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AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El frente de ráfaga

A las cinco y media de la mañana, la sala de firmas de tripulaciones de Vance Global Airlines en la Terminal 5 del aeropuerto O'Hare olía a ozono de impresoras térmicas, cuero recién lustrado y ese café amargo de cafetera industrial que los aviadores consumían como si fuera combustible de alta presión.

En la pantalla mural de asignaciones, el código del vuelo VG-402 parpadeaba en un azul frío: Chicago (ORD) – Londres (LHR). Equipo: Boeing 777-300ER. Salida programada: 07:15. Trescientas sesenta y dos almas a bordo y una ruta trazada sobre los corredores oceánicos del Atlántico Norte.

Frente a la mesa circular de meteorología, el capitán Logan Rhodes era el amo indiscutible del espacio.

Llevaba la americana del uniforme abierta con calculada indolencia, exhibiendo las cuatro barras doradas en las hombreras con el peso de quien sabe que su pericia y su linaje formativo no tienen discusión en esos pasillos. Con una taza humeante en la mano izquierda y la gorra de plato apoyada sobre el plano de vientos en altura, conversaba con Tiffany, la jefa de servicio de clase ejecutiva que la noche anterior en la gala ya había intentado captar su atención.

Tiffany, vestida con la falda lápiz oscura y la pañoleta de seda corporativa, reía con una soltura estudiada, inclinándose hacia él para señalar una anotación en la lista de pasajeros especiales:

—El vuelo va lleno al noventa y ocho por ciento, capitán —comentó con voz melodiosa, dejando que sus dedos rozaran deliberadamente el antebrazo de Logan al retirar la carpeta—. Pero nos dijeron que hoy le toca estrenar copiloto. Una recién llegada de Europa con el apellido de la escuela británica. ¿Le preocupa tener que hacer de instructor durante siete horas sobre el agua?

Logan soltó una risa seca, baja y perezosa, dando un trago al café con esa suficiencia que sacaba de quicio a los veteranos y rendía a las tripulaciones:

—Tranquila, Tiffany. Mientras la señorita Ross sepa leer las listas de comprobación a tiempo y no toque la palanca de gases en la aproximación a Heathrow, llegaremos a tiempo para el té. Si se marea con las corrientes en chorro de Terranova, la mando a descansar al compartimento de relevo y vuelo el tramo a mano.

El eco sordo, firme y acompasado de dos ruedas de policarbonato sobre el linóleo pulido cortó la frase en el aire.

La puerta de acceso al despacho de firmas se abrió con un chasquido magnético.

Emma Ross cruzó el umbral.

Caminaba con la espalda recta, la cadencia elástica y el porte marcial de quien ha trotado bajo el fuego cruzado en pistas improvisadas de grava. El uniforme de la aerolínea parecía haber sido cortado sobre sus medidas exactas: la camisa blanca entallada con una pulcritud quirúrgica, la corbata negra con el nudo milimétrico y las tres barras doradas de Primer Oficial brillando en sus hombreras como soles gemelos. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño bajo impecable, la gorra reglamentaria bajo el brazo izquierdo y una carpeta rígida de fibra de carbono sujeta con la mano derecha.

No llevaba una sola gota de maquillaje más allá de un bálsamo labial neutro, pero sus ojos castaños, afilados como el visor de puntería de un caza, barrieron la sala en dos segundos, deteniéndose en el grupo junto a la cafetera.

A Logan se le detuvo la taza a medio camino de la boca.

El café se le congeló en la garganta. Sus pupilas grises recorrieron a Emma de los zapatos oscuros a las insignias doradas, deteniéndose en esa mandíbula firme y en esa boca que apenas dos semanas atrás, bajo la penumbra de una habitación en Viena, lo había dejado sin aire entre sábanas revueltas.

Un golpe seco resonó en la sala cuando la taza de Logan chocó contra el mostrador de madera, derramando un charco oscuro sobre el mapa de vientos de Islandia.

Emma ni pestañeó. Ignoró por completo a Tiffany —que se había quedado petrificada mirando las tres barras de la recién llegada— y avanzó directamente hacia el despachador de guardia, dejando caer su maletín con un chasquido limpio sobre el suelo:

—Primer Oficial Ross reportándose para el servicio del cuatrocientos dos —su voz sonó limpia, templada y con esa autoridad que no necesita alzar el volumen para imponer silencio—. Revisé la telemetría satelital en la sala de operaciones. Hay una cizalladura severa reportada por dos cargueros entre el nivel tres-cuatro-cero y el tres-seis-cero sobre la costa de Terranova. Solicité al jefe de rampa cuatro toneladas extra de combustible de contingencia para desviarnos cincuenta millas al sur y evitar el gradiente térmico.

Logan dio tres pasos largos, rodeando la mesa con el rostro encendido por una llamarada de incredulidad y furia que le tensó los tendones del cuello:

—¿Qué demonios significa esto?

Emma levantó la vista despacio, clavando sus ojos en los de él sin una sola micra de vacilación:

—Significa que si no cargamos ese combustible de reserva, capitán Rhodes, vamos a tener que declarar emergencia por baja reserva sobre el mar de Irlanda. Buenos días.

Logan se inclinó hacia ella, apoyando ambos puños cerrados sobre la mesa, bajando la voz a un gruñido ronco que hizo que el despachador de guardia se pusiera pálido y fingiera un repentino interés por los formularios de carga:

—¿Es un chiste de mal gusto? ¿Quién te autorizó a ponerte esas insignias? ¿Ayer te paseaste por la gala de Richard Vance con un vestido que casi me parte el cuello y ahora te disfrazas de primer oficial para entrar a mi avión?

Emma ladeó la cabeza, dedicándole una media sonrisa tan gélida que habría escarchado el borde de ataque de un ala:

—No es ningún disfraz, capitán. Y sugiero que modere el tono antes de que Recursos Humanos tenga que abrir un expediente por insubordinación de cabina antes del rodaje.

Tiffany intentó intervenir, dando un paso adelante con una ceja alzada y tono mordaz:

—Capitán Rhodes, ¿la conoce? Si es una novata que está complicando el despacho, podemos llamar al supervisor de rampa para que...

—Fuera —cortó Logan sin apartar la mirada de Emma, con una sequedad tan tajante que la sobrecargo parpadeó, herida en su vanidad—. Todos fuera. Déjennos la sala dos minutos.

El despachador y Tiffany no esperaron una segunda orden; recogieron sus carpetas y salieron apresuradamente, cerrando la puerta tras de sí con un murmullo de sospechas.

En cuanto el pestillo cayó, Logan cerró la distancia hasta acorralar a Emma contra el archivador metálico. El olor a sándalo y cuero de su colonia chocó contra la calma de ella. Logan clavó sus ojos grises en los suyos, respirando con fuerza:

—Me mentiste, Emma. Durante meses me hiciste creer que eras azafata. Te vi recoger la ropa en Zúrich, te vi salir corriendo al amanecer en Frankfurt diciendo que la jefa de cabina te iba a sancionar si llegabas tarde. Me dejaste asumir que servías café mientras te acostabas conmigo. ¿De qué diablos se trata este juego?

Emma cruzó los brazos sobre el pecho, mirándolo de abajo hacia arriba con una serenidad exasperante que lo desquició:

—Yo no te mentí, Logan. Te dije textualmente: «la jefa de cabina me va a matar si llego tarde», refiriéndome a la inspectora de operaciones que auditaba mi chequeo de ruta esa mañana. Fuiste tú quien, con ese ego del tamaño de un hangar que tienes, asumió automáticamente que cualquier mujer con uniforme en un aeropuerto solo podía servirte bebidas. No te corregí porque estábamos en una cama, nos quedaban dos horas libres y tu soberbia no era mi problema en ese momento.

—¡Soy el comandante de este vuelo! —estalló él, señalando con el pulgar las cuatro barras doradas de su hombro—. ¡Y no voy a cruzar el Atlántico con una desconocida que oculta quién es!

Emma abrió su carpeta de fibra de carbono con un chasquido seco.

Extrajo su licencia de Piloto de Transporte de Línea Aérea emitida por la FAA, su certificado médico de primera clase sin restricciones, su habilitación de tipo en Boeing 777 con calificación de instructora y su hoja de horas de vuelo sellada por la autoridad civil europea. Arrojó el fajo sobre el pecho de Logan, obligándolo a atraparlo contra sus dedos:

—Siete mil horas de vuelo en reactores pesados de fuselaje ancho, capitán Rhodes. Tres mil horas previas en operaciones de alta complejidad en teatros de operaciones que harían que se le cayeran los pantalones. La asignación fue firmada por la gerencia de operaciones de Vance Global anoche. Puede llamar a la torre, quejarse con su mentor Richard Vance o llorarle a su madre pediatra si le duele el orgullo. Pero el avión sale en cuarenta y cinco minutos. Si no se siente capacitado para volar conmigo en el asiento de la derecha, declare fatiga ahora mismo y me hago cargo del mando como comandante accidental.

Logan apretó los papeles con tanta fuerza que los bordes crujieron.

La mención a Richard Vance y el desafío directo a su capacidad de mando fueron un golpe bajo a la línea de flotación de su orgullo. Si pedía un relevo por no querer volar con una mujer, quedaría marcado de por vida ante la junta directiva y frente al propio Richard como un cobarde incapaz de gestionar a su tripulación.

Sostuvo la mirada de Emma durante diez segundos interminables. La tensión entre ambos era un arco voltaico a punto de estallar: la furia profesional del capitán cuestionado chocando contra el magnetismo salvaje de la mujer que no podía sacarse de la cabeza desde hacía meses.

Logan dio un paso atrás, tragando saliva con dificultad mientras se colocaba la gorra de plato con un tirón seco:

—Al avión, oficial Ross. Y más le vale que sus manos en los controles sean tan rápidas como su lengua, porque no pienso perdonarle ni medio nudo de desviación en el velocímetro.

—No suelo desviarme, capitán —respondió ella, recogiendo su maletín con un movimiento fluido y pasando a su lado con un roce deliberado de hombros que le dejó a Logan un rastro de olor a cítricos y peligro—. Procure usted no dormirse en la aproximación.

A diez mil quinientos metros sobre las aguas oscuras y gélidas del Atlántico Norte, la cabina del Boeing 777 era un santuario de luces ámbar, pantallas multifunción de cristal líquido y el zumbido hipnótico de las dos turbinas GE90 devorando millas náuticas en la noche.

Durante las primeras tres horas de crucero tras el despegue de Chicago, el silencio en el puente de mando había sido más denso que una masa de nubes cumulonimbos.

Logan había intentado acorralarla técnicamente desde el ascenso inicial. Le ordenó calcular manualmente las correcciones por viento de cola utilizando el computador de navegación analógico, le exigió verificar las presiones de aceite en las cartas técnicas del fabricante y le pidió tres alternativas de aterrizaje forzoso en caso de despresurización súbita sobre Groenlandia.

Emma no solo no titubeó: respondió a cada parámetro de memoria, citando las páginas exactas de los manuales de Boeing y corrigiendo las cifras de Logan con una precisión decimal que solo un ingeniero aeronáutico del MIT podía dominar. Su manejo del piloto automático y de las comunicaciones con el control oceánico de Gander fue tan fluido, frío y marcial que Logan se quedó sin argumentos antes de alcanzar el meridiano treinta oeste.

—Turbulencia moderada reportada veinte millas adelante —anunció Emma con la mirada fija en el barrido del radar meteorológico, donde una mancha roja y magenta florecía en la pantalla—. Sugiero viraje por la derecha de quince grados y encender la señal de cinturones en la cabina de pasajeros.

Logan miró la pantalla, mordiéndose el interior de la mejilla:

—Todavía estamos en aire en calma, Ross. No alarmemos a los pasajeros antes de tiempo.

—No es una alarma, capitán; es un gradiente térmico de doce grados en menos de diez millas —rebatió ella con voz glacial—. Si entramos en esa celda sin reducir a número Mach punto ochenta y dos, la sobrecarga en los planos alares va a sacudir el avión como una coctelera.

Antes de que Logan pudiera replicar, la aeronave dio un bandazo seco hacia la izquierda.

El timón de profundidad crujió bajo una ráfaga vertical invisible. La aguja del variómetro cayó quinientos pies en un segundo y el zumbido de la turbina derecha cambió de frecuencia cuando una corriente descendente sacudió las trescientas toneladas del aparato.

En los altavoces de servicio sonó el tintineo de bandejas cayendo en la clase turista.

Logan se aferró a la palanca de mandos con los nudillos blancos, pero antes de que sus dedos alcanzaran el desconectador del piloto automático, la mano de Emma se movió con la velocidad de una serpiente: desconectó los servos, metió pedal derecho con una fuerza exacta para contrarrestar la guiñada y tiró suavemente de los cuernos de mando, nivelando el horizonte artificial en una maniobra tan suave, limpia y precisa que la fuerza g apenas se sintió en la cabina.

Con la mano izquierda, sin mirar el panel superior, encendió la señal de cinturones y moduló los gases al régimen exacto de penetración en turbulencia.

El 777 atravesó la masa de aire convulsa como una flecha guiada por láser, estabilizándose de inmediato en su nuevo rumbo.

Emma no respiraba con agitación; no tenía una sola gota de sudor en la frente. Se limitó a reajustar el compensador de cabeceo con un toque de pulgar, miró a Logan de reojo y soltó con una tranquilidad demoledora:

—Rumbo tres-tres-cero establecido, capitán. Le ahorré una queja de cincuenta pasajeros con la comida en el regazo.

Logan la miró de perfil. La luz tenue de las pantallas dibujaba la curva perfecta de su nariz, la línea tensa de sus labios y esa calma sobrehumana que solo poseen los pilotos que han mirado a la muerte de frente sin parpadear. El resentimiento profesional le quemaba el pecho, pero por debajo de la rabia, una oleada de admiración salvaje y deseo reprimido le golpeó el estómago con la fuerza de un impacto en pista.

Esa mujer no era una simple copiloto. Era un prodigio de los mandos. Y tenerla a sesenta centímetros de distancia en una cabina cerrada, recordando el tacto de su piel y sabiendo que no podía tocarla, era la peor tortura que había experimentado en toda su carrera.

—Buen reflejo, Ross —admitió él con la voz ligeramente enronquecida, incapaz de mirarla a los ojos—. Pero en mi avión el mando lo pido yo.

—En cualquier avión el mando lo toma quien tiene la velocidad de reacción para salvar el fuselaje, Rhodes —sentenció ella, devolviendo la vista a la inmensidad negra de la noche oceánica—. Vuelva a poner el piloto automático. Le quedan cuatro horas para pensar en su aterrizaje en Londres.

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Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
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