Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capitulo 21: La Caída de los Hermanos Mendoza: Entre Rejas y Desesperación
La tarde en el distrito financiero de la capital transcurría bajo un cielo plomizo. En los prestigiosos Laboratorios Mendoza, la tensión se cortaba con un cuchillo. Aunque el imperio farmacéutico y las cuentas bancarias de la familia ya se encontraban congeladas por las auditorías y denuncias de fraude fiscal, los dos hermanos varones y pilares científicos de la empresa, los doctores Luis Carlos y Santiago Mendoza, intentaban mantener una fachada de control dentro del laboratorio principal. Vestidos con sus impecables batas blancas de médicos investigadores, caminaban apresuradamente por los pasillos estériles, intentando borrar los registros digitales de sobornos a inspectores sanitarios antes de que las autoridades irrumpieran por completo.
—¡Maldita sea, Santiago! ¡Los servidores centrales están bloqueados! No podemos eliminar las carpetas de importación ilegal de reactivos —refunfuñó el doctor Luis Carlos con el rostro desencajado, sudando frío mientras tecleaba desesperadamente en la consola principal.
—¡Te dije que debimos quemar los discos duros físicos la semana pasada en lugar de confiar en los abogados! —respondió el doctor Santiago, con las manos temblando dentro de los bolsillos de su bata médica mientras miraba hacia los ventanales del pasillo—. ¡Estamos acabados! Si la policía fiscal encuentra las fórmulas adulteradas que aprobamos para reducir costos, pasaremos el resto de nuestra vida en una celda de máxima seguridad.
Antes de que Luis Carlos pudiera responder, las puertas automáticas del laboratorio principal se abrieron de golpe con un estruendo metálico. No fue la policía común la que entró, sino un contingente de agentes federales fuertemente armados, acompañados por dos imponentes guardias de seguridad privada de los conglomerados Moretti.
—¡Doctores Luis Carlos y Santiago Mendoza, quedan ustedes bajo arresto por los delitos de fraude corporativo internacional, falsificación de registros sanitarios y complicidad en tentativa de homicidio! —bramó el oficial a cargo, avanzando con paso firme e imponente.
—¡Están cometiendo un grave error! ¡Somos médicos respetados, directores de este laboratorio! ¡No pueden tocarnos! —gritó Luis Carlos fuera de sí, intentando interponerse entre los agentes y la consola de datos.
Pero los oficiales no le dieron tregua. Con movimientos rápidos y precisos, los agentes federales los sometieron contra las mesas de acero inoxidable del laboratorio, arrancándoles las batas blancas con desprecio y colocándoles las esposas metálicas en las muñecas. Santiago forcejeó, soltando maldiciones y gritos de desesperación mientras lo arrastraban fuera del edificio bajo las miradas atónitas del personal restante, dejando atrás el imperio médico que habían ayudado a corromper.
Horas más tarde, en el frío, húmedo y lúgubre corredor de la penitenciaría de máxima seguridad, el eco de los tacones de Cataleya resonaba con una precisión quirúrgica.
La nueva señora Moretti caminaba con paso firme, luciendo un impecable traje sastre negro y una expresión pétrea. Se detuvo frente a la celda de aislamiento donde sus dos hermanos, Luis Carlos y Santiago, con los uniformes naranjas de prisioneros y el cabello revuelto, yacían sentados sobre catres de cemento.
Cataleya se detuvo frente a los barrotes, observando a los dos doctores que alguna vez se creyeron intocables con una mirada ámbar carente de cualquier atisbo de piedad.
—Mirarlos ahí tirados, usando un uniforme de presos en lugar de sus batas blancas de médicos, me recuerda exactamente la noche en que me traicionaron y aplaudieron cuando me trataron como a basura —comenzó Cataleya con una voz baja, pausada y letalmente filosa.
Luis Carlos se abalanzó contra los barrotes, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula temblando de ira y frustración.
—¡Cataleya! ¡Maldita sea, sácanos de este infierno! ¡Somos tus hermanos, médicos de profesión! ¡Pídele a ese magnate con el que estás que retire los cargos contra nosotros! —bramó Luis Carlos, estirando los brazos a través del hierro con desesperación.
Santiago se levantó tambaleándose del catre y se acercó a los barrotes, cayendo de rodillas frente a ella con lágrimas de miedo en los ojos.
—Cataleya, por favor... te lo suplicamos... éramos los directores del laboratorio, estábamos ciegos por la ambición de la familia... perdónanos, somos de tu misma sangre...
Cataleya soltó una risa seca, sin un ápice de humor, y los miró fijamente a los ojos.
—¿Habladas de sangre, Santiago? ¿De la misma sangre que usaron para venderme y tapar el intento de asesinato en mi contra? —espetó Cataleya con una dureza implacable—. Podrán ser doctores y tener títulos colgados en una pared, pero por dentro están podridos. Disfruten de su nuevo hogar. Apenas es el comienzo de lo que merecen.
Dándose la media vuelta con una elegancia inquebrantable, Cataleya los dejó gritando y golpeando los barrotes en medio de un ataque de histeria colectiva, mientras el eco de sus tacones se alejaba por el pasillo oscuro de la prisión. Los hermanos Mendoza habían pagado el primer precio de su traición.