Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
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CAPÍTULO 17 El día en que intenté ser “normal”
Elio Renard Valemont se despertó con una idea peligrosa:
hoy iba a intentar ser normal.
No normal como “noble con responsabilidades”, porque eso ya había demostrado ser un oxímoron funcional. Normal como “persona que camina por el castillo sin activar leyendas urbanas, sin provocar silencios dramáticos, sin que su apellido haga que la gente revise sus pecados pasados”.
Se sentó en la cama, respiró hondo y se dijo a sí mismo:
—Hoy no voy a hacer nada importante.
La frase sonó casi valiente.
El castillo, por supuesto, no estaba de acuerdo.
Apenas salió de su habitación, el murmullo habitual del ala este se apagó medio segundo. No fue un silencio total; fue ese pequeño tropiezo colectivo del sonido que ocurre cuando alguien entra en una sala y todos, sin querer, lo notan. Elio se detuvo en el umbral, con una bandeja de desayuno aún tibia entre las manos.
—Buenos días —saludó, intentando que su voz sonara casual.
—Buenos días, joven señor —respondieron varias voces al mismo tiempo.
💭 Esto no es normal. Esto es una coreografía social.
Caminó por el corredor principal, donde la luz de la mañana se filtraba entre los ventanales altos, dibujando sombras alargadas sobre el piso de piedra. Los tapices colgados en las paredes mostraban escenas de batallas antiguas: héroes con espadas en alto, enemigos derrotados, estandartes ondeando. Elio siempre había pensado que esas imágenes eran demasiado dramáticas para la vida cotidiana. Esa mañana, le parecieron incómodamente apropiadas.
En la intersección del pasillo, se topó con un grupo de jóvenes nobles que conversaban en voz baja. Al verlo, bajaron aún más la voz, sonrieron con cortesía rígida y se hicieron a un lado para dejarlo pasar.
—No muerdo —murmuró Elio para sí mismo—.
—Creo.
Llegó al patio interior, donde el sonido del agua de la fuente rompía un poco la tensión ambiental. Se apoyó en la baranda, dejando que el fresco de la mañana le despejara la cabeza. Desde allí, el castillo parecía menos opresivo: plantas trepadoras en los muros, flores de colores suaves, el cielo despejado reflejándose en el agua.
💭 Esto es lo más cerca que estaré de ser una persona normal hoy.
—Te estás escondiendo —dijo una voz conocida a su espalda.
Elio se giró. Seraphiel estaba allí, con un libro bajo el brazo y esa expresión tranquila que siempre parecía fuera de lugar en medio del caos social del castillo.
—No me escondo —respondió Elio—.
—Me mimetizo.
—Eso no es mimetizarse —dijo Seraphiel—.
—Eso es huir en cámara lenta.
Elio sonrió, derrotado.
—Quería pasar un día sin… gestos dramáticos.
—¿Te refieres a los de tu padre? —preguntó Seraphiel con honestidad peligrosa.
—Exactamente esos.
Caminaron juntos por el patio, rodeando la fuente. Algunos sirvientes cruzaron el lugar con bandejas y cubos de agua. Al verlos pasar juntos, un par de miradas curiosas se giraron de inmediato.
Elio suspiró.
—Ni siquiera estoy haciendo nada.
—Eso no importa —respondió Seraphiel—.
—La gente proyecta historias donde no hay.
—Ojalá proyectaran cosas aburridas.
—
No pasó mucho tiempo antes de que el intento de “normalidad” se rompiera.
En la sala de lectura común, un joven noble dejó caer accidentalmente un montón de pergaminos al ver entrar a Elio. Los papeles se desparramaron por el suelo como una lluvia de mala coordinación.
—Lo siento —dijo el joven, apresurándose a recogerlos—.
—No fue mi intención…
—No pasa nada —respondió Elio, agachándose para ayudarlo—.
—Yo también tiro cosas cuando estoy nervioso.
El joven lo miró con sorpresa genuina.
—¿De verdad?
—Sí —dijo Elio—.
—Soy sorprendentemente torpe.
Seraphiel observó la escena con atención silenciosa. Vio cómo el joven se relajaba un poco al darse cuenta de que Elio no iba a reaccionar con juicio ni autoridad.
Cuando terminaron de recoger los pergaminos, el joven inclinó la cabeza con un respeto menos rígido.
—Gracias, joven señor.
—De nada —respondió Elio—.
—Y… respira.
—El castillo no se cae porque tropieces.
El joven sonrió, tímido, y se fue.
Elio se quedó mirándolo.
—¿Ves?
—Eso fue normal.
—Fue humano —corrigió Seraphiel—.
—Que es mejor.
Elio se permitió disfrutar ese pequeño triunfo… durante exactamente cinco minutos.
Porque entonces escuchó la voz de su padre desde el otro extremo del corredor.
—¡ELIO!
—¿ESTÁS MOLESTANDO A ALGUIEN?
Elio cerró los ojos.
—Padre, estaba ayudando a alguien a recoger papeles.
—¡BIEN!
—¡ESO ES LIDERAZGO COMPASIVO!
Varias cabezas se giraron.
Elio se hundió un poco en sí mismo.
—Nunca voy a ser normal —murmuró.
Seraphiel se acercó un poco más.
—Tal vez tu versión de normal es distinta.
—Mi versión de normal no incluye anuncios públicos.
—
Más tarde, durante la comida, Elio intentó sentarse en una mesa secundaria, lejos del centro de atención. No lo logró. Alguien había decidido que su lugar estaba “al frente, donde pudiera verse”.
—No quiero ser un símbolo hoy —protestó.
—Lo eres te guste o no —respondió Lysenne con una sonrisa cansada—.
—La diferencia es cómo lo manejas.
Elio miró su plato.
—Quiero ser invisible.
—Eso no es algo que se le permita a alguien con tu nombre —dijo Seraphiel en voz baja.
Elio rió, sin humor.
—Maldita herencia social.
—
Por la tarde, escaparon a los jardines exteriores. El aire era más fresco allí, menos cargado de miradas. Caminaron por senderos de grava entre arbustos floridos, donde el ruido del castillo quedaba amortiguado.
—Gracias por acompañarme en mi fallido intento de normalidad —dijo Elio.
—No fue fallido —respondió Seraphiel—.
—Fue interrumpido.
—Eso es una distinción optimista.
Seraphiel se detuvo bajo un árbol grande, cuyas hojas filtraban la luz del sol.
—No tienes que ser normal para ser… suficiente.
Elio lo miró, sorprendido por la seriedad de la frase.
—Eso sonó como un consejo que recordaré cuando esté teniendo un día terrible.
—Úsalo cuando quieras desaparecer —respondió Seraphiel—.
—A veces no se puede, pero se puede pedir compañía.
Elio respiró hondo. El castillo seguía allí, con su murmullo constante y sus leyendas vivas. La gente seguiría mirando, comentando, proyectando historias. Pero en ese momento, bajo la sombra tranquila del árbol, el mundo parecía un poco menos pesado.
Tal vez no podía ser “normal” a los ojos del reino.
Pero podía ser honesto.
Y a veces, en medio de tanta expectativa,
eso era lo más cercano a la normalidad que iba a conseguir.