Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
NovelToon tiene autorización de Yajaira MG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 3
....
—¿Crees que algún día dejarán de discutir por el arroyo? —preguntó Selina, siguiendo la dirección de la mirada de su hermana.
Lara apartó los ojos del horizonte.
—No lo sé.
—Es solo agua, Lara. Podrían llegar a un acuerdo y terminar con esa enemistad.
—Para ti es fácil decirlo. No has escuchado todas las discusiones que papá ha tenido con Sael Orellana.
—Precisamente por eso creo que deberían solucionarlo de una vez.
Lara suspiró.
—Hay cosas que llevan demasiado tiempo enfrentando a las personas. A veces, aunque exista una solución, ninguna de las partes está dispuesta a dar el primer paso.
—¿Y tú harías lo mismo?
—¿Qué cosa?
—¿Defenderías el arroyo aunque tuvieras que enfrentarte a los Orellana?
Lara se quedó en silencio durante un instante.
No sentía un odio personal hacia aquella familia. Apenas conocía a sus integrantes y nunca había tenido una razón para relacionarse con ellos. Pero había crecido escuchando las historias de su padre, las discusiones con sus vecinos y las advertencias de su madre.
Para ella, el arroyo era una responsabilidad que debía proteger, no una excusa para iniciar una guerra.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Más tarde ...
El sol comenzaba a descender cuando Lara terminó sus pendientes.
Había sido una mañana bastante ocupada. Después de inspeccionar los establos, comprobar el estado de los caballos y revisar las existencias del almacén, había pasado buena parte de la tarde organizando los pedidos de alimento y ajustando las raciones de varios animales.
Finalmente, todo estaba en orden.
Necesitaba despejarse, alejarse un rato de las necesidades de la hacienda.
Y sabía exactamente cómo hacerlo.
Montar a caballo.
Desde niña, había encontrado en aquellos animales una tranquilidad que pocas cosas podían ofrecerle. No importaba si había tenido un día complicado o si estaba preocupada por algún problema; bastaba con sentir el movimiento de su caballo bajo ella y escuchar el viento para que sus pensamientos comenzaran a ordenarse.
Se dirigió directamente a los establos.
—¡Mateo! —llamó al entrar.
El hombre, que estaba acomodando unas herramientas, levantó la cabeza.
—¿Qué sucede, señorita Lara?
—Voy a salir a montar un rato. ¿Ya sacaste a Canela del corral?
—Todavía no. ¿Quiere que la prepare?
—No hace falta. Yo misma lo haré.
Mateo sonrió.
—Su padre preguntó por usted hace un rato.
—Dile que salí a dar una vuelta. Si pregunta por qué no le avisé, recuérdale que soy una mujer adulta y que conozco estas tierras mejor que él mismo.
—No sé si me atrevería a decirle eso al patrón.
Lara soltó una carcajada.
—Cobarde.
—Prudente, señorita. Hay una diferencia.
Sin responder, Lara caminó hacia el compartimento donde descansaba su yegua.
Había estado con Lara durante varios años y conocía tan bien sus movimientos que, cuando la joven se acercó, el animal levantó la cabeza y soltó un relincho suave.
—Hola, preciosa —susurró Lara, acariciándole el cuello—. ¿Qué dices? ¿Nos escapamos un rato de todos estos humanos insoportables?
Canela resopló.
—Sabía que estarías de acuerdo.
Después de cepillarla, Lara revisó sus cascos y colocó la montura con la familiaridad de quien había realizado aquella tarea miles de veces. Ajustó la cincha, comprobó las riendas y se aseguró de que todo estuviera en su sitio.
Cuando terminó, tomó las riendas y condujo a Canela fuera del establo.
—¡Volveré pronto —anunció.
—¡Eso dijo la última vez! —gritó Mateo desde el interior.
Lara fingió no escucharlo.
Se acercó a la yegua, montó con un movimiento ágil y acomodó los pies en los estribos.
—Vamos, niña.
Canela comenzó a caminar por el sendero que conducía hacia los pastizales.
Al principio, Lara mantuvo un ritmo tranquilo. Saludó a dos trabajadores que regresaban de revisar los cercados y se detuvo brevemente para observar a un grupo de potros que corrían junto a sus madres.
Aquella imagen siempre conseguía dibujarle una sonrisa.
Los animales eran libres, fuertes y, a su manera, impredecibles. Quizá por eso le gustaban tanto. No fingían, no escondían sus emociones ni intentaban manipular a nadie.
Si confiaban en ti, lo demostraban.
Si algo les desagradaba, también.
Ojalá las personas fueran así de sencillas.
Al llegar a un tramo despejado, Lara aflojó las riendas y permitió que Canela aumentara el paso. La yegua respondió con entusiasmo, recorriendo el camino a un trote ligero que pronto se convirtió en un galope.
El viento golpeó el rostro de Lara y agitó su cabello, que llevaba recogido en una coleta. Una carcajada escapó de sus labios.
—¡Eso es, Canela! ¡Vamos!
Durante unos minutos, no existieron las responsabilidades. Solo estaban ella, su yegua y el paisaje que conocía desde siempre.
Cuando finalmente redujo la velocidad, se encontraba cerca del arroyo que separaba la hacienda Dávila de la propiedad de los Orellana.
Era uno de sus lugares favoritos.
El agua corría, reflejando los rayos del sol. Los árboles que crecían en ambas orillas proporcionaban sombra y el sonido de la corriente se mezclaba con el canto de los pájaros.
Lara desmontó y dejó que Canela bebiera un poco de agua en un punto seguro, manteniendo las riendas sujetas.
—No te acostumbres —le advirtió, acariciándole el hocico—. No pienso traerte aquí todos los días.
La yegua continuó bebiendo, indiferente a la amenaza.
Lara sonrió y se sentó sobre una roca cercana.
No tenía prisa por regresar.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Mientras del otro lado del arroyo...
—¿Y qué te parece? —preguntó Sael mientras caminaba junto a su hijo por uno de los senderos de la hacienda Orellana.
Izan observaba los alrededores con atención. Su padre le había dedicado buena parte del día a mostrarle los cambios que se habían realizado durante su ausencia, explicándole las mejoras en los establos, el estado de los cercados y los planes que tenía para ampliar la crianza de caballos.
—Han hecho un buen trabajo con las instalaciones —respondió—. Pero quiero revisar los registros de alimentación y entrenamiento antes de proponer cualquier cambio.
—Me parece bien. Mañana podrás hablar con los encargados.
—También quiero conocer a los caballos jóvenes.
Sael sonrió.
—Sabía que empezarías por ahí.
—Los caballos siempre han sido una de las partes más importantes de esta hacienda.
—Eso lo heredaste de mí.
—Y de mamá, que todavía recuerda cómo te caíste del caballo delante de todos tus trabajadores.
Sael se detuvo y lo miró con indignación fingida.
—¿Tu madre te contó eso?
—Con detalles.
—Tendré que hablar con ella.
Izan soltó una carcajada.
Después de recorrer una parte de la propiedad, regresaron a los establos principales. Allí, Izan se detuvo frente a varios caballos que asomaban la cabeza por las puertas de sus compartimentos.
Pasó una mano por el cuello de uno de ellos, observando su musculatura y la forma en que apoyaba las patas.
—¿Todavía montas? —preguntó Sael.
Izan levantó la mirada.
—Hace años que no lo hago.
—Entonces deja de mirar los caballos como si fueran cifras en un balance y sal a montar uno.
Izan sonrió.
—¿Es una orden?
—Tómalo como un consejo de tu padre antes de que empieces a comportarte como un administrador que nunca abandona su oficina.
—No te preocupes. No pienso convertirme en uno de esos.
Sael le entregó las riendas de un caballo castaño, de constitución fuerte y temperamento tranquilo.
—Este se llama Relámpago. Es uno de los mejores que tenemos.
Izan observó al animal con aprobación.
—Bonito nombre.
—Su antiguo dueño decía que corría como un rayo. Yo nunca lo vi hacerlo, pero el nombre se quedó.
—Espero que no tenga la costumbre de lanzar a sus jinetes por los aires.
—Solo a los que no saben montar.
—Entonces no tengo nada de qué preocuparme.
Sael rio.
Izan preparó al caballo y ajustó la montura. Aunque llevaba años sin montar con regularidad, sus movimientos seguían siendo seguros y naturales. Había cosas que el tiempo no conseguía borrar.
Antes de partir, miró a su padre.
—Voy a dar una vuelta por los alrededores.
—No te alejes demasiado. Todavía no conoces todos los cambios de los caminos.
—Sé orientarme.
—Eso decías cuando tenías diecisiete años y terminaste en el arroyo.
Izan sonrió.
—Regresaré pronto.
Montó y salió de los establos.
Al principio, avanzó al paso, permitiendo que Relámpago se acostumbrara a su presencia. Después de unos minutos, aumentó el ritmo y sintió cómo la vieja familiaridad regresaba poco a poco.