Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 15
Capítulo 15. Prepararé el medicamento aquí mismo para demostrar la verdad
Doña Mercedes dejó la taza de café sobre la mesa con un golpe seco y miró a Elena con el rostro helado.
—¿Qué tienes que decir ahora?
Al verla callada, Isabel se llenó de satisfacción.
—Te quedaste sin palabras, ¿verdad, Elena? Muy bien. Cumple lo que prometiste ayer: ¡divórciate de Alejandro y sal de esta casa arrastrándote!
La anciana dio una orden al mayordomo, impaciente:
—Señor Herrera, pida que venga el abogado con los papeles del divorcio.
—Sí, señora.
Cuando el hombre se retiró, Ernesto hizo girar su anillo de sello y sonrió con sorna.
—El abogado va a tardar un rato en llegar. ¿Por qué no empiezas a arrastrarte de una vez?
Patricia miró a Elena con asco y resopló.
—¿De verdad creías que ibas a engañarnos con esas artimañas de quinta? ¡Qué vergüenza!
—Apostaste y perdiste. ¡Arrástrate! —exigió Jorge en voz alta.
Una de las empleadas, más atrevida, empezó a aplaudir y a corear:
—¡Que salga arrastrándose! ¡Que salga arrastrándose! ¡Que salga arrastrándose!
Las demás la imitaron enseguida.
Las voces al unísono, las palmadas y las miradas burlonas se le clavaron a Elena como una lluvia de agujas sobre los nervios.
Había pensado que el resultado del análisis bastaría para limpiar su nombre. Nunca imaginó que acabarían haciendo aquello.
Cerró las manos en puños a ambos lados del cuerpo y alzó la voz:
—¡Entonces lo prepararé aquí mismo!
La sala quedó en silencio.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Isabel.
—Si creen que le encargué a otro el medicamento que le entregué al doctor Galván, lo prepararé delante de ustedes. ¡Así demostraré que no he mentido!
Las últimas palabras cayeron con tal fuerza que parecieron golpear en la frente a quienes acababan de burlarse de ella. Los dejaron atónitos.
Antes de que los demás reaccionaran, Galván habló sin poder ocultar su entusiasmo:
—¿De verdad puede prepararlo aquí mismo?
—Sí.
—¡Entonces, por favor, hágalo!
El médico apenas podía esperar. A los demás quizá se les escapó el detalle, pero a Alejandro, siempre atento, no: Galván le había dicho «por favor».
Era un hombre de enorme prestigio, acostumbrado a que los demás lo trataran con reverencia. Verlo mostrarse tan cortés con una joven de poco más de veinte años le despertó la curiosidad.
Elena escribió los nombres de varios reactivos químicos en una hoja y se la dio a Alejandro.
—Señor Montenegro, necesito estas cosas.
Él leyó la lista por encima y se la entregó al mayordomo.
—Prepárelo todo.
—¿Y si de verdad sabe preparar medicamentos?
—Si no supiera, ofrecerse a hacerlo delante de todos sería humillarse sola.
—¿No estará intentando salvarse a la desesperada?
—A mí no me parece. Creo que de verdad sabe hacerlo.
Los murmullos de las empleadas irritaron a Isabel, que se volvió hacia ellas y gritó:
—¡Cállense! ¡No estudió más allá de la preparatoria! ¡Es imposible que sepa preparar medicamentos!
Habló con absoluta rotundidad, pero sus ojos inquietos la delataron.
La propiedad tenía biblioteca, galería de arte, sala de conciertos, teatro, canchas de tenis y de baloncesto, campo de golf y piscina. Por supuesto, también había un laboratorio.
Diez minutos después, el mayordomo había reunido todos los reactivos. El grupo se trasladó de la sala al laboratorio.
Elena se puso una bata blanca y un cubrebocas y entró.
En cuanto cerró la puerta, más de una docena de miradas se clavaron en ella a través del vidrio.
Frente a la mesa de trabajo, seleccionó los instrumentos, pesó y filtró con destreza. Cada movimiento era limpio y preciso. Resultaba imposible apartar los ojos.
Isabel se pegó al cristal y abrió los ojos de par en par.
¿De verdad... sabía... preparar medicamentos?
¿Cómo... era posible?
Lo que veía era como una bofetada rotunda en plena cara.
El rostro se le deformó de rabia. Los ojos se le desorbitaron.
Los demás también estaban asombrados.
Solo la calma excesiva de Alejandro desentonaba. Observó un momento a Elena y luego miró al médico.
Galván tenía la nariz casi pegada al vidrio. En sus ojos envejecidos brillaba una emoción intensa, como si acabara de descubrir un tesoro extraordinario.
Alejandro sentía una enorme curiosidad. ¿Qué tenía de especial aquel preparado para provocar esa expresión en un hombre situado en la cumbre de la medicina?
Veinte minutos después, Elena salió con un tubo de ensayo que contenía un líquido ámbar.
Galván fue el primero en acercarse. Por su edad, normalmente caminaba con pasos vacilantes. Ahora avanzó con una rapidez sorprendente.
—Por favor, examínelo —dijo Elena, ofreciéndoselo con respeto.
El médico lo recibió con cuidado. Lo observó a contraluz y lo olió con cautela.
—El color y la transparencia son exactamente iguales a los de la muestra de ayer —declaró, emocionado.
Apenas terminó, la voz aguda de Isabel se interpuso:
—¡Eso no demuestra que ella lo haya desarrollado! ¡Pudo aprender la preparación del verdadero investigador!
—¡Imposible!
La negativa tajante de Galván dejó a Isabel inmóvil. Ella insistió, incapaz de rendirse:
—¿Por qué?
—Primero, en la preparación de un medicamento, una diferencia mínima puede alterar por completo el resultado. Esto no se domina solo por conocer el procedimiento. Segundo...
Se detuvo y miró el tubo con su líquido ámbar como si sostuviera una joya irrepetible.
—¡Su concentración es mayor que la de las soluciones inyectables de sulfato de magnesio que se comercializan, y su eficacia también!
—Puedo afirmarlo con absoluta certeza: es el medicamento portátil más eficaz que existe hoy en el mundo para salvar vidas ante una muerte súbita cardíaca. ¡Su valor comercial y estratégico es incalculable!
La declaración cayó como un trueno y dejó a todos sin voz.
El rostro de Isabel se congeló.
Los padres de Alejandro tenían el rostro lleno de espanto.
El teléfono de Ernesto se le resbaló de la mano y cayó al suelo con un golpe.
Varias empleadas hasta contuvieron la respiración. Solo quedó un silencio absoluto.
Incluso en aquel rostro atractivo de Alejandro, siempre imperturbable, apareció una expresión de sorpresa.