June escapa del prostíbulo al que fue vendido por tener rasgos femeninos, decidido a recuperar su libertad. En su camino conoce a Ángel, un hombre rico con el corazón hecho pedazos. Dos almas heridas, dos mundos distintos y un mismo anhelo: encontrar el amor. Juntos deberán enfrentarse a las sombras de su pasado y descubrir si, incluso después de tanto dolor, es posible volver a amar sin miedo.
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7
Me puse ropa interior de encaje. ¡Sí! Me gustaba el encaje en mi piel íntima. Salí del baño, caminé hacia el armario para elegir mi ropa.
Ángel me compró un montón, más prendas de las necesarias. Pantalones, zapatos, playeras y demás. ¿Cómo debía ir vestido? Era un hecho que la familia de Ángel era muy elegante y lujosa. Ángel siempre vestía impecable, lo conocí en traje, como todo buen ejecutivo. ¿Debería escoger algún traje? ¿Me pongo las minifaldas que solía usar en el prostíbulo?
Decidí que debía intentar vestirme de forma cómoda y a mi gusto. Ni aquí. Ni allá. No elegante. No lujuria. Yo mismo debía darle una nueva personalidad a este June que usaba ropa interior de etiqueta. ¡Ya no era June la prostituta! Está vez, solo era June, la chica trans que estaba en busca de su felicidad.
¿Una chica trans? En realidad, mi padre siempre me despreció porque mis rasgos son andróginos. Tengo figura y belleza femenina. Aunque en el burdel solían llamarme “mujer” en el fondo, tampoco me molestaba que se refirieran a mí como varón. Por eso, debo admitir que hay días en los que me siento como varon y en su mayoría me siento como mujer. Si me llaman él o ella, no tengo problema. ¡Y eso es algo especial! Poder asumir dos identidades y ser ninguna definición al mismo tiempo. ¡Hoy amanecí sintiéndome mujer!
Abrí un cajón, saqué un pantalón de mezclilla holgado y una playera escotada en color gris. Elegí unos tacones de charol. Eran unos tacones toscos, quizá hasta muy rústicos, pero me gustaban y mis pies estaban cómodos. ¡Me encantaron!
Cepillé mi cabello. Me enchiné las pestañas y puse un poco de rubor en mis mejillas. Labial rojo fresa con aroma a fresa natural y sabor a fresa tropical. ¡Me sentía bonita! Pero, sobre todo, me sentía cómoda usando está ropa.
Era verdad que yo era un alma desdichada, quizá lo seguía siendo, pero qué más da. Creo que la vida no siempre es como uno la planea.
Escuché su voz afuera de mi habitación. Abrí la puerta y le sonreí al verlo. ¡Sentía mucha euforia dentro de mí! No dude en abrazarlo. Mis brazos le rodearon la espalda. Él se sorprendió, pero eso no importaba. Me sentía a gusto.
—¡Gracias por dejarme subir a tu auto esa noche!
Mis pensamientos tan curiosos estaban muy emocionados porque parecía que la vida me estaba cambiando para bien.
Le solté. Me separé de él. Sus ojos estaban puestos en mí, brillaban.
—De nada. Yo, me alegro de que estés bien. ¡Te ves muy guapa! ¿Esta bien si te llamo guapa o guapo?
Estaba halagando mi nuevo estilo.
—Oh pues, gracias. Me dije a mi misma, hay que intentar cambiar de personalidad y salió esto. Entonces tú puedes llamarme como quieras, no me afecta.
Reímos un poco. Bajamos por las escaleras y terminamos en su auto. Una vez más, yo era su copiloto.
—¿Qué música te gusta?
Yo no sabía de música. Bueno, no mucho. Él planeaba que tuviéramos un viajé con música incluida. En el prostíbulo siempre ponían reguetón, debíamos mover nuestro culo al ritmo de ese tipo de música.
—Aparte del reguetón, no conozco otro género musical. Pon la música que a ti te guste.
Buscó en su celular, después de varios segundos puso una canción que tenía buen ritmo. Parecía que cantaban en inglés.
—Es Kodaline. Así se llama el grupo. Me gusta esta canción.
La melodía era agradable, solo que, no entendía nada de lo que estaban cantando. Sonreí.
—Suena bien. ¿Sabes inglés?
Asintió.
—Algo así.
Me asombre. Era obvio que alguien como Ángel debía saber inglés, siendo un empresario adinerado. ¡Nuestra educación era distinta!
—Puedes revisar el asiento trasero. Deje unas cosas que quiero que veas.
Desabroche el cinturón de seguridad y me estire a la parte trasera del auto. ¡Me sorprendió! Detrás de mi asiento había un ramo de flores. ¿De verdad? ¡Era un ramo muy precioso!
Algunas eran de color blanco, otras rosas, amarillas y había hojas verdes. Gerberas. Margaritas. Nubes. Mirasoles. Venían envueltas en un pabellón de color lila. Eran bonitas.
—¡Que padre que le compraste las flores a tu mamá! —Dije mientras acomodaba el ramo sobre mis piernas.
Noté una sonrisa en sus labios, mis manos sujetaban las flores y tampoco pude evitar sonreír.
—Creo que son un buen detalle. La verdad que no se me hubiese ocurrido algo así.
—Pues espero que tu mamá se sienta emocionada cuando se las entregues.
—Oh yo no, tú se las entregarás. Fue tu idea. ¡Muy buena!
Negué con la cabeza. Las flores desprendían un aroma como a perfume y algunos recuerdos de mi infancia invadieron mi mente.
—Pero tú las compraste. Así que tú se las debes entregar. Eso es lo justo.
Sus manos se aferraban al volante. Un reloj digital de la manzanita mordida le rodeaba la muñeca derecha.
—Está bien. Yo se las daré.
Asentí.
—¿Y qué opinas de tu regalo? —Su pregunta me sorprendió.
¿Mi regalo? ¿Cuál regalo? ¡Más cosas por parte suya! ¿No era demasiado con haberme ayudado al salvarme de aquel lugar?
—¿Regalo?
Nos detuvimos en un semáforo. La luz era roja. Se giró a mirarme.
—Sí. ¿No lo has visto? Esta atrás, venía junto a las flores.
Negué con la cabeza.
Se burló de mí con una sonrisa tenue. Sus labios eran de color rojizo. Entonces se estiró un poco y buscó atrás de mi asiento. Segundos después, su mano sostenía una cajita casi del tamaño de su mano. Tenía un moño de color plata. Me lo dio. Dudé en tomarlo.
—No puedo aceptarlo. Ángel, esto es demasiado. Yo no creo que sea...
—Es tuyo. Te lo compré esta mañana.
Yo aún no agarraba la caja.
—Ángel. No debiste comprarme más cosas. Realmente yo...
—Creo que te será muy útil en tu nuevo empleo.
Eso me sorprendió todavía aún más. ¿Mi empleo? ¿Estaba hablando en serio? Quizá y él ya tenía algo resuelto para mí, pero ¿por qué? Su bondad era tan grande como esa sonrisa suya que me hacía querer sonreír.
—¿Me conseguiste un empleo?
Dirigió su atención al volante y el boulevard.
—Sí, bueno, necesito tu ayuda con algo importante. Hablaremos de eso más tarde. Mientras, abre tu regalo.
Tomé la caja. Sonreí al ver el moño. La caja decía iPhone. Tenía una manzanita mordida. ¡Qué genial! ¡Mi primer celular!