verdadero poder.

El velo entre mundos seguía rompiéndose. Pero ahora, algo más peligroso despertaba dentro de la ciudad.

**Escenas extendidas**

Durante la tarde, Mateo y Elena lideraron una patrulla conjunta más profunda en los Bajos. Encontraron un nido que Verónica aún no había tocado. Lo destruyeron juntos: bendiciones de Mateo combinadas con trampas explosivas de Elena. La cooperación fluía naturalmente.

—Eres buena líder —le dijo Mateo.

—Tú eres un buen protector —respondió ella—. Como mi difunto esposo lo era antes de morir.

Compartieron historias breves mientras caminaban. La alianza ya no era solo táctica. Se volvía personal.

Mientras tanto, las corporaciones intensificaban su guerra mediática. Marcus Hale apareció en una entrevista holográfica: “La Iglesia falló en advertir a la población. hélix está conteniendo el daño que otros provocaron”. Lilith Sinclair contraatacó: “Helix experimenta en secreto con la misma tecnología”. El público se dividía, pero la confianza en las instituciones religiosas caía.

Verónica, en su camino de regreso, eliminó dos nidos más. Cada uno con un golpe que hizo temblar el suelo. Los sensores registraron “actividad sísmica extrema inducida por fisuras”. Mateo y Elena lo interpretaron como una nueva amenaza. Prepararon defensas.

Al llegar al convento, Verónica se arrodilló en la capilla como si nada hubiera pasado. Sus manos temblaban ligeramente por el esfuerzo contenido. La bestia sagrada había probado un poco de libertad. Pero aún no era el momento de liberarla por completo.

El barrio vacío guardaba su secreto. Las corporaciones seguían su juego de culpas. La alianza entre Mateo y Elena se fortalecía hora a hora. Y las fisuras, ahora más inestables que nunca, palpitaban con promesas de mayor oscuridad.

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