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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 1

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Narrador: Leo Ubicación: Instituto San Lorenzo (Ciudad)

El arte de la invisibilidad no se enseña en los libros de texto, ni viene en el currículo de Biología junto a la fotosíntesis o la mitosis celular. Es una disciplina que se aprende en la trinchera, una ciencia empírica que se perfecciona con el sudor frío pegado a la camisa del uniforme y el ritmo cardíaco desbocado que debes obligar a calmarse.

Para cuando sonó la alarma a las 6:30 de la mañana, yo ya llevaba diez minutos despierto, mirando las grietas del techo de mi habitación. Esas grietas eran mis amigas; conocía su geografía mejor que la palma de mi mano. Formaban un mapa de un país que no existía, un lugar donde nadie te preguntaba por qué caminabas así, o por qué tus muñecas parecían doblarse con demasiada suavidad, o por qué nunca te reías de los chistes sobre las tetas de la profesora de Matemáticas.

Me levanté. El suelo estaba frío. El espejo del baño me devolvió la imagen de siempre: un chico delgado, con el pelo castaño cayendo sobre los ojos en una cortina deliberada —mi primera línea de defensa— y unos hombros que tendían a encorvarse hacia adentro, como si mi cuerpo intentara ocupar menos espacio en el universo por defecto.

Me lavé la cara con agua helada. No existes, me dije al espejo, mientras el agua goteaba de mi barbilla. Hoy eres aire. Hoy eres gris. Hoy eres parte del mobiliario.

El trayecto en autobús hacia el Instituto San Lorenzo fue el primer desafío. El vehículo olía a humanidad húmeda, a desodorante barato aplicado en exceso para ocultar el olor a sueño, y a ese aroma metálico y rancio de los asientos de plástico viejo. Me puse los auriculares. No tenían música. Eran solo atrezzo, una señal visual universal que gritaba «No me hables». A través del silencio sintético, escuchaba el murmullo de las conversaciones ajenas: partidos de fútbol, quién se había liado con quién en la fiesta del sábado, y las risas. Esas risas estruendosas, masculinas, que ocupaban todo el espacio sonoro.

Llegar a la escuela es entrar en una zona de guerra donde las minas son invisibles. El edificio del San Lorenzo es una mole de cemento de los años setenta, pintada de un color crema que el tiempo y la contaminación habían convertido en el tono de un hematoma curándose.

Crucé la puerta principal a las 7:55 AM. Cinco minutos antes del timbre. El momento crítico.

El pasillo principal era un río caudaloso de uniformes azul marino y camisas blancas. Navegar por él requiera una precisión matemática. Paso uno: vista al frente, pero desenfocada. Si miras a alguien a los ojos, es una invitación o un desafío. Paso dos: paso rápido, con propósito. Si caminas lento, eres una presa; si corres, eres una víctima huyendo. Paso tres: mantente cerca de los casilleros, pero no tanto como para que te arrinconen.

—¡Cuidado, maricón!

La palabra no fue gritada. Fue siseada.

No me detuve. Ni siquiera parpadeé. Sentí el hombro de alguien chocar contra el mío con una fuerza calculada, lo suficiente para desequilibrarme, para hacerme trastabillar y casi tirar mi cuaderno de bocetos, pero no lo suficiente para que pareciera una agresión ante los ojos de un profesor distraído.

Bruno.

No necesité girarme para saber que era él. Bruno olía a una colonia cara, amaderada, que su padre probablemente le regalaba para compensar su ausencia, mezclada con el olor acre del tabaco que fumaba a escondidas detrás del gimnasio. Bruno, el capitán no oficial de la crueldad. Su voz tenía esa textura de grava que a las chicas les parecía sexy y a mí me sonaba a sentencias de muerte.

Me ajusté la correa de la mochila. Me dolía el hombro por el golpe, un dolor sordo y palpitante, pero mi cara permaneció inexpresiva. Es el secreto número uno: si no reaccionas, les quitas la diversión. Si no sangras, el tiburón se aburre. O eso dice la teoría. En la práctica, el tiburón a veces muerde solo por el gusto de sentir cómo se rompen los huesos.

Llegué a mi casillero, el número 304. La combinación era 18-22-09. Mis dedos temblaban ligeramente, una traición de mi sistema nervioso que odiaba. Cálmate, Leo. Ya pasó. Solo fue un golpe.

Saqué el libro de Historia Universal. Dentro, camuflado entre las páginas de la Revolución Francesa, tenía un pequeño boceto que había hecho la noche anterior. Eran solo manos. Manos entrelazadas. Me obsesionaban las manos. Eran difíciles de dibujar, con todos esos nudillos, tendones y falanges, pero eran lo más honesto del cuerpo humano. Los ojos pueden mentir, la boca puede sonreír mientras se burla, pero las manos siempre dicen la verdad. Si están tensas, si sudan, si tiemblan.

Cerré el casillero y me giré para ir a clase. Y allí estaba Clara.

Clara era todo lo que yo no era. Era ruido, era color, era una explosión controlada. Llevaba el uniforme reglamentario, pero de alguna manera lograba que pareciera ropa de alta costura punk. Tenía pines en la mochila que decían cosas como "El futuro es fluido" y "Mata al patriarcado", y llevaba el pelo cortado en un estilo asimétrico que desafiaba la gravedad y el código de vestimenta escolar.

—Tienes cara de que vas a vomitar o de que acabas de ver a un fantasma —dijo ella, apoyándose en el casillero vecino con una naturalidad envidiable—. O peor, te has cruzado con el Neanderthal de Bruno.

—Buenos días a ti también, Clara —murmuré, empezando a caminar hacia el aula 12B. Ella me siguió el paso, actuando como mi guardaespaldas no oficial de metro sesenta.

—Lo he visto, Leo. He visto cómo te ha empujado. Deberíamos reportarlo. En serio, mi madre dice que si documentamos cada incidente...

—Tu madre es abogada, Clara. La mía trabaja en una panadería y mi padre piensa que si me molestan es porque "me falta carácter". No vamos a reportar nada.

Clara resopló, un sonido indignado.

—El silencio es complicidad, Leo. Lo sabes.

—El silencio es supervivencia —corregí yo.

Entramos al aula. El aire estaba viciado, cargado de hormonas adolescentes y polvo de tiza. Me senté en mi lugar habitual: tercera fila, pegado a la ventana. Desde allí podía ver el patio, un cuadrado de cemento con una sola palmera triste que parecía pedir clemencia al sol caribeño.

La clase de Historia pasó como una neblina. El profesor, el Sr. Martínez, hablaba sobre la caída del Imperio Romano con una monotonía que podría dormir a un hiperactivo. Yo dibujaba en los márgenes de mi cuaderno. Dibujaba la nuca del chico que se sentaba delante de mí. No porque me gustara, sino porque tenía una cicatriz interesante en forma de media luna justo debajo de la oreja. Me preguntaba cómo se la habría hecho.

De repente, una bola de papel aterrizó en mi mesa.

Mi corazón dio un vuelco. Miré el papel arrugado como si fuera una granada sin anilla. Alrededor, nadie miraba. Todos fingían prestar atención a la pizarra o miraban sus teléfonos bajo los pupitres.

Desdoblé el papel lentamente.

Había un dibujo. Una caricatura obscena y mal hecha de dos figuras de palitos. Una estaba de rodillas. Debajo, con una letra angulosa y agresiva, decía: "Candelario se la come".

Sentí cómo la sangre se me subía a las orejas, quemándome. La vergüenza es algo físico, caliente y pegajoso. Arrugué el papel en mi puño hasta que mis uñas se clavaron en la palma de mi mano. No miré alrededor. Sabía que si levantaba la vista, me encontraría con la mirada de Bruno desde el fondo de la clase, con esa sonrisa torcida de depredador satisfecho. O peor, vería a los otros, a los que no hacían nada, a los que se reían por lo bajo.

Guardé el papel en mi bolsillo. Otra prueba para el archivo de mi miseria. Otro secreto que tragar.

El resto de la mañana fue un ejercicio de contención. Matemáticas, Literatura, Inglés. En cada clase, yo era una estatua. Respondía si me preguntaban, con voz neutra y precisa, y volvía a mi caparazón.

El almuerzo era el momento más peligroso del día. Sin estructura, sin supervisión directa. La cafetería era una jungla jerárquica. Los populares en el centro, ruidosos y brillantes. Los deportistas en las mesas largas cerca de la salida. Los "normales" llenando los huecos. Y nosotros. Los inadaptados. Los freaks.

Nuestra mesa estaba en una esquina, cerca de los contenedores de reciclaje. Olía un poco a leche agria, pero tenía una ventaja táctica: podíamos ver quién se acercaba desde cualquier dirección.

Sam ya estaba allí. Sam era el elemento discordante de nuestro grupo. Era alto, ancho de espaldas, jugaba en el equipo de baloncesto y tenía esa belleza clásica y fácil de los chicos que nunca han tenido que preocuparse por su apariencia. Técnicamente, debería estar sentado con los dioses del Olimpo en la mesa central. Pero Sam tenía un defecto fatal para la jerarquía social: era demasiado amable y le importaba una mierda lo que pensaran de él. Y le gustaba el anime y la poesía mala.

—¿Sopa de misterio o sándwich de cartón? —preguntó Sam cuando me senté, señalando su bandeja.

—Paso —dije, sacando una manzana de mi mochila. Mi estómago estaba cerrado desde la nota de la mañana.

Clara llegó un momento después, dejando caer su bandeja con estrépito.

—Estoy rodeada de idiotas —anunció—. Literalmente. Vanessa acaba de preguntarme si ser de género fluido significa que cambio de opinión sobre qué ropa ponerme según el clima. Le he dicho que sí, que depende de la humedad relativa del aire.

Sam soltó una carcajada. Yo sonreí, una sonrisa pequeña pero genuina. Estos eran mis escudos humanos. Con ellos, el aire era un poco más respirable.

—Oye, Leo —dijo Sam, bajando la voz y poniéndose serio—. Escuché a unos del equipo hablar en el vestuario. Bruno anda diciendo que te vio... bueno, ya sabes. En el parque el fin de semana.

Me congelé. La manzana se detuvo a medio camino de mi boca.

—Yo no estuve en el parque el fin de semana —dije, mi voz temblando ligeramente—. Estuve en casa. Viendo series.

—Ya lo sé, tío —Sam puso su mano grande sobre mi hombro. Su tacto era cálido y pesado—. Pero sabes cómo es Bruno. Se inventa mierdas. Solo... ten cuidado a la salida, ¿vale? Hoy están un poco alterados porque perdieron el partido del viernes.

Asentí, perdiendo el poco apetito que tenía. La escuela no era solo un lugar físico; era una red de rumores y mentiras que se tejía en tiempo real. Bruno no necesitaba pegarme para hacerme daño. Solo necesitaba plantar una semilla, una mentira sucia, y dejar que los demás la regaran con su morbo.

La tarde se arrastró. Mi última clase era Arte. Mi santuario.

El aula de arte estaba en el sótano, un lugar que la mayoría consideraba un castigo pero que para mí era el paraíso. Olía a trementina, a óleo, a arcilla húmeda y a café rancio. La profesora, la Sra. Dalia, era una mujer anciana con gafas gruesas y manos manchadas de pintura que nos dejaba poner nuestra propia música y no hacía preguntas estúpidas.

Me senté en mi rincón habitual, frente a un caballete. Tenía un lienzo en blanco delante de mí, pero mi mente estaba en otro lado. Estaba pensando en la distancia. En lo pequeño que era mi mundo y en lo grande que debía ser ahí fuera.

Saqué mi teléfono un momento, escondiéndolo detrás de la paleta de colores. Quería evadirme. Quería ver fotos de lugares donde no lloviera odio.

Abrí Instagram. El feed se actualizó.

Y entonces, lo vi.

No era una foto viral. No era un meme.

Era una notificación. Una simple línea de texto sobre fondo blanco que hizo que el mundo se detuviera por un segundo completo. El ruido de la clase desapareció. El olor a trementina se desvaneció.

@Mateo_V ha solicitado seguirte.

Mateo.

El nombre golpeó mi pecho como un martillo.

Mateo Velázquez.

No había pensado en ese nombre en... ¿cuánto? ¿Tres años? ¿Cuatro? Desde que su familia se mudó a España cuando teníamos doce años.

Mateo, el niño con las rodillas siempre raspadas. Mateo, el que compartía sus bocadillos conmigo cuando a mí se me olvidaba el almuerzo. Mateo, el único que nunca me miró raro cuando dije que no me gustaba el fútbol.

Mis dedos temblaron sobre la pantalla. Pulsé sobre su nombre.

Su perfil se cargó.

Y el aire se escapó de mis pulmones.

El niño de las rodillas raspadas había desaparecido. En su lugar, había un chico... Dios, había un hombre. La foto de perfil era él, de pie frente a lo que parecía ser la Sagrada Familia en Barcelona. Llevaba una camiseta negra ajustada, gafas de sol colgadas del cuello y una sonrisa que ocupaba la mitad de su cara. Una sonrisa brillante, segura, desafiante. Tenía el pelo un poco más largo, rizado, alborotado por el viento.

Su biografía decía simplemente: Barcelona / 17 / Viviendo ruidoso.

Viviendo ruidoso.

Era todo lo contrario a mí. Yo vivía en silencio. Yo vivía en gris.

Empecé a hacer scroll hacia abajo. Foto tras foto. Mateo en la playa, con el torso desnudo, bronceado, riendo con un grupo de gente guapa y diversa. Mateo en un museo, posando de forma dramática frente a una estatua. Mateo con una bandera del orgullo colgada de los hombros en una manifestación, gritando, vivo, libre.

Sentí una punzada de algo que no pude identificar. ¿Envidia? ¿Deseo? ¿Dolor?

Era como mirar a través de una ventana a un universo paralelo donde yo no tenía miedo.

¿Por qué ahora? ¿Por qué me buscaba después de tantos años? Éramos extraños con recuerdos compartidos de una infancia que ya no existía. Él estaba en Europa, en el futuro. Yo estaba aquí, atrapado en el barro del Instituto San Lorenzo, con una nota arrugada en el bolsillo que decía que era una aberración.

El dedo me temblaba sobre el botón de "Aceptar".

Si lo aceptaba, abría una puerta. Y mi vida se basaba en mantener las puertas cerradas y con doble llave. Si lo aceptaba, él vería mi perfil. Vería mis dibujos melancólicos, mis fotos de cielos grises, mi biografía vacía. Vería lo poco que era yo.

—Leo, querido, ¿vas a pintar o vas a hipnotizar al lienzo? —La voz de la Sra. Dalia me sobresaltó.

Bloqueé el teléfono rápidamente y lo metí en el bolsillo.

—Voy... voy a pintar —tartamudeé.

Agarré el pincel. Mi mano seguía temblando. Metí el pincel en el color rojo carmesí. Un rojo violento, vivo.

Acepté la solicitud mentalmente antes de hacerlo digitalmente. Sabía que lo haría. No podía evitarlo. La curiosidad era más fuerte que el miedo.

Esa tarde, mientras el autobús me llevaba de vuelta a casa, con la frente pegada al cristal vibrante, saqué el teléfono de nuevo.

Acepté la solicitud.

Y un segundo después, aparecieron tres puntos suspensivos bailando en la pantalla. Estaba escribiendo.

Mi corazón latía tan fuerte que sentía que el pasajero de al lado podía escucharlo.

El mensaje llegó.

Mateo_V: ¿Leo? ¿Eres tú? Joder, cuánto tiempo. He soñado contigo.

Leí la frase tres veces. He soñado contigo.

No "he pensado en ti". No "me acordé de ti".

He soñado contigo.

Miré por la ventana. El cielo gris de mi ciudad de repente parecía tener un matiz eléctrico, como antes de una tormenta. No sabía qué tipo de tormenta se avecinaba, si me destruiría o si limpiaría el aire, pero por primera vez en años, no me importó ser invisible. Porque alguien, al otro lado del océano, me había visto.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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