Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 10
Cuando Leandro llegó a la mansión, todo parecía estar en calma como de costumbre, con la única diferencia de que Mónica no salió a su encuentro para darle la bienvenida, como solía hacerlo. Fingió que no le importaba, pero por dentro, una punzada de inquietud lo atravesó. ¿Qué estaba pasando? Por qué no recibía la misma atención de siempre. Entró a la mansión, caminando con paso pesado hasta que sus ojos captaron algo que lo hizo detenerse: los papeles de divorcio reposaban sobre la mesa.
Sonrió de manera sarcástica, restándole importancia. "Otra de sus amenazas vacías", pensó, mientras su orgullo disfrazaba la molestia que, lentamente, se enroscaba en su interior. Sin embargo, le resultaba extraño no verla por ningún lado. Tal vez estaría de compras... aunque, a esas horas de la noche, era raro.
Subió a su habitación y se dio una ducha fría, tratando de quitarse el cansancio y la tensión acumulada después de otro día en el hospital. Alejandra comenzaba a exigir más de la cuenta, pero estaba dispuesto a soportarlo todo por ella.
Al terminar, salió de su habitación y, al pasar frente a la de Mónica, notó que la puerta estaba entreabierta. Algo en su interior se tensó. Tomó la perilla y abrió la puerta por completo, encontrándose con una escena desoladora: la habitación estaba vacía, sumida en la oscuridad. Parecía que alguien había arrancado la vida misma del lugar. No le dio mayor importancia en ese momento. Bajó a la cocina, confiado en que encontraría la cena servida, como siempre.
Pero al sentarse, no vio nada. Ni un plato, ni un vaso de agua, ni un solo indicio de que ella hubiera estado allí. Un silencio frío lo envolvía todo. Irritado, se levantó bruscamente. Su estómago rugía de hambre y la frustración crecía en su pecho. Se dirigió a la sala, lanzándose al sofá, decidido a esperar a Mónica para enfrentarla. No podía permitir que viviera en su casa sin atenderlo como se merecía.
Las horas pasaron lentas y pesadas. El cansancio lo fue venciendo, y terminó quedándose dormido en el sofá. Un sonido lo despertó de repente: su teléfono vibraba. Miró la pantalla y, al ver la hora: tres de la mañana, su primera reacción fue pensar que Mónica ya habría llegado sin que él lo notara.
Subió las escaleras de dos en dos, furioso, decidido a ponerla en su lugar. Abrió la puerta de su habitación de un golpe, dispuesto a gritar... pero se detuvo en seco.
Todo seguía igual. Vacío. Silencioso. Muerto.
Camino lentamente por la habitación, inspeccionando cada rincón con creciente desesperación. No había nada sobre la cómoda. Corrió hasta el armario y lo abrió de par en par, ni una sola prenda colgaba dentro.
Su furia empezó a hervir bajo su piel. Bajó nuevamente a la sala, esta vez mirando con más atención los papeles de divorcio. Algo llamó su atención: una pequeña nota pegada en la portada.
"Lo peor en mi vida fue amarte."
Leyó las palabras una y otra vez, como si fueran dagas perforando su orgullo. Tomó la nota con rabia, arrugándola entre sus puños temblorosos, pero esas palabras ya estaban grabadas en su mente.
Volvió a revisar los papeles, esta vez con verdadera atención. Se dio cuenta de que había firmado todo sin siquiera leerlo, creyendo que nada cambiaría. Pero lo que descubrió lo dejó helado: Mónica no había reclamado nada. Ninguna propiedad, ninguna cuenta bancaria, nada.
Se lo había dejado todo. Una sensación de vacío se apoderó de él. De pronto, esa enorme mansión, que siempre había considerado suya, le pareció un mausoleo frío y desolado. Dejó caer los papeles sobre la mesa, con la mente aturdida, y fue entonces cuando vio algo más: el anillo.
Estaba roto. Partidos justo en el centro de las iniciales "L" y "M", como un cruel símbolo del quiebre irreparable entre ambos.
Lo sostuvo entre sus dedos, sintiendo un peso enorme en el pecho. No entendía cómo habían llegado a este punto, cómo Mónica había tenido el valor de marcharse de su vida sin mirar atrás.
Ciego de furia, tomó su teléfono y marcó su contacto. Escribió un mensaje, dejándose llevar por el coraje que lo consumía: "Deja de estar jodiendo, ¿dónde estás?"
Mónica caminaba sin rumbo, arrastrando su maleta como un ancla pesada. Aunque la vida le había regalado una segunda oportunidad, la realidad seguía mostrándose cruel. No sabía dónde pasaría la noche ni quién estaría dispuesto a tenderle una mano.
El sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos. Con manos temblorosas sacó el móvil de su bolso. Al leer el mensaje de Leandro, su corazón se endureció.
"Deja de estar jodiendo, ¿dónde estás?"
Un fuego helado le recorrió el cuerpo. ¿Cómo podía seguir siendo tan despreciable? ¿Cómo podía seguir tratando de aferrarse a ella con esa arrogancia cruel? Respirando con dificultad, sacó el chip del teléfono, lo rompió entre sus dedos y lo lanzó a un basurero cercano.
Nunca más permitiría que Leandro volviera a herirla. Retomó su andar, buscando una solución en medio de la noche. Fue entonces cuando recordó el refugio para mujeres de la ciudad. No era un lugar lujoso, pero era un refugio, un espacio donde, quizás, podría empezar de nuevo.
Caminó hasta el refugio, con los pies adoloridos y el alma aún más herida. Cuando llegó, una trabajadora social la recibió con una sonrisa cálida y palabras amables, como un bálsamo en medio de su dolor. La guiaron hasta una pequeña habitación que sería solo para ella.
Cuando vio la cama tendida, sencilla pero limpia, no pudo contener las lágrimas. Se dejó caer sobre ella, abrazando su maleta como si fuera su único tesoro en el mundo.
Lloró. Lloró hasta vaciarse, hasta sentir que algo dentro de ella también se rompía y, al mismo tiempo, algo diminuto comenzaba a sanar.
Ahora debía sobrevivir por ella misma. Ahora debía aprender a vivir, aunque doliera. Aunque cada latido pesara como una piedra en su pecho. Pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, era libre.