Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Mirando más de la cuenta
Entrar a la oficina de Mathews siempre me imponía un respeto casi solemne. Era como cruzar el umbral de un santuario donde el éxito tenía forma de muebles oscuros y silencio contenido. El pasillo olía a café recién hecho y a ese perfume amaderado que siempre asocié con él.
—Buenos días, señora Sinclair —saludó la señora Rosie desde su escritorio.
—Buenos días, Rosie.
Ella me extendió una pequeña cajita.
—Le guardé esto. Es de chocolate amargo… sé que le gusta. Y, por cierto, se ve preciosa hoy.
Sonreí con gratitud.
—Gracias. Es usted un encanto.
—Siempre es un gusto verla por aquí —añadió con una mirada cómplice—. Hace falta un poco de elegancia femenina en este lugar.
Sus palabras me hicieron sentir, por un segundo, parte de algo. No una invitada permanente, sino alguien con derecho a estar allí.
Continué por el pasillo. Noté la ausencia de la secretaria de Mathews y aproveché para tocar la puerta. Un golpe suave. Nada. Otro más firme. Silencio.
Giré la manija.
La oficina estaba impecable. Orden milimétrico. La luz entrando por el ventanal bañaba el escritorio de madera oscura. Avancé sosteniendo los documentos contra mi pecho.
Y entonces lo noté.
El espacio vacío.
El marco plateado donde siempre estuvo nuestra fotografía de bodas ya no estaba.
Me acerqué despacio, como si el vacío pudiera llenarse si lo observaba con suficiente intensidad. Pasé la mano por la superficie del escritorio, como si aún pudiera sentir el relieve del marco.
—No… —susurré.
Busqué con la mirada. Estanterías. Repisas. Nada.
Abrí un cajón. Luego otro. Mis manos temblaban.
Justo entonces, la puerta se abrió con suavidad.
Me enderecé de golpe.
No era Mathews.
Era Jonathan.
Se apoyó contra la puerta unos segundos antes de cerrarla con calma. Traje oscuro, corbata perfectamente alineada, mirada afilada.
—Vaya —murmuró—. Y yo que pensaba que las sorpresas interesantes no ocurrían en horario laboral.
Respiré hondo.
—No sabía que había alguien aquí.
—Lo mismo podría decir yo —respondió, avanzando un paso—. Entro a la oficina de mi socio y encuentro a su esposa registrando cajones. Admito que no era lo que esperaba esta mañana.
Cerré el cajón con firmeza.
—No estaba registrando nada. Solo buscaba un bolígrafo.
Él arqueó una ceja.
—¿En el segundo cajón inferior? Curiosa elección.
Lo miré con frialdad.
—Señor Blake, no creo que tenga que darle explicaciones.
Su sonrisa se ensanchó apenas.
—Jonathan —corrigió suavemente—. Cuando estamos solos, puede llamarme Jonathan.
—Prefiero mantener la formalidad.
—¿La formalidad la hace sentir más segura, Victoria?
Mi nombre en su boca tuvo un peso distinto.
—No necesito sentirme segura.
—Claro que sí —replicó con calma—. Todos la necesitamos.
Se acercó al escritorio. No invadía mi espacio del todo, pero lo suficiente para que el aire entre nosotros se volviera más denso.
—¿Buscaba algo más que un bolígrafo? —preguntó, bajando ligeramente la voz.
Tragué saliva.
—Buscaba… una fotografía.
Él me observó con atención renovada.
—¿La de su boda?
Mi sorpresa debió ser evidente.
—La vi ayer —explicó—. Estaba justo ahí.
Señaló el lugar vacío.
—Ya no está —dije, incapaz de ocultar la herida en mi voz.
Jonathan guardó silencio unos segundos.
—Quizá la movió por trabajo.
—¿Una fotografía estorba para trabajar?
Nuestros ojos se encontraron.
—A veces —dijo él con una calma inquietante— lo que más estorba no es el objeto… sino lo que representa.
El comentario me golpeó más de lo que debía.
—No le corresponde analizar mi matrimonio.
—Tiene razón —respondió sin perder la compostura—. Pero sí me corresponde observar. Y usted no parece una mujer que revise cajones por simple curiosidad.
Me crucé de brazos.
—¿Y cómo parezco?
Su mirada descendió lentamente por mi figura y volvió a mis ojos.
—Como alguien que está buscando algo que no encuentra.
El silencio se hizo espeso.
—Eso es muy arrogante de su parte.
—Lo sería si estuviera equivocado.
Sentí la necesidad de recuperar el control.
—No tiene idea de lo que habla.
—Tal vez no —admitió—. Pero anoche la vi. Y hoy la veo otra vez. Y en ambas ocasiones, su sonrisa no llegó a sus ojos.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Es usted demasiado observador.
—Es parte de mi trabajo.
—¿Leer personas?
—Invertir en ellas.
El doble sentido quedó suspendido.
—No soy una inversión, señor Blake.
—Jonathan —repitió, acercándose un poco más—. Y no, no es una inversión. Es… interesante.
Mi pulso se aceleró.
—No debería decir esas cosas.
—¿Por qué? —preguntó suavemente—. ¿Porque está casada? ¿O porque le gusta escucharlas?
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Esto es inapropiado.
—Inapropiado sería tocarla sin permiso —respondió con voz grave—. Decir que está radiante es simplemente honesto.
El aire parecía escasear.
—Mi esposo podría entrar en cualquier momento.
Jonathan miró hacia la puerta y luego volvió a mí.
—Y, sin embargo, no ha salido.
Su cercanía era peligrosa. Podía sentir el calor de su cuerpo a pocos centímetros.
—No confunda cortesía con interés —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como pretendía.
Él inclinó apenas la cabeza.
—¿Entonces no le interesó nuestra conversación anoche?
—Fue una conversación educada.
—¿Y la forma en que me sostuvo la mirada?
Sentí un calor subir por mi cuello.
—Eso es su imaginación.
—No lo creo.
El silencio entre nosotros vibraba.
—Victoria —pronunció más bajo—, no estoy intentando faltarle el respeto. Solo… no me gusta fingir que no veo lo evidente.
—¿Y qué es lo evidente?
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Que usted es mucho más que la esposa de mi socio.
La frase me dejó sin palabras.
—No me conoce.
—Me gustaría hacerlo.
La sinceridad en su tono me descolocó más que la insinuación.
—No debería.
—Probablemente no —admitió—. Pero eso no cambia que quiera.
Mis dedos apretaron los documentos contra mi pecho.
—Traje esto para Mathews. Entrégueselo, por favor.
Intenté avanzar hacia la puerta, pero al pasar junto a él, su voz volvió a detenerme.
—Él movió la fotografía esta mañana.
Me giré.
—¿Cómo lo sabe?
—Estaba aquí cuando lo hizo.
El mundo pareció inclinarse un poco.
—¿Y dijo por qué?
Jonathan sostuvo mi mirada.
—No.
Una pausa.
—Pero su expresión… no era la de un hombre indiferente. Era la de alguien… molesto.
—¿Molesto conmigo?
—Molesto consigo mismo, quizá.
No supe qué responder.
Jonathan dio un paso atrás, devolviéndome espacio.
—No permita que la hagan sentir invisible, Victoria.
Mi respiración se volvió irregular.
—No es asunto suyo.
—Tiene razón —repitió—. Pero si alguna vez decide que quiere ser vista… asegúrese de que la miren como merece.
Sus palabras me recorrieron la piel como una caricia que no existió.
Tomé el picaporte.
—Esto no puede repetirse.
—¿El qué? —preguntó con una media sonrisa.
—Esta conversación.
Él sostuvo mi mirada, intenso, firme.
—Entonces será mejor que deje de buscar en cajones ajenos.
Abrí la puerta.
—Y usted deje de observar lo que no le pertenece.
Su voz me alcanzó antes de cruzar el umbral.
—Lo que no me pertenece… suele ser lo que más despierta mi interés.
Salí sin responder.
Caminé por el pasillo con el pulso desbocado, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
Y lo más inquietante no era lo que él había dicho.
Era que, en algún lugar profundo y silencioso, yo también quería que volviera a decirlo.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰