trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 7: El Paraíso Privado
El hidroavión privado, pintado en un elegante tono negro mate con detalles dorados, descendió suavemente sobre las aguas cristalinas del Océano Índico. Desde el aire, la isla “Aeterna” parecía una lágrima de arena blanca rodeada por un anillo de turquesa intenso. No era un resort; era una propiedad privada de los Steelwood, un santuario de tres kilómetros cuadrados donde la única ley era la voluntad de Ethan.
Al abrirse la compuerta, el aire cálido y húmedo, cargado con el aroma a salitre y flores tropicales, golpeó el rostro de Elena. A sus 18 años, vestía un conjunto de lino blanco transparente sobre su traje de baño, y unas gafas de sol de diseñador que ocultaban el cansancio de un viaje de quince horas.
Ethan, de 19 años, bajó primero. No vestía traje. Llevaba una camisa de lino azul oscuro desabrochada hasta la mitad del pecho y pantalones cortos del mismo material. Su piel, usualmente pálida por las horas en la oficina, ya empezaba a tomar un tono bronceado bajo el sol ecuatorial. Se veía más relajado, pero sus ojos verdes seguían escaneando el horizonte con esa vigilancia innata.
—Bienvenida a casa, Elena —dijo él, tomándola de la cintura para ayudarla a bajar a la pasarela de madera que conectaba con la villa principal.
La villa era una estructura arquitectónica impresionante: madera de teca, techos de paja de alta gama y paredes de cristal que desaparecían para integrar el interior con la playa infinita. No había nadie más. Ethan había ordenado que el personal de servicio preparara todo y se retirara a la pequeña isla de servicio, a diez minutos en lancha, para que ellos tuvieran privacidad absoluta.
Elena caminó descalza por la madera caliente, maravillada. La villa tenía una piscina de borde infinito que parecía fundirse con el mar, y una cama de día que colgaba sobre el agua.
—Es… increíble, Ethan —susurró ella, quitándose las gafas—. Pensé que habría gente, camareros, seguridad…
—He dicho que no quiero a nadie cerca, Elena —respondió él, acercándose por detrás y rodeándola con sus brazos. Sus manos, grandes y firmes, se posaron sobre el vientre de ella—. Tenemos treinta días. Solo tú y yo. He bloqueado nuestras agendas, he desviado las llamadas de tu padre a mi equipo legal y he apagado los rastreadores de prensa. Aquí, el mundo no puede encontrarnos.
Elena se giró en sus brazos, sintiendo la arena fina bajo sus pies.
—¿Incluso mi padre? Sabes que Marcus se volverá loco si no tiene noticias mías en 24 horas.
—Tu padre sabe que ahora estás bajo mi protección —la voz de Ethan se volvió más profunda, cargada de esa autoridad que ella conocía tan bien—. Él ya cumplió su papel. Ahora soy yo quien decide quién habla contigo y cuándo.
Elena arrugó la nariz, esa pequeña chispa de rebeldía volviendo a sus ojos.
—Acabamos de llegar y ya estás marcando territorio. ¿Qué pasa si quiero llamar a mi madre?
—Mañana —sentenció él, dándole un beso corto pero posesivo en la frente—. Hoy, solo quiero que te enfoques en el hecho de que eres mi esposa. Quiero que olvides que existe un teléfono.
Él la condujo hacia el interior de la villa, donde el equipaje ya había sido colocado. El lujo era minimalista pero obsceno: una bodega de vinos subterránea visible a través de un suelo de cristal, una ducha exterior rodeada de orquídeas salvajes y una cama principal que daba directamente al amanecer.
Elena se dejó caer en el sofá de seda blanca.
—Tengo hambre, Ethan. Y no quiero cocinar. Dijiste que no había servicio.
Ethan sonrió de lado, una expresión que rara vez mostraba en la ciudad. Se quitó la camisa, revelando su torso esculpido y las marcas de sus entrenamientos.
—He tomado clases de cocina mediterránea durante los últimos tres meses, solo para este viaje. No dejaré que nadie más te sirva, Elena. Yo te traje aquí, y yo me encargaré de cada uno de tus caprichos.
Elena lo observó, sorprendida. El hombre que manejaba imperios estaba ahora en una cocina de diseño, preparando una ensalada de bogavante y frutas exóticas solo para ella. La posesividad de Ethan estaba mutando; ya no era solo control físico, era una dedicación total a sus necesidades.
Pasaron los primeros tres días en un estado de embriaguez emocional. Sin embargo, la personalidad de Elena, acostumbrada a ser el centro de atención y a obtener lo que quería de inmediato, empezó a chocar con la naturaleza dominante de Ethan.
Era la tarde del cuarto día. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de tonos rosados y naranjas. Elena estaba aburrida, tumbada en una hamaca mientras Ethan, en una mesa cercana, no había podido evitar abrir su ordenador portátil para revisar un informe urgente sobre la bolsa de Tokio.
—Ethan… —llamó ella con voz melodiosa.
—Un momento, Elena. Es importante. Hay un movimiento en las acciones de energía que podría afectarnos.
Elena frunció el ceño. Se levantó de la hamaca, su vestido de playa ondeando con la brisa. Caminó hacia él y, sin decir una palabra, cerró la tapa del ordenador de un golpe, casi atrapando los dedos de su esposo.
Ethan levantó la mirada lentamente. Sus ojos verdes estaban oscuros, una señal de que su paciencia estaba siendo probada.
—Elena, eso fue peligroso. Podría haber perdido datos.
—Me importa un bledo tus datos —replicó ella, cruzando los brazos—. Vinimos aquí para estar solos. “Sin mundo exterior”, dijiste. Y ahora estás ahí, con esa máquina. Quiero galletas de chocolate blanco y quiero que vayamos a nadar ahora mismo.