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El Precio De Las Oportunidades: Ecos Del Pasado

El Precio De Las Oportunidades: Ecos Del Pasado

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance de oficina / CEO
Popularitas:454
Nilai: 5
nombre de autor: SakuDiHina

Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.

Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.

Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.

Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.

Y allí comprenden que nada era como les contaron.

Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.

Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.

NovelToon tiene autorización de SakuDiHina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 — Una intimidad sin máscaras (Versión +18)

Después de la acusación y las tensiones acumuladas en la oficina, Aurelia necesitaba

alejarse urgentemente de la ciudad. Aceptó pasar el fin de semana con Franco en una

Cabaña rústica y aislada junto a un lago envuelto en niebla. La tensión sexual y emocional entre ambos había estado creciendo durante meses, oculta bajo la estricta formalidad de sus roles profesionales y la urgencia de la investigación.

Pero allí, solos frente a la inmensidad del agua oscura, libres de las intrigas de Ana y del peso de sus apellidos, las pesadas barreras que habían construido comenzaron a desmoronarse vertiginosamente.

La noche cayó, envolviendo la cabaña en un silencio absoluto que solo era roto por el de la leña.

Franco había encendido la chimenea, y el resplandor anaranjado del fuego proyectaba sombras danzantes sobre el rostro de Aurelia mientras compartían una copa de vino sentados en la gruesa alfombra.

Hablaron en susurros de sus miedos y de los límites que se habían autoimpuesto, pero las palabras pronto se sintieron superfluas.

El ambiente estaba cargado de una electricidad densa, casi palpable. Franco dejó su copa a un lado y acortó la distancia. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Aurelia con un hambre que ya no intentaba ocultar.

Levantó una mano, acariciando con el pulgar la línea de su mandíbula, y luego inclinó el rostro. Fue un beso lento al principio, una exploración tierna de sus labios que en cuestión de segundos se transformó en una colisión devoradora.

Las lenguas se encontraron con desesperación, húmedas y exigentes, saboreando el vino y el

deseo contenido por tanto tiempo.

Las manos de Franco, grandes y firmes, encontraron el borde de la blusa de seda de

Aurelia.

Con movimientos ágiles y cargados de urgencia, deshizo los botones, deslizando la

tela por sus hombros para dejar su piel al descubierto. Sus labios trazaron un camino

Ardiente por su cuello, depositando besos húmedos que arrancaron el primer gemido ronco de los labios de Aurelia.

Franco desabrochó el sujetador de encaje con pericia, revelando sus pechos plenos y erguidos. La luz del fuego bañaba su piel desnuda.

Franco soltó un gruñido de aprobación antes de tomar uno de los pezones entre sus labios, succionando con firmeza mientras su lengua jugaba con el centro sensible.

Su mano experta amasaba el otro pecho, haciéndolos endurecer bajo la intensa excitación.

Aurelia arqueó la espalda, hundiendo los dedos en el cabello de Franco, tirando de él mientras su respiración se volvía errática.

Desesperada por sentir su piel, Aurelia desabotonó frenéticamente la camisa de Franco y la arrojó a un lado.

Trazó con sus uñas el pecho firme y los músculos marcados de su abdomen, sintiendo el calor irradiar de él. Sus manos descendieron hacia el cinturón de Franco, desabrochándolo con manos temblorosas.

Cuando bajó el cierre de su pantalón, pudo sentir el bulto caliente y duro que pugnaba por salir.

Franco no la hizo esperar; se puso de pie por un instante, deshaciéndose de sus pantalones y ropa interior de un tirón, revelando su gruesa erección, imponente y palpitante a la luz de las llamas, brillando ligeramente por el líquido preseminal en la punta.

No llegaron a la cama. La urgencia era demasiada. Franco la recostó directamente

sobre la suave alfombra frente al fuego, despojándola de sus pantalones y de las bragas de encaje.

Se arrodilló entre sus piernas, separando los muslos de Aurelia para observar con

fascinación la profunda humedad que ya resplandecía entre sus pliegues.

Sin previo aviso, bajó la cabeza y hundió el rostro en su intimidad. Aurelia soltó un grito agudo de sorpresa y placer cuando la lengua experta y caliente de Franco trazó el surco de su sexo empapado.

Él lamió sus jugos dulces, abriendo los labios húmedos para encontrar el clítoris inflamado,

succionándolo y masajeándolo con la lengua en un ritmo constante y enloquecedor.

Al mismo tiempo, deslizó dos dedos largos dentro de su canal estrecho, imitando el ritmo de la penetración. Aurelia se retorció en la alfombra, apretando las sábanas imaginarias con los puños, completamente a merced de las oleadas de placer eléctrico que le nublaban la razón.

—Dios, Franco... por favor... —suplicó ella, con la voz rota y las caderas empujando contra su boca, al borde de estallar.

Franco se apartó, dejando un rastro húmedo en sus muslos, y subió hasta posicionarse

sobre ella. —Te deseo tanto, Aurelia... te he deseado desde el primer día —murmuró con voz ronca y gutural, acomodando su peso entre las piernas abiertas de ella.

Él guío la dura cabeza de su falo hacia la entrada resbaladiza de Aurelia. Con un

movimiento firme y lento, empujó hacia adelante, abriéndose paso en su extrema

estrechez.

Aurelia echó la cabeza hacia atrás, gimiendo profundamente mientras sentía cómo él la llenaba y estiraba por completo. La sensación de plenitud era embriagadora, caliente y abrumadora.

Franco se detuvo un segundo enterrado hasta la base, dejando que ella se adaptara a su tamaño, sintiendo cómo los músculos internos de Aurelia se contraían involuntariamente alrededor de él, aferrándose a su sexo como un guante ardiente.

Entonces comenzaron a moverse. Franco retiró las caderas casi por completo antes de

volver a embestir con fuerza. El sonido húmedo de la penetración y el eco crudo de su piel

chocando resonaban en la pequeña cabaña.

Aurelia envolvió sus piernas alrededor de la

cintura de Franco, atrayéndolo aún más profundo, buscando la fricción exacta.

Las estocadas de Franco se volvieron salvajes, rápidas y despiadadas. Cada embestida golpeaba el punto más sensible en el interior de Aurelia, enviando chispas de fuego por todo su

cuerpo. El sudor perleaba sus frentes y pechos, mezclándose mientras sus cuerpos se

fundían bajo el intenso calor de la chimenea.

—Eres perfecta... tan estrecha, tan caliente... —gruñó Franco, perdiendo el control,

aferrando las caderas de Aurelia con tal fuerza que le dejaría marcas al día siguiente.

Embistió con una violencia exquisita, hundiéndose hasta la empuñadura una y otra vez.

El ritmo implacable la llevó al límite rápidamente. Aurelia sintió que la tensión en su

vientre se enrollaba hasta un punto de no retorno.

Su cuerpo se tensó como un arco, y con

un grito estridente que rasgó el silencio de la noche, alcanzó un clímax violento.

Su interior comenzó a contraerse de forma rítmica y apretada alrededor de la gruesa erección de Franco, ordeñándolo de manera insoportable.

Esas contracciones espasmódicas fueron la

perdición de Franco. Con unos últimos embates profundos y desenfrenados, él hundió su

rostro en el cuello de ella y soltó un rugido ronco mientras se corría profundamente en su

interior.

Los chorros de su semilla caliente inundaron el vientre de Aurelia, llenándola de su esencia mientras él temblaba, vaciándose por completo sobre ella.

Cansados, sin aliento y empapados en una fina capa de sudor, Franco dejó caer su peso

a un lado, atrayendo inmediatamente a Aurelia contra su pecho protector. Se acurrucaron

desnudos en la alfombra, cubriéndose con la gruesa manta. Sus respiraciones pesadas

llenaban el aire mientras sus cuerpos descansaban del intenso esfuerzo, saboreando la quietud de la noche.

Pero el descanso no duró mucho. El calor de la chimenea y la cercanía de la piel desnuda bajo la manta volvieron a encender una necesidad ardiente.

Franco comenzó a trazar besos húmedos a lo largo de la columna vertebral de Aurelia, bajando lentamente hasta llegar a la curva baja de su espalda.

Ella soltó un suspiro tembloroso, sintiendo cómo la excitación volvía a acumularse pesadamente. Franco separó sus muslos desde atrás, acomodándose nuevamente entre sus piernas mientras ella permanecía recostada sobre su vientre, apoyándose levemente sobre sus codos.

Sus manos grandes y ásperas amasaron los pechos de Aurelia desde atrás, pellizcando sus pezones de nuevo endurecidos. Sin previo aviso, Franco deslizó dos dedos humedecidos con los fluidos de su pasión anterior directamente en la entrada de su sexo.

Aurelia jadeó, arqueando la espalda, empujando sus caderas instintivamente hacia atrás contra la mano de él. Franco movió los dedos con rapidez, entrando y saliendo de su estrecho canal mientras su pulgar encontraba el clítoris, frotándolo con movimientos rítmicos y circulares.

El sonido obsceno de la fricción húmeda ahogó el crepitar del fuego.

Cuando Aurelia estaba al borde de perder el control una vez más, pronunciando su nombre entre jadeos rotos, Franco retiró los dedos.

Se posicionó sobre ella, alineando su

erección que había vuelto a endurecerse por completo —gruesa, palpitante y exigente—

contra su entrada empapada. Con un empuje largo, sostenido y profundo, se hundió en su

interior desde atrás.

La fricción en esta postura era completamente distinta; la penetración era abrumadoramente profunda, rozando y estirando cada nervio sensible en su interior.

Aurelia gritó de puro placer, aferrando la alfombra con las manos. Franco gruñó

guturalmente, agarrando sus caderas con firmeza para anclarla y comenzó a embestir con

una ferocidad y un ritmo salvaje, casi primitivo.

Cada estocada era un impacto sonoro y

rotundo de carne contra carne. Él se inclinó sobre su espalda, mordiendo suavemente su

hombro mientras aceleraba el ritmo implacablemente, llevándola a un estado de ciego éxtasis.

La presión constante, la profundidad de cada embate y la intensa fricción fueron demasiado para ella; Aurelia alcanzó un segundo y explosivo clímax, su cuerpo entero temblando violentamente alrededor de él, exprimiéndolo con contracciones espasmódicas.

Franco soltó un rugido ronco, hundiéndose hasta la base por última vez, vaciando otra

cálida e inagotable oleada de su semilla en lo más profundo de su ser.

Cayeron completamente exhaustos sobre la alfombra, respirando con extrema dificultad,

entrelazados en la oscuridad cómplice de la cabaña, prometiéndose guardar este secreto

Lejos de la frialdad de su mundo profesional.

La noche los envolvió mientras permanecían juntos, descubriendo una cercanía que iba mucho más allá de la atracción.

Cuando finalmente se quedaron en silencio, Aurelia apoyó la frente contra la de Franco.

—Esto no significa que haya dejado de tener miedo.

—Lo sé.

—Pero contigo siento que puedo enfrentarlo.

Franco la abrazó con fuerza.

—Entonces no tienes que hacerlo sola.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en la oscuridad de la cabaña. No eran una promesa sobre el futuro ni una solución para los problemas que los esperaban. Eran simplemente una certeza para ese momento.

A la mañana siguiente, la luz gris del lago entró por las ventanas. Aurelia despertó todavía junto a Franco. Durante unos segundos olvidó dónde estaban y por qué habían ido allí. Después recordó la investigación, a Ana y todo lo que los esperaba al regresar.

Franco abrió los ojos.

—Buenos días.

Aurelia sonrió.

—Buenos días.

—¿Sigues arrepintiéndote de haber venido?

—No. Pero creo que cuando volvamos tendremos que hablar de muchas cosas.

—Lo haremos.

Aurelia se incorporó lentamente y miró hacia el lago.

—Lo ocurrido anoche no puede convertirse en una distracción.

Franco asintió.

—No lo será. Pero tampoco voy a fingir que no significó nada.

Ella lo miró y sonrió.

—Eso me parece justo.

Antes de abandonar la cabaña, Franco revisó los documentos que habían llevado consigo. La investigación seguía esperando. La acusación contra Aurelia no había desaparecido y las dudas sobre Ana continuaban sin respuesta.

Aurelia cerró la puerta detrás de ellos y contempló por última vez el lago.

Habían llegado buscando distancia de los problemas. Se marchaban con algo que ninguno había planeado encontrar: una relación que ya no podía definirse únicamente como profesional.

Pero también sabían que, al regresar a la ciudad, tendrían que enfrentarse nuevamente a la verdad.

La noche en la cabaña había cambiado algo entre ellos.

Ahora tendrían que descubrir si podían proteger aquello que acababan de comenzar mientras desenterraban los secretos que amenazaban con separarlos

1
Betty Manzur
asta aquí llegó no le veo nada interesante todo es Ana y Ana y quien es ana
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