"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 11 La Celebración y la Trampa
Mientras tanto, en otro apartado del bar, la reunión de los Santoro era mucho menos festiva.
—Primo, ¿en serio te ganaron la ladera? —Mia Santoro, la única mujer de la familia, frunció el ceño con indignación—. Esto es el colmo. No podemos dejar esto así.
Rocco la miró con una calma que contrastaba con la agitación de su prima.
—No te preocupes, Mia. Todo está bajo control.
—¿Bajo control? —Mia se levantó, caminando de un lado a otro—. ¡Perdimos la subasta! ¡Los Santana nos ganaron! ¡Y tú estás ahí sentado como si nada!
—Mia, siéntate —dijo Mariano, con voz tranquila—. Rocco sabe lo que hace.
—¿Lo sabe? —Mia lo miró con incredulidad—. Porque a mí me parece que está haciendo cualquier cosa menos lo que debería.
César, que había estado en silencio, levantó la mirada de su vaso.
—Lo mismo digo —murmuró—. Esa Carola... esa preciosura que me mira por encima del hombro... No puedo sacármela de la cabeza.
Mariano soltó una risa.
—¿Ahora tú también, César? Parece que los Santoro están cayendo en una trampa peligrosa.
—¿Qué trampa? —preguntó Mia, confundida.
—La trampa de las Santana —respondió Mariano, con una sonrisa enigmática—. Primero Rocco con la hermana, ahora César con la prima. ¿Quién sigue? ¿Yo con alguna amiga de ellas?
Mia lo miró con desprecio.
—No es gracioso, Mariano. Esto es serio. Son nuestros enemigos.
—¿Enemigos? —Mariano levantó una ceja—. ¿O son solo personas que nos enseñaron a odiar antes de que pudiéramos decidir por nosotros mismos?
El silencio cayó sobre la mesa.
Rocco, que había estado observando la discusión con distancia, finalmente habló.
—Bien —dijo, con voz firme—. Ya que los resienten tanto, deberían ir a ver su festejo. Están en el salón de abajo.
César se levantó de inmediato, con los ojos brillando de emoción. Si los Santana estaban ahí, Carola también estaría. Y si era posible, molestaría a esa belleza hasta que se pusiera roja de indignación.
—Voy a recoger mi cartera —dijo Mia, saliendo como una tempestad—. Y luego voy con ustedes.
Mariano se levantó para seguir a su hermano, con la intención de calmar aguas si era necesario.
Rocco se quedó solo en el apartado.
Sonrió, sacó su teléfono y envió un mensaje.
"Conejita, apartado 114. Ven rápido o iré a sacarte de ahí personalmente."
*_*
Camila empujó la puerta del apartado 114 y entró. La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana.
—¿Rocco? —susurró, con la voz temblorosa.
No hubo respuesta. Solo el sonido de sus propios latidos.
—Rocco, esto no es gracioso. ¿Dónde estás?
De repente, una mano la agarró por la muñeca y la giró contra la pared. Camila jadeó, sintiendo el calor del cuerpo de Rocco contra el suyo.
—Has tardado, conejita —murmuró él, con la voz grave y peligrosa.
—No podía venir antes —dijo ella, intentando recuperar el aliento—. Mis hermanos... están celebrando.
—Sí, ya lo sé. —Rocco sonrió, y Camila pudo ver el destello de sus dientes en la penumbra—. Por eso los mandé a buscarlos.
—¿Qué? —Camila se tensó—. ¿Mandaste a quiénes?
—A mis hermanos. Y a Mia. Van a bajar a saludar a tus hermanos. A felicitarlos por su victoria.
—¡Estás loco! —Camila intentó liberarse, pero él la mantuvo firme—. ¡Si los ven juntos, van a empezar una pelea!
—¿Y qué te importa? —Rocco inclinó la cabeza, observándola con curiosidad—. Son tus enemigos, ¿no? ¿No deberías alegrarte si se pelean?
—No es así —dijo Camila, con la voz quebrada—. No quiero que nadie salga herido. No quiero más violencia.
Rocco la miró por un largo momento. Luego, sin previo aviso, la soltó.
—Eres diferente, Camila Santana —dijo, dando un paso atrás—. No eres como ellos.
—¿Como quiénes?
—Como tu familia. Como los míos. —Rocco se sentó en el borde de la mesa, con una expresión que Camila no lograba descifrar—. Tienes un corazón. Y eso, en este mundo, es una debilidad.
—¿Una debilidad? —Camila se enderezó, con una chispa de indignación—. Si tener corazón es una debilidad, entonces prefiero ser débil.
Rocco sonrió. Era una sonrisa diferente a las anteriores. Más suave. Casi... humana.
—Eso es lo que me gusta de ti —dijo.
Camila sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Te... gusta?
—No lo digo en el sentido romántico —la corrigió Rocco, aunque su voz sonaba menos segura de lo que pretendía—. Solo digo que eres... interesante.
Camila no supo si sentirse aliviada o decepcionada. Pero antes de que pudiera procesarlo, Rocco se levantó y se acercó a ella.
—Esta noche no voy a cobrar mi apuesta —dijo, con voz baja—. No aquí. No ahora.
Camila abrió los ojos, sorprendida.
—¿No?
—No. —Rocco levantó una mano y acarició su mejilla con una suavidad que contrastaba con todo lo que ella sabía de él—. Esta noche solo quiero que sepas una cosa.
—¿Qué cosa?
Rocco se inclinó hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de ella.
—Que esto no ha terminado. Que solo está empezando. Y que, tarde o temprano, vas a ser mía. Completamente mía.
Y antes de que Camila pudiera responder, él se apartó y salió del apartado, dejándola allí, con el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.
Camila se quedó un largo momento apoyada contra la pared, tratando de recuperar la respiración.
—Estoy perdida —susurró—. Completamente perdida.
*_*
Cuando volvió al salón principal, la escena era caótica. Los Santoro y los Santana estaban enfrentados, aunque no físicamente. César estaba cerca de Carola, provocándola con una sonrisa burlona. Joaquín y Mariano intercambiaban miradas de desafío. Y Mia, con su carácter confrontativo, estaba discutiendo con Lina sobre quién tenía mejor gusto para la ropa.
Camila se abrió paso entre la multitud y agarró a Carola del brazo.
—Nos vamos —dijo, con voz firme.
—¿Pero qué pasa? —preguntó Carola, confundida—. Apenas estamos empezando.
—Nos vamos ahora —insistió Camila—. Y no preguntes más.
Carola la miró y entendió. Algo había pasado. Algo que su prima no podía explicar.
—Vámonos —dijo, tomando su bolso.
Las dos primas salieron del bar sin mirar atrás, dejando atrás el caos y la mirada de Rocco Santoro, que desde la barra las observaba con una sonrisa que prometía tormentas.
—Hasta pronto, conejita —murmuró, alzando su copa en un brindis silencioso.