Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt11.
Subimos las escaleras en silencio. No hablamos desde la morgue. El sonido de nuestros zapatos contra los peldaños parece marcar un compás de duda.
Al llegar al primer piso, la luz de las farolas nocturnas de la calle atraviesa las persianas polvorientas y corta el aire en franjas anaranjadas. Héctor deja caer los papeles de la morgue sobre el escritorio y se deja caer en la silla. Yo abro la ventana apenas, lo suficiente para que entre un poco de aire frío. Todavía siento en la garganta el olor metálico del cuerpo de Slim.
—Nada de esto tiene sentido —murmura Héctor, girando su medalla de Santini entre los dedos—. Si lo torturaron y luego lo dejaron frente a ese espejo… no fue solo un ajuste de cuentas.
—No —respondo—. Fue algo más ritual. O más… simbólico. Para dejar un mensaje claro…
Antes de poder decir otra palabra, sonidos de botas pesadas dan golpes secos mientras se acercan a nosotros. El teniente llega, con su abrigo gris sobre los hombros, el rostro cansado y el ceño apretado.
Camina directo hacia nosotros. No hace falta que hable, se le nota en la mirada que trae malas noticias.
—¿Tienen un minuto? —dice con tono forzado.
—Depende —respondo—. Si viene a felicitarnos por trabajar gratis, no.
Héctor se ríe bajo. El teniente ignora el comentario.
Deja caer un sobre amarillo sobre mi escritorio.
—Los federales acaban de solicitar el traslado del caso Slim. Quieren todos los informes, las muestras y los registros.
Héctor se endereza.
—¿Qué? ¿A qué hora pasó eso? —gruñe Héctor.
—Hace menos de una hora —contesta el teniente, cruzándose de brazos—. Llegó la orden sellada desde la central. No hay apelación.
Tomo el sobre. Dentro está la notificación formal: un texto frío, sin firma visible, solo un sello con un águila dorada.
El aire en la oficina se vuelve más denso.
—Así que quieren quitárnoslo —digo, mirando el papel.
—Exacto —responde el teniente—. Oficialmente porque "excede la jurisdicción distrital". Extraoficialmente… ya saben quiénes mueven los hilos en el Distrito Norte.
El nombre no hace falta decirlo. Todos lo pensamos al mismo tiempo: Linova.
—¡Malditos bastardos! —escupe Héctor, levantándose—. Quieren limpiar su mugre otra vez.
—Baja la voz —le ordena el teniente con cansancio—. No quiero otro problema en el informe, ni que otros escuchen más de lo necesario.
Yo me inclino hacia adelante.
—No pienso entregarles nada —suelto, furioso.
El teniente me mira largo rato.
—Sabía que ibas a decir eso —responde—. Pero entiéndelo, Detective. No puedo protegerte de todo.
—Nunca me protegiste —respondo, encendiendo un cigarrillo—. Solo me dejaste hacer el trabajo sucio que nadie quería mirar.
El teniente suspira. Se apoya en el borde de mi escritorio.
—Escúchame bien. Ya han desaparecido seis agentes por meterse con esa familia. Seis, ¿me oyes? Todos con casos que apuntaban al mismo sitio: Linova, sus empresas, sus socios. Si sigues hurgando, no vas a encontrar justicia, solo una tumba sin nombre.
Le devuelvo la mirada sin pestañar. Hablo con el veneno justo.
—No me importa la tumba. Lo que me importa es saber por qué un contador se arrancó los ojos, y el poder acabar de una vez con la maldita familia Linova.
El silencio se instala unos segundos.
Afuera se oye el murmullo de la lluvia comenzando a golpear los ventanales. Héctor se cruza de brazos, mirando al suelo, pero su sonrisa delata que está de mi lado.
El teniente aprieta los labios. Y suelta…
—Está bien. Haz lo que tengas que hacer, pero mantén todo fuera de los registros. Si alguien pregunta, este caso no existe.
Asiento despacio. El teniente se da media vuelta y se detiene antes de alejarse.
—Solo un consejo, Detective, Héctor —dice sin mirarnos—: no duden en huir si es necesario, no quiero tener que buscarlos en los ríos y los basureros. No a ustedes.
Se aleja en silencio, sin mirar atrás.
Héctor se ríe nervioso.
—Vaya discurso.
—Tiene razón —respondo, aplastando el cigarrillo en el cenicero—. Pero ya es demasiado tarde para mirar a otro lado.
Por la ventana de la comisaría, veo como la noche se traga la ciudad. Y nosotros quedamos una vez más quietos sin nada que hacer, nadie en el Norte hablara de Slim. Solo tengo esta carpeta con nada útil y las ganas de aplastarle la cara a Guillermo Linova.
Héctor se sienta frente al escritorio y prende el monitor, saca su laptop y la abre. Teclea cosas mientras revisa las hojas de la carpeta. Lo dejare trabajar, sabe mejor que yo donde buscar.
El cuerpo me pesa, estoy exhausto. El sueño me llama, solo me dejo llevar por él. Camino al viejo sofá y me dejo caer en él. Héctor teclea cosas en su laptop completamente sumergido en las pantallas. Yo solo siento la mano del sueño cubrir mis ojos y me dejo llevar, cerrando mis pesados ojos…
Abro los ojos… Un corredor oscuro se estira frente de mí, lleno de puertas pesadas. En el cuerpo siento como si deseará tragarme. El aire frio huele a sal y aceite quemado, me pica en la nariz… En el fondo, una luz de un color rojo carmesí, palpita llamándome, anhela que me acerque.
De pronto, en frente de mí vista perdida, una silueta emerge del suelo. Desde un charco rojizo, vibra con la brisa que se arrastra de la luz palpitante del final del corredor.
Veo como un rostro se forma en la silueta borrosa frente a mí. Le reconozco… es Mat Slim, el cadáver que encontré ayer… Me toma del brazo. Su tacto es frío, pero no muerto. Es como tocar la memoria. Sus inexistentes ojos me miran fijamente, su voz se cuela por mis ojos directo a mi cerebro.
—Casa 4,7… Norte… Muro... Culpable… Secretos… Corre…
Pestañeo. Despierto sobresaltado. El techo de la comisaría, el foco sobre el duro sofá.
El cuello me cruje, el cuerpo me duele como si hubiera dormido sobre piedras. La pesadilla sigue viva en mi cabeza, latiendo, aun me quema su voz detrás de mis párpados; cada palabra, su tacto, la voz de Slim dentro de mi cerebro. Será… ¿una dirección? Casa 47, Distrito Norte. Y ¿que corra? Será para buscar algo, o que corra para alejarme de todo esto.