Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 24: Cenizas del Pasado
El nombre de Harrison Caldwell operó sobre Valeria como una descarga de nitrógeno líquido.
Durante cinco años de su juventud, ese nombre había significado promesas postergadas, cenas canceladas a última hora y la sutil y corrosiva humillación de una mujer a la que convencen de que su ambición es un defecto imperdonable. Harrison era el motivo exacto por el que Valeria había decidido que el amor romántico era un timo contable: el hombre que le juraba que «algún día formarían una familia», mientras utilizaba su capital social para escalar en Wall Street y se acostaba con una pasante de relaciones públicas en los Hamptons.
Valeria se apartó del cuerpo de Bastian con un movimiento rígido, apoyando los talones sobre la teca con una frialdad que sustituyó en un parpadeo el rubor de sus mejillas.
—Dile que estoy indispuesta, Klaus —dijo con voz plana, pasándose los dedos por la sien—. No tengo tiempo para fantasmas de baja estofa.
—No —intervino Bastian.
La negativa sonó con la contundencia de un ancla de diez toneladas tocando el fondo del mar.
Bastian se puso de pie en el escalón de baño. El agua se escurría por los surcos tensos de su abdomen y sus hombros desnudos, pero su postura ya no tenía nada de relajada. Había una quietud siniestra en la forma en que sus ojos grises midieron a Klaus, una calma que presagiaba catástrofes de proporciones bíblicas.
—Hazlo pasar a la terraza del club privado del muelle, Klaus —ordenó Bastian, con un timbre gutural tan bajo que casi hizo vibrar el acero de la barandilla—. Ofrécele una copa de nuestro mejor champán. Que se ponga cómodo. La señorita Sterling y yo nos uniremos a él en diez minutos.
—Bastian, no voy a prestarme a un espectáculo —le espetó Valeria en cuanto Klaus subió la escalera—. Harrison no vale el desgaste de un solo minuto de mi agenda.
Bastian dio un paso hacia ella. La atrapó suavemente por la nuca con una mano húmeda y cálida, obligándola a levantar la mirada. Sus dedos se hundieron en la base de su trenza con una firmeza que no admitía escape.
—Ese parásito te robó cinco años de tu vida, Valeria —susurró Bastian, mirándole las pupilas con un fuego oscuro y protector que la desarmó—. Te hizo dudar de tu valor y te empujó a creer que debías cargar el peso del mundo en absoluta soledad. No voy a permitir que te escondas en un camarote como si tuvieras algo de qué avergonzarte.
—No me avergüenzo de nada.
—Entonces ponte tu mejor vestido —murmuró él, rozándole la frente con un beso breve y posesivo que le quemó la piel—. Vamos a recordarle a ese imbécil exactamente lo que nunca fue capaz de merecer.
Diez minutos después, en la terraza reservada del exclusivo Yacht Club de Saint-Tropez, Harrison Caldwell saboreaba un martini con la suficiencia de quien se cree el dueño del código postal.
A sus treinta y cinco años, Harrison conservaba ese aire de chico mimado de fraternidad universitaria de élite: cabello rubio peinado hacia atrás con gomina cara, mocasines italianos de ante beige llevados sin calcetines, pantalones de lino blanco inmaculado y una americana azul marino con botones dorados. En su muñeca brillaba un Rolex Daytona de oro amarillo que agitaba ostensiblemente al hacer girar la aceituna en su copa.
Al escuchar el eco de unos pasos sobre el entarimado de la terraza, Harrison levantó la vista con una sonrisa practicada de seductor corporativo.
—Valeria, querida... sigues siendo un espectáculo visual —soltó Harrison, poniéndose de pie con los brazos abiertos como si esperara un abrazo efusivo.
Valeria se detuvo a tres metros de él.
Se había puesto un vestido camisero de seda salvaje en tono terracota, ajustado a la cintura con un cinturón de cuero grueso, gafas de sol oscuras y sandalias de tiras doradas. Su rostro era una máscara impenetrable de desdén aristocrático.
—Guárdate los aspavientos, Harrison. Tenemos tres minutos antes de que ordene al personal de seguridad que te devuelva al agua. Habla.
Harrison bajó los brazos con una risita condescendiente, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón de lino.
—Siempre tan combativa, Val. Veo que el tiempo no te ha suavizado el temperamento. Aunque me enteré de tu pequeña... excentricidad personal. Tres niños de golpe, ¿verdad? Y sin un padre que dé la cara. Vaya escándalo en las columnas de sociedad de Manhattan.
Una sombra de veneno se deslizó en su tono, disfrazada de falsa compasión:
—Te lo advertí durante años: tu obsesión por mandar y no ceder ante un hombre te iba a dejar sola. Es una lástima que una mujer con tu linaje haya tenido que recurrir a un tubo de ensayo anónimo y a la inseminación artificial para no quedarse solterona. Pero bueno, los hombres de verdad exigen devoción, no auditorías.
Valeria apretó los dientes. Iba a destrozarlo con dos frases certeras sobre sus fracasos financieros en Boston cuando una vocecita aguda interrumpió desde la entrada de la terraza:
—Ese hombre huele a colonia de oferta del aeropuerto y a desesperación capilar.
Emma apareció avanzando como una pequeña emperatriz, enfundada en un vestido marinero a rayas de corte francés y una sombrilla diminuta de encaje blanco. Se detuvo junto a Valeria, ladeó la cabeza y miró los zapatos de Harrison con un asco infinito.
—Mamá, ¿por qué sus tobillos están desnudos? Parece un flamenco con problemas de presupuesto que no puede costearse calcetines. Es una ofensa al civismo mediterráneo.
Harrison parpadeó, desconcertado por el ataque frontal de una criatura de seis años.
—¿Disculpa? ¿Quién es esta mocosa...?
—Mi nombre es Lucas Sterling —declaró una segunda voz desde la barandilla.
Lucas estaba sentado en un taburete alto, con su tableta abierta sobre las rodillas y sus gafas redondas resplandeciendo bajo el sol. Levantó la vista con la frialdad de un juez del Tribunal Penal Internacional.
—Y según los registros públicos de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, usted es el director ejecutivo de Caldwell Capital Ventures, una sociedad de responsabilidad limitada con un apalancamiento negativo del cuatrocientos por ciento y tres investigaciones abiertas por fraude piramidal en fondos inmobiliarios de la Costa Azul. Su ratio de solvencia es de cero coma doce. Usted es técnicamente un indigente con traje de verano.
Harrison enrojeció hasta la raíz del cabello rubio teñido.
—¡Valeria, controla a estos salvajes! ¿Es esta la clase de educación que le das a tus...?
—¡¡MISIL TÁCTICO DETECTADO!! —rugió Mateo, saliendo de detrás de una maceta gigante de buganvilias con su pistola de agua cargada de agua salada helada.
¡Sssshhhk!
El chorro impactó con precisión de francotirador en la pechera de la camisa de lino de Harrison, empapando la tela blanca y dejando al descubierto un pecho pálido y flácido.
—¡Maldita sea! ¡Mi camisa de lino italiano! —chilló Harrison, dando un traspié hacia atrás y derramando su martini sobre la mesa—. ¡Están dementes! ¡Esto es una agresión! ¡Voy a llamar a la policía portuaria y haré que confisquen ese barco!
—La policía portuaria responde a mis órdenes en este sector del golfo, Caldwell.
La voz cayó sobre la terraza con la fuerza destructiva de una salva de artillería pesada.
Bastian Thorne cruzó la puerta de teca.
Se había puesto un traje de lino azul marino oscuro, una camisa blanca desabrochada en el pecho que dejaba ver la sombra dorada de su bronceado y la cicatriz en sus costillas, y gafas de sol de aviador con montura de titanio que se quitó con un movimiento lento y deliberado.
Su estatura descomunal, la anchura imponente de sus hombros y la mirada gris, despiadada y letal que clavó en Harrison hicieron que la temperatura de la terraza se desplomara de golpe.
Harrison se quedó petrificado. El color huyó de su rostro tan rápido que pareció a punto de desmayarse. Reconocía perfectamente esa cara: estaba en la portada de cada revista de finanzas del continente y en las pesadillas de cualquier especulador europeo.
—B-Bastian Thorne... —balbuceó Harrison, retrocediendo hasta que sus muslos chocaron contra la barandilla de cristal—. Señor Thorne... no sabía que... que estaba usted en la zona...
Bastian avanzó con pasos pesados, medidos, letales. No miró a los niños, no miró el martini derramado. Se detuvo justo al lado de Valeria, pasó su brazo derecho alrededor de la cintura de ella y la atrajo contra su costado en una posesión tan firme, tan pública y descarada que a Valeria se le cortó la respiración.
Valeria sintió el calor abrasador del cuerpo de Bastian contra sus costillas, el latido constante y poderoso de su pecho y la seguridad aplastante de ese agarre que la reclamaba ante el mundo entero.
Bastian clavó sus ojos de tormenta en el tembloroso estadounidense.
—Estabas hablando de mi mujer, Caldwell —dijo Bastian con una calma escalofriante que daba más terror que cualquier grito—. Y de mis tres hijos.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo el graznido lejano de una gaviota y el murmullo de las olas rompieron la quietud.
Harrison abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Miró a los tres niños con sus mismos ojos grises y su misma mandíbula arrogante, miró la mano gigante de Bastian anclada en la cadera de Valeria, y comprendió con un pánico salvaje que acababa de firmar su propia sentencia de muerte corporativa.
—¿Sus... sus hijos? —consiguió graznar Harrison, con una gota de sudor frío resbalándole por la sien—. Yo... yo no tenía idea... Valeria nunca mencionó...
—La señorita Sterling no tiene la obligación de rendirle cuentas a los parásitos que dejó atrás en el basurero —susurró Bastian, dando un paso adelante sin soltar a Valeria, cerniéndose sobre el hombre como una montaña a punto de derrumbarse—. Klaus me informó que viniste a ofrecerle una participación en un complejo hotelero fraudulento en Antibes para cubrir tus deudas con los prestamistas de Mónaco.
Bastian sacó su teléfono móvil del bolsillo del saco con dos dedos.
—Tienes exactamente sesenta segundos para salir de este muelle por tu propio pie antes de que llame al fiscal general de Niza y entregue las auditorías que mi hijo de seis años acaba de compilar sobre tus empresas fantasmas.
Lucas levantó la tableta con una sonrisa angelical y despiadada.
—El informe de quiebra fraudulenta está listo para transmisión vía satélite, papá —confirmó el pequeño auditor—. Solo requiero tu autorización de envío.
Harrison no esperó el conteo. Miró a Bastian con puro terror, miró a Valeria con una mezcla de humillación y súplica inútil, dio media vuelta y salió corriendo de la terraza tropezando con sus propios mocasines sin calcetines, mientras Mateo le disparaba un último chorro de agua salada a la espalda en señal de despedida.
Emma suspiró, cerrando su sombrilla de encaje:
—Un desenlace poco elegante, pero visualmente satisfactorio. Henderson, exijo más fruta picada en la cubierta superior.
Valeria se quedó inmóvil, apoyada contra el torso macizo de Bastian mientras los tres niños regresaban al barco escoltados por Klaus y el mayordomo.
El corazón de Valeria golpeaba con fuerza contra sus costillas. Levantó la mirada hacia el perfil afilado del magnate, que aún observaba la salida del muelle con una hostilidad salvaje en la mandíbula.
—Dijiste que era tu mujer —susurró ella, con la voz ligeramente ronca—. Frente a todos.
Bastian giró la cabeza hacia ella. Sus ojos grises se clavaron en sus labios carmín con una intensidad tan abrasadora y voraz que Valeria sintió las rodillas flaquear.
—No juego a medias tintas, Valeria —dijo él en un susurro bajo, apretándola aún más contra su cuerpo—. Te dije que vine a conquistarte. Y esta noche... voy a cobrarme la victoria.