Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: La verdadera cara de Patricia
El departamento que alguna vez olió a madera lustrada, tarta de manzanas y flores frescas parecía ahora la trastienda caótica de una tienda departamental en liquidación.
Cajas de zapatos de diseñador amontonadas en el recibidor, percheros metálicos improvisados en medio del pasillo para sostener vestidos que apenas se usarían una vez, y ceniceros de cristal con colillas manchadas de lápiz labial sobre los muebles que Aurora había elegido con esmero. Patricia detestaba el orden austero; para ella, el desorden ostentoso era la única prueba irrefutable de que había dinero circulando.
Eran las nueve de la noche de un jueves cuando Eric cruzó la puerta, arrastrando los pies y con un maletín repleto de fojas procesales que le quemaban los dedos. El aire en los tribunales se había vuelto irrespirable: entre los colegas corrían los rumores sobre el embargo de sus cuentas por la demanda de Aurora, y varios clientes corporativos habían retirado sus carteras para evitar quedar atrapados en el escándalo conyugal.
Eric aflojó el nudo de su corbata y vio sobre la consola de la entrada un fajo de sobres con membretes bancarios en rojo: avisos de corte de servicios, intimaciones de pago y el resumen mensual de la tarjeta de crédito que había puesto a disposición de su nueva esposa.
Al abrir el estado de cuenta, el estómago se le comprimió en un puño de hielo.
—¿Siete mil dólares en tres semanas? —murmuró con la voz ahogada, leyendo los conceptos: tratamientos en clínicas de estética, cenas en terrazas exclusivas para cinco personas, carteras de piel y abrigos importados—. Esto… esto es demencial.
Caminó con paso apresurado hacia la sala. Patricia estaba recostada en el sofá principal, vestida con una bata de seda negra, las piernas cruzadas y una copa de champaña en la mano mientras revisaba su teléfono con gesto aburrido.
—Patricia —dijo él, arrojando el resumen bancario sobre la mesa ratona—. Necesito que me expliques esto. Te advertí antes de casarnos que estábamos en un momento financiero delicado por el litigio de divorcio. ¡La mitad de mis cuentas siguen congeladas! ¿Cómo pudiste gastar semejante cantidad en caprichos?
Patricia no se inmutó. Levantó la vista de la pantalla con una parsimonia exasperante, dio un sorbo a su copa y lo miró de arriba abajo con una ceja arqueada. No había en sus ojos ni la menor sombra de la mujer desamparada y temblorosa de la guardia del hospital. Su rostro era una máscara de puro hastío.
—Baja la voz, Eric. No tolero que me griten en mi propia casa —respondió con una frialdad que le erizó la piel—. ¿Caprichos? Fui a la clínica porque el estrés de los últimos meses me arruinó la piel, y las cenas fueron con personas influyentes. Si pretendes que me codee con la alta sociedad para levantar tu estudio en decadencia, no voy a ir vestida como una costurera de barrio.
—¡Mi estudio no estaba en decadencia hasta que nos metimos en este pozo de deudas! —estalló él, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes—. ¡Esa tarjeta era solo para gastos domésticos urgentes! Tengo que pagar la cuota de la oficina, los sueldos de los pasantes y la intimación judicial de Aurora, ¿entiendes lo que es una intimación judicial? Si no deposito los fondos de la liquidación conyugal el mes que viene, el juez ordenará la subasta de mi automóvil.
Patricia soltó una carcajada seca, venenosa, apoyando la copa sobre el mármol con un golpe seco.
—¿Y de quién es la culpa, mi amor? ¿Mía? —se levantó con una lentitud amenazante, plantándose frente a él con una mirada cargada de desprecio—. Tú te llenaste la boca diciéndome que eras un litigante brillante, que tenías el control de todo, que conmigo ibas a ser el rey de la ciudad. ¿Y ahora resulta que dependías del dinero y del cerebro de tu exesposa para mantener el barco a flote? ¡Qué patético eres, Eric! Si eres tan incapaz de generar ingresos por tu cuenta, no te desquites conmigo. Yo soy una mujer de cierto nivel; no me casé contigo para vivir contando monedas ni para comer guisos recalentados.
Las palabras fueron como latigazos directos al orgullo de Eric. Se quedó helado, boquiabierto, sintiendo una náusea profunda ante la descarada insolencia de la mujer por la que lo había sacrificado todo.
—Tú me dijiste que me amabas… que estabas arrepentida de cómo me trataste en el pasado… —balbuceó él, herido en lo más profundo de su dignidad.
—Te amo cuando te comportas como un hombre de verdad, no cuando vienes a lloriquearme por unas facturas de tarjeta —escupió ella sin piedad, dándose media vuelta hacia la cocina—. Resuélvelo. Vende lo que tengas que vender, pide un crédito o pídele dinero a tus amigos. Pero a mí no me vuelvas a faltar el respeto con tus miserias.
Eric apretó los puños, temblando de impotencia. Respiró hondo, tratando de recuperar el aire, cuando el timbre del departamento sonó dos veces de manera tímida, vacilante.
—Ah, por cierto —dijo Patricia desde la cocina, con tono despreocupado mientras se servía agua mineral—. Si es tu madre otra vez, ni se te ocurra abrirle.
Eric se detuvo en seco, mirándola con horror:
—¿Mi madre? ¿Vino mi madre hoy?
—Apareció a las cuatro de la tarde con un bolso viejo lleno de frascos de conserva y una carta de la farmacia para pedirte que le compres unos medicamentos para la presión —relató Patricia con una mueca de asco—. La dejé en el palier. Le dije claramente que esta no es una casa de beneficencia, que su aspecto desentona con el edificio y que si necesita limosnas aprenda a pedirlas por teléfono antes de venir a invadir mi privacidad.
—¡¿Hiciste qué?! —el grito de Eric retumbó en las paredes con una furia desesperada.
—Lo que correspondía —respondió ella, clavándole los ojos verdes con total indiferencia—. Tu madre nunca me soportó y no voy a permitir que una vieja resentida venga a pasearse por mi sala con ropa de segunda mano. O la educas tú, o la educo yo. Acostúmbrate, Eric: la señora de esta casa soy yo, y aquí las jerarquías se respetan.
Eric no respondió. Sintió que el aire se convertía en veneno en sus pulmones. Dio media vuelta, abrió la puerta del departamento y salió corriendo hacia las escaleras, dejando a Patricia hablando sola en medio de la sala.
Bajó hasta la calle, con el corazón destrozado por la culpa. Caminó a paso rápido las ocho cuadras que separaban su edificio de la modesta casa de doña Elena. Cuando llegó, encontró las luces apagadas, salvo una pequeña vela que parpadeaba en el altar de la virgen a través de la ventana del comedor.
Golpeó la puerta con los nudillos, despacio, con el alma arrastrándose por el fango.
—¿Mamá? Mamá, por favor, soy yo… ábreme —suplicó Eric con la frente apoyada en la madera fría.
Desde adentro, la voz de Elena se escuchó débil, apagada, impregnada de una tristeza infinita que dolía más que cualquier insulto:
—Vete a tu casa, Eric. Ya no tienes madre aquí. Tu esposa me dejó muy claro cuál es mi lugar. No vuelvas a humillarme mandándome a callar en la puerta de un edificio.
—¡Mamá, yo no sabía! Te juro que yo no estaba… déjame ayudarte con tus remedios…
—El dinero que le niegas a la dignidad no me sirve para curarme el corazón, hijo —sentenció la anciana con un sollozo ahogado—. Tenías una reina que me cuidaba como a su propia sangre, y la cambiaste por una víbora que te va a devorar hasta los huesos. Dios te perdone, Eric, porque yo todavía no encuentro cómo hacerlo.
El cerrojo interior se cerró con un chasquido sordo y definitivo.
Eric se quedó solo en la vereda oscura, bajo la llovizna helada que comenzaba a empaparle el traje caro. Se cubrió el rostro con ambas manos y las lágrimas de la más absoluta desesperación brotaron sin control.
El velo había caído por completo. La fantasía de la mujer rescatada era una farsa; estaba atado legal y económicamente a un monstruo que despreciaba su sangre, que saqueaba su trabajo y que lo miraba con asco. En ese instante de soledad atroz, con el eco del portazo de su madre y la imagen de su hogar destrozado, Eric comprendió que el verdadero infierno no era el que temía: el infierno era la vida que él mismo había elegido a cambio de traicionar a Aurora.