Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 16
Capítulo 16. ¡Cumpla la apuesta, señora!
—¿Cómo... puede... ser?
Isabel se tambaleó hacia atrás. Las palabras le salieron a duras penas de la garganta.
—¡Ni siquiera terminó la preparatoria! ¿Cómo va a preparar el medicamento más eficaz del mundo? ¡Doctor Galván, tiene que estar equivocado!
Seguía negándose a aceptarlo.
—¡Lo garantizo por mi reputación! ¡No hay ningún error!
La respuesta rotunda del médico acabó con su última esperanza.
Cuando se encontró con los ojos fríos de Elena, Isabel apartó la mirada de inmediato.
—No me siento bien. Voy a mi habitación...
—¡Señora Vidal!
Acababa de darse la vuelta cuando la voz de Elena la detuvo.
Isabel se quedó rígida. Un terror imposible de describir le cubrió el rostro mientras oía aquella voz que la juzgaba delante de todos:
—No estará pensando en incumplir nuestra apuesta, ¿verdad?
Apretó las manos a ambos lados del cuerpo. Se clavó las uñas en las palmas de tanta fuerza que hizo, pero no sintió dolor.
Estaba de espaldas y, aun así, sentía todas las miradas sobre ella. Se le marcaban en la piel como hierros al rojo vivo. Recordar lo que había apostado con Elena la hacía desear estrellarse contra una pared y morirse.
¡Tenía que haber perdido el juicio el día anterior para aceptar algo así!
Lo gritó por dentro, desesperada.
Pero ya podía arrepentirse todo lo que quisiera. Era demasiado tarde.
De los nervios, se mordió el labio hasta abrirlo.
El sabor metálico de la sangre la calmó de pronto. Una idea para librarse de la apuesta le cruzó la mente.
La comisura de sus labios se elevó con satisfacción. Al segundo siguiente, cerró los ojos y se dejó caer al suelo.
—¡Isabel! ¡Isabel!
—¡Señora! ¡Señora!
Ernesto y varias empleadas corrieron a rodearla, alarmados.
—¡Llévenla a su cuarto enseguida! —ordenó la anciana con urgencia.
Ernesto iba a levantarla cuando la voz clara y fría de Elena resonó:
—¡Esperen!
—¡¿Qué quieres ahora?! —Doña Mercedes se irritó en cuanto vio quién había hablado.
—Está muy pálida y tiene los labios morados. Son señales de que la ira está afectándole al corazón. Si no la atendemos a tiempo, su vida corre peligro.
Elena había reconocido al instante el desmayo fingido. Exageró deliberadamente la gravedad.
—¿Qué... qué dices?
La anciana se quedó desconcertada. Los demás tampoco sabían qué decir. Aunque tendía a creerle, aún preguntó:
—¿No estarás diciendo disparates?
—Señora, está en juego una vida. ¿Cómo voy a decir disparates? Si no me cree, pregúntele al doctor Galván.
Elena le guiñó un ojo al médico. Él entendió de inmediato.
—Es cierto. Si no se la atiende a tiempo, podría morir.
Después de oírlo, doña Mercedes ya no se atrevió a dudar.
—¡Entonces le ruego que la salve, doctor!
—Tiene los mismos síntomas que usted tuvo ayer. Con una inyección bastará —dijo Elena.
Tomó el tubo de ensayo de manos de Galván y sacó una jeringa del bolsillo de la bata. Cargó el líquido y se acercó a Isabel.
Isabel no había imaginado que las cosas terminarían así. ¡Ella no tenía ninguna arritmia! ¿Y si la inyección le causaba una reacción y la mandaba al infierno?
En cuanto Elena le sujetó el brazo, abrió los ojos de golpe y gritó:
—¡No hace falta la inyección! ¡Ya estoy bien! ¡Solo me mareé un poco!
Elena sonrió con frialdad.
¿Fingir un desmayo para librarse de pedirle perdón? Ni soñarlo.
—Ya que está bien, cumpla nuestra apuesta, por favor.
Guardó la jeringa y sonrió.
Isabel era cruel y mezquina, pero venía de una familia distinguida y llevaba la superioridad metida en los huesos. No podía darse bofetadas en público. No estaba dispuesta a hacerlo.
Se acercó a la anciana y la llamó con voz suplicante:
—Mamá...
Doña Mercedes, por supuesto, se puso de su lado. Miró a Elena con frialdad.
—No te pases. Esto termina aquí.
El día anterior, cuando Isabel la había abofeteado y humillado, nadie había dado un paso al frente para defenderla. Ella solo quería recuperar la dignidad que le habían pisoteado. ¿Por qué ahora resultaba que se estaba pasando?
Elena sentía una rabia imposible de tragar. Pero lo ocurrido el día anterior le había enseñado que la anciana era la segunda autoridad de aquella casa, solo por debajo de Alejandro. Alguien a quien ella no podía desafiar con éxito.
Cerró los puños y buscó a Alejandro con la mirada.
Él estaba mirando el teléfono. No supo si no se había dado cuenta o si la ignoraba a propósito. Lo cierto era que ni siquiera levantó la cabeza.
Elena soltó una risita amarga.
¿Qué estaba esperando? Ellos eran una familia. ¿Por qué iba él a ponerse de su lado?
Había creído que demostrar la autoría del medicamento bastaría para recuperar su dignidad. Nunca había imaginado aquello.
¡Frente al poder absoluto y a las diferencias de clase, la verdad y los hechos no valían nada!
La expresión triunfal de Isabel y las sonrisas burlonas de los demás convertían su esfuerzo desesperado por demostrar la verdad en el número de un payaso. Una impotencia indescriptible la envolvió.
Los ojos le ardieron. Bajó la cabeza para que nadie viera lo que sentía.
Isabel contempló su abatimiento con una satisfacción abierta. Ofreció el brazo a doña Mercedes y se dispuso a irse con ella.
Entonces llegó la voz de Alejandro:
—Un momento.