Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 5: ¿Quieres ser mi novia?
Oriana.
Después de aquel beso frente a la residencia universitaria, algo había cambiado entre Jonás y yo.
No sabría explicar exactamente en qué momento sucedió, pero nuestra relación dejó de ser una simple amistad entre dos estudiantes que coincidían en una cafetería.
Ahora hablábamos todos los días.
Jonás me enviaba mensajes por las mañanas para desearme un buen día, me preguntaba cómo habían ido mis clases y, cuando tenía tiempo libre, aparecía en la cafetería para acompañarme durante mis descansos.
También habíamos comenzado a salir juntos. Algunas veces íbamos a tomar un helado fuera de la universidad y otras simplemente caminábamos por el campus mientras conversábamos.
Me gustaba estar con él.
Era atento, divertido y tenía una manera particular de hacerme sentir especial.
Aquella tarde había decidido aprovechar unas horas libres para terminar un paisaje que debía presentar en mi próxima evaluación.
Me encontraba debajo de uno de los grandes árboles del campus, sentada sobre una manta que había extendido en el césped. Frente a mí tenía mi lienzo, varios pinceles y una pequeña paleta con diferentes tonalidades de pintura.
Había elegido aquel lugar porque desde allí podía observar una parte del jardín universitario, donde los árboles formaban una especie de arco natural alrededor de un pequeño sendero.
Estaba concentrada mezclando diferentes tonos cuando escuché una voz conocida.
—Veo que alguien está muy ocupada.
Sonreí antes de levantar la cabeza.
—Jonás.
Él estaba de pie frente a mí, con una mano en el bolsillo de su pantalón y una sonrisa que comenzaba a convertirse en una de mis cosas favoritas.
—Hola, pelirroja.
—Hola.
Se inclinó para dejar un beso en mi mejilla.
—¿Qué haces?
—Intento terminar mi paisaje.
Jonás observó el lienzo y después miró el entorno.
—¿Lo estás pintando desde aquí?
Asentí.
—Quiero capturar la luz que atraviesa los árboles. Por la mañana es diferente, pero a esta hora tiene una tonalidad muy bonita.
Él se agachó a mi lado para observar mejor el cuadro.
—Es impresionante.
Lo miré.
—¿De verdad?
—Oriana, parece una fotografía.
Solté una pequeña carcajada.
—No exageres.
—Mira esos detalles.
Señaló una parte del lienzo.
—Incluso has conseguido darle profundidad al camino.
Sonreí con timidez.
—Es que todavía me falta trabajar algunas sombras.
—Entonces no puedo imaginar cómo quedará cuando termines.
—Eres demasiado generoso con tus elogios.
—Y tú demasiado modesta con tu talento.
Bajé la mirada hacia mis pinceles, intentando disimular la sonrisa que se había formado en mis labios.
—¿No tienes clases?
—Terminé hace un rato.
—¿Y viniste a buscarme?
—¿Hay algún problema?
—Ninguno —respondí, sonriendo—. Solamente preguntaba.
Jonás se sentó a mi lado sobre la manta.
—Entonces continúa. No quiero interrumpirte.
—¿Vas a quedarte mirándome pintar?
—Podría pasarme la tarde entera haciéndolo.
Lo miré de reojo.
—Qué aburrido.
—Todavía no has descubierto lo entretenido que puedo ser.
—Creo que tengo una idea bastante clara.
Se rio y rodeó mis hombros con uno de sus brazos.
...****************...
Jonás.
Había terminado mis clases bastante temprano y, como ya era costumbre, lo primero que había pensado era en buscar a Oriana.
No me costaba admitir que disfrutaba de su compañía.
Durante las últimas semanas me había acostumbrado a tenerla cerca. Me gustaba escucharla hablar de sus proyectos, descubrir sus gustos y observar la manera en que sus ojos brillaban cada vez que algo relacionado con la pintura captaba su atención.
Aquella tarde, encontrarla debajo de un árbol, completamente concentrada en su lienzo, me había parecido una imagen digna de recordar.
Era hermosa.
Tenía algunas manchas de pintura en los manos y un mechón de cabello cayéndole sobre la frente. Llevaba ropa cómoda y el cabello recogido.
No necesitaba vestidos costosos ni joyas para llamar mi atención.
—¿Qué miras? —preguntó de repente.
Sonreí.
—A ti.
—Jonás...
—¿Qué? No puedo mirar a mi novia.
Ella dejó el pincel sobre la paleta y se volvió hacia mí.
—¿Tu novia?
—Bueno, todavía no oficialmente.
Sus mejillas adquirieron un ligero tono rosado.
Sonreí al comprobar que había conseguido ponerla nerviosa.
Llevaba varios días pensando en hablar con ella sobre nosotros. Nos besábamos, salíamos juntos y nos buscábamos constantemente, pero nunca habíamos hablado de darle un nombre a lo que estaba sucediendo.
Y yo quería algo más.
No me interesaba compartir su atención con otros hombres ni seguir fingiendo que éramos solamente amigos.
—Oriana, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
Me acomodé frente a ella.
—¿Qué somos nosotros?
Parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo que qué somos?
—Tú y yo. Nos vemos, hablamos todos los días, nos besamos... Pero nunca hemos hablado de nuestra relación.
Ella bajó la mirada y comenzó a jugar distraídamente con uno de sus pinceles.
—Pensé que estábamos dejando que las cosas sucedieran.
—Y me gusta que hayan sucedido —respondí—. Pero quiero saber si tú también quieres algo más conmigo.
Oriana levantó los ojos.
—¿Algo más?
Asentí.
—Quiero que seas mi novia.
...****************...
Oriana.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con más fuerza.
Aunque había imaginado muchas veces cómo sería escuchar aquellas palabras, no esperaba que Jonás me lo preguntara de aquella manera.
—¿Quieres que sea tu novia? —repetí.
Él sonrió.
—Eso acabo de decir.
—Podrías ser un poco más romántico.
Soltó una carcajada.
—¿Quieres que me arrodille?
Abrí los ojos.
—¡No! Tampoco exageres.
—Entonces tendré que improvisar.
Tomó mis manos entre las suyas y me miró directamente.
—Oriana, me gustas. Me gusta pasar tiempo contigo, me gusta escucharte hablar de tus pinturas y hasta me gusta cuando te enfadas conmigo por cualquier tontería.
—Yo no me enfado por cualquier tontería.
—Claro que sí.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
Él sonrió antes de continuar.
—Quiero conocerte más. Quiero estar contigo. No quiero seguir preguntándome si puedo besarte o si tengo derecho a tomarte de la mano.
Sus palabras me hicieron sonreír.
—¿Y si soy una novia complicada?
—Me gustan los desafíos.
—¿Y si hablo demasiado?
—Me gusta escucharte.
—¿Y si te robo tus cafés?
—Puedo comprar más.
Me reí.
Jonás acercó una de mis manos a sus labios y depositó un beso sobre mis nudillos.
—¿Qué dices, preciosa? ¿Quieres ser mi novia?
Lo miré durante unos segundos.
No tenía una fortuna, ni una vida llena de comodidades. Tampoco sabía qué me esperaba después de graduarme. Todavía tenía muchas inseguridades y sueños que deseaba cumplir.
Pero Jonás nunca me había hecho sentir menos por aquello.
Y quería intentarlo.
—Sí —respondí finalmente—. Quiero ser tu novia.
Su sonrisa fue inmediata.
—¿Sí?
—Sí, Jonás.
No me dio tiempo a decir nada más porque tomó mi rostro entre sus manos y me besó.
Sonreí contra sus labios mientras rodeaba su cuello con mis brazos.