Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
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Capítulo 12: Sangre en la seda
El tamborileo del agua sobre la chapa oxidada del tejadillo de la gasolinera abandonada era el único sonido que competía con el murmullo del motor enfriándose.
Dereck no esperó a que ella protestara. Salió del asiento del conductor, abrió la puerta trasera de un tirón y se inclinó dentro del habitáculo, invadiendo el espacio con una determinación que no dejaba vía de escape. Dejó el maletín de primeros auxilios táctico sobre el asiento contiguo y abrió la cremallera con un movimiento seco.
—Quítate la chaqueta —ordenó él. Su tono había perdido cualquier matiz de sarcasmo; era una orden áspera, baja y tensa.
Martina lo miró con los ojos entrecerrados, apoyando la espalda contra la portezuela opuesta.
—Te dije que no es nada, Dereck. Una astilla de metal rozó la tela. Puedo vendarme yo misma en cuanto lleguemos a la aduana.
—No te lo estoy preguntando, Moretti. Quítate la maldita chaqueta o te la corto con las tijeras quirúrgicas.
Martina apretó los dientes, sintiendo una llamarada de fastidio ante la terquedad del hombre, pero el calor pegajoso que empapaba la manga izquierda de su jersey comenzaba a enfriarse contra la piel, punzando con una quemazón viva. Con un movimiento contenido para no delatar la molestia, deslizó el brazo derecho fuera de la manga de la cazadora de cuero y dejó caer la prenda sobre sus rodillas.
El desgarro en la lana gris marengo era limpio, de unos siete centímetros, empapado en un círculo oscuro de sangre que ya goteaba sobre la tapicería.
Dereck sacó unas tijeras de punta roma del estuche y, antes de que ella pudiera quejarse, introdujo la hoja bajo la fibra de lana del antebrazo y cortó la manga hacia arriba con un chasquido continuo, dejando al descubierto la herida y la piel blanca del brazo.
La laceración era profunda, producida por una esquirla de la chapa reforzada que había actuado como un cuchillo dentado. No tocaba la arteria radial, pero el corte sangraba con un flujo constante que manchaba la piel pálida y los tendones tensos de la muñeca.
Dereck soltó una maldición entre dientes.
Se quitó los guantes de cuero negro tirando de los dedos con los dientes, arrojándolos a un lado. Sus manos desnudas —grandes, firmes, marcadas por cicatrices antiguas en los nudillos— entraron en contacto con la piel de Martina. El contraste fue un latigazo: los dedos de él estaban ardiendo; la piel de ella estaba fría por la pérdida de sangre y el aguanieve.
Tomó una gasa hemostática y presionó directamente sobre la herida para contener la hemorragia.
Martina no emitió un solo quejido. Solo apretó la mandíbula hasta que los músculos de sus mejillas se marcaron como cuerdas, clavando sus ojos oscuros en la coronilla de él mientras Dereck trabajaba inclinado sobre su regazo.
—Tienes una tolerancia al dolor ridícula para alguien educada en Cambridge —murmuró Dereck sin levantar la vista, concentrado en limpiar los bordes del corte con solución salina y antiséptico.
—En el ring de Boston no te dan tiempo muerto cuando te abren una ceja —replicó ella con voz templada, aunque un leve temblor en su respiración la traicionó cuando el líquido desinfectante mordió la carne abierta—. Aprendes a respirar a través del golpe o terminas en el suelo con la mandíbula rota.
Dereck se detuvo una fracción de segundo. Sus ojos grises se desviaron de la herida hacia la parte superior del brazo y el hombro de Martina, visibles gracias al corte del jersey.
Allí, bajo la luz mortecina que entraba por la ventanilla empañada, la piel de la heredera contaba una historia que ningún informe de los patriarcas había mencionado jamás.
Sobre la clavícula izquierda había una marca pálida, el recuerdo quirúrgico de una fractura consolidada; en el costado del antebrazo se adivinaba el trazo fino de un corte antiguo por hoja corta, y los nudillos de su mano izquierda, ahora relajada sobre su muslo, tenían la callosidad compacta y endurecida de quien ha lanzado miles de golpes contra superficies sólidas.
No era el cuerpo de una señorita de sociedad perfumada y protegida en urnas de cristal. Era el mapa de un soldado que había elegido cada una de sus cicatrices en la sombra.
Una oleada de desconcierto, mezclada con una admiración visceral que amenazaba con derrumbar los últimos muros de su cordura, le atenazó el pecho.
—Tu padre no tiene idea de nada de esto, ¿verdad? —preguntó Dereck, levantando la vista para clavar sus ojos grises en los de ella. Estaban tan cerca en el espacio reducido del asiento trasero que el aire compartido parecía fuego líquido.
Martina sostuvo su mirada sin pestañear. La vulnerabilidad forzada de estar con el brazo desnudo entre las manos de su custodio le quemaba el orgullo, pero se negó a desviar los ojos.
—Mi padre cree que las mujeres solo deben saber sonreír en las cenas y firmar donde los hombres les señalan —respondió ella, y el veneno en sus palabras no era teatro; era una convicción forjada a base de años de soledad—. Si hubiera sabido que entrenaba cuatro horas diarias en los muelles de South Boston, me habría mandado a buscar con una escolta armada para encerrarme en Brianza hasta el día de mi boda con el imbécil que me eligió de niña.
Dereck sintió un golpe sordo en el estómago. La mención involuntaria de sí mismo como "el imbécil" debería haberle arrancado una réplica cínica, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. La mentira sobre su identidad comenzaba a pesarle como una armadura de plomo al rojo vivo.
Bajó la vista de nuevo a la herida para evitar que ella leyera la tormenta en sus pupilas.
—El corte es limpio, pero necesita puntos de aproximación si no quieres que te quede una marca horrible —dijo él, abriendo un paquete de suturas mecánicas estériles con una destreza que no se aprendía en academias de guardaespaldas ordinarias.
—Las marcas no me importan, Dereck. Solo ciérralo.
—A mí sí me importan —soltó él con una aspereza involuntaria, antes de que su cerebro pudiera frenar la frase.
Martina se quedó inmóvil. El aire en el habitáculo pareció detenerse por completo.
Dereck colocó la primera tira adhesiva quirúrgica con una delicadeza desconcertante, tensando los bordes de la piel con la yema de sus pulgares. A pesar de la brutalidad de sus manos, su tacto era tan suave, tan controlado, que parecía temeroso de causarle el menor daño adicional. Cada roce de sus dedos contra la piel desnuda de Martina enviaba una descarga eléctrica que le erizaba el vello de la nuca y le aceleraba el pulso de una manera que nada tenía que ver con la pérdida de sangre.
Martina lo observó en silencio: las pestañas oscuras proyectando sombras sobre sus pómulos marcados, la concentración feroz con la que trataba su herida y esa sombra de tormenta que jamás abandonaba sus facciones. Había en él una ferocidad contenida que la atraía y la aterraba a partes iguales; un hombre que la miraba no como a una presa fácil ni como a una heredera intocable, sino como a su único igual en un mundo de sombras.
Cuando colocó el vendaje compresivo de gasa blanca y aseguró el extremo con cinta adhesiva, Dereck no retiró las manos de inmediato.
Sus dedos permanecieron rodeando la muñeca de Martina, sintiendo el latido rápido y desbocado de su arteria bajo la piel suave.
Alzó despacio la cabeza. La distancia entre sus rostros se redujo a un suspiro.
Los ojos castaños de ella ardían con una mezcla de hostilidad y deseo que ya no podía enmascararse tras el protocolo corporativo. La fragancia a jazmín y sudor limpio que emanaba de Martina, combinada con el olor a sangre reciente, despertó en Dereck un instinto territorial tan primario que tuvo que apretar la mandíbula para no lanzarse sobre su boca allí mismo.
—Estás a salvo, Moretti —susurró él, y su voz sonó desgarrada, íntima y cargada de una devoción peligrosa que la hizo estremecerse hasta la médula.
Martina tragó saliva, sintiendo que el control se le escapaba de los dedos como agua entre las manos. Despacio, liberó su muñeca del agarre de él y bajó el brazo, obligándose a reconstruir la muralla de hielo antes de que fuera demasiado tarde.
—Siempre estuve a salvo, Dereck —respondió ella en un susurro que intentó ser firme, aunque el temblor en sus labios la desmentía por completo—. Sal del auto. Tenemos que llegar a la aduana antes de que los Balcanes muevan el resto de la carga.
Dereck la miró durante dos segundos interminables, con los ojos grises destellando en una promesa muda de que esa conversación no había terminado.
Recogió el material médico, guardó el estuche y salió del asiento trasero bajo la lluvia torrencial sin decir una palabra más.
Al sentarse tras el volante, encendió el motor del Audi y metió la mano en el bolsillo interior de su americana empapada. Sacó un teléfono satelital negro, diferente al que usaba para comunicarse con los Moretti, y tecleó un mensaje cifrado de alta prioridad con destino al cuartel general de su propia organización en Zúrich:
> Quiero el expediente clasificado completo de Martina Moretti en Estados Unidos. Cuentas bancarias, registros médicos, entrenadores, horarios y contratos. Todo. En mi terminal en una hora.
>
Miró por el retrovisor central mientras engranaba la marcha.
En el asiento trasero, Martina se acomodaba la chaqueta de cuero sobre el hombro vendado, con la barbilla en alto y la mirada fija en el horizonte gris de la carretera.
Dereck pisó el acelerador, sintiendo que el suelo bajo sus pies se había abierto por completo. La mujer que estaba a punto de desposar por mandato familiar no era la debilidad de la alianza.
Era el arma más letal que jamás había visto... y el único veneno para el que no tenía antídoto.