Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 3: El orgullo herido y los buitres del vestidor
El hombro de Sara se había estrellado contra el suyo con una fuerza seca, real, dejándole un rastro de fricción en la clavícula. Ella siguió caminando por el pasillo sin mirar atrás, con el bolso colgado al hombro y el paso firme de quien no le debe nada a nadie.
Dante se quedó allí, inmóvil en medio del pasillo. Tenía el balón de básquet sostenido con una sola mano, los dedos enterrados en el cuero naranja. Nadie lo rechazaba. Menos de esa forma tan visceral, tan desprovista de miedo o coqueteo fingido.
—Vaya, vaya... Parece que la gata tiene garras y decidió enterrártelas hasta el esternón —la voz de Leo rompió el silencio a sus espaldas, cargada de una burla insoportable.
Leo, Bruno y Gabriel venían saliendo de la zona de duchas con las mochilas al hombro. Gabriel soltó una carcajada abierta, ruidosa, que rebotó en las paredes de azulejos del pasillo de servicio.
—Te acaba de poner en tu lugar, hermano —dijo Gabriel, dándole una palmada burlona en la nuca a Dante—. El gran Dante Kaelen, el rompecorazones oficial de la facultad, masticado y escupido en menos de diez segundos. Juro que pagaría otros diez mil dólares solo por repetir la escena en cámara lenta.
Bruno, ajustándose las gafas con una tranquilidad glacial, miró la dirección por donde se había marchado Sara antes de posar sus ojos oscuros en Dante.
—Te lo advertí, Kaelen. No es una de esas chicas que viven de la validación en Instagram. Si entras con esa actitud de depredador de discoteca, lo único que vas a conseguir es que te rompa una ceja. Es pragmática, está enfocada y, por lo que se ve, tiene el ego tan blindado como el motor de sus motos.
Dante giró lentamente sobre sus talones. Su rostro no mostraba enojo; al contrario, una calma oscura y peligrosa se había instalado en sus facciones. Los ojos se le habían vuelto de un tono más frío, fijos en el punto exacto donde la silueta de Sara había desaparecido.
Dentro de su cabeza, algo se había roto y encendido al mismo tiempo. Para un tipo que siempre tenía el control, que estaba acostumbrado a que las bocas se abrieran con sumisión o deseo, el desprecio de Sara no era una derrota: era un desafío a su propia existencia. Nadie le hablaba así. Nadie lo miraba como si fuera basura estorbando en el piso.
—Cierren la boca los tres —dijo Dante con una voz ronca, casi un susurro, pero con un peso que hizo que las risas de Gabriel se apagaran de golpe.
Dante rebotó el balón contra el piso de cemento una, dos, tres veces, sintiendo el golpe sordo resonar en sus entrañas.
—No me ha rechazado —murmuró Dante, pasando la lengua por el interior de su mejilla, con una sonrisa torcida, arrogante y completamente enfermiza pintada en los labios—. Solo acaba de aceptar jugar. Y les aseguro que para el día de la fiesta de fin de año, esa maldita pared de hielo va a estar rogando por quemarse conmigo.
Leo soltó un silbido agudo, frotándose las manos con anticipación.
—Eso es lo que quería escuchar. La Ducati sigue sobre la mesa, Kaelen. Pero vas a tener que ensuciarte las manos de verdad si quieres verla caer.