El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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Mi hijo
La conversación que Leonardo no quería tener
La música de la boda seguía sonando en el salón cuando Valentina encontró a Leonardo apartado de los invitados, con una copa en la mano y la mirada perdida entre las luces de la recepción.
—Leonardo, necesito hablar contigo.
Él apenas giró la cabeza.
—Ahora no, Valentina.
—Es sobre Valentino.
Aquellas palabras consiguieron que la mirara.
—¿Qué pasa con mi hijo?
Valentina se acomodó el vestido y tomó aire antes de hablar.
—Estoy pensando en mudarme. He encontrado una oportunidad en otra ciudad y quiero llevarme a Tino conmigo.
Leonardo dejó la copa sobre una mesa cercana.
—¿Qué acabas de decir?
—Quiero que viva conmigo. Es mi hijo también y, como todavía es menor de edad, necesito tu permiso.
Por un instante, Leonardo creyó haber escuchado mal.
Valentino estaba allí, disfrutando de la boda con sus primos, riéndose con Thiago y buscando a su padre cada cierto tiempo para contarle alguna tontería. Era un niño feliz. Tenía sus rutinas, sus amigos, sus abuelos y una familia que lo había acompañado incluso cuando su propia madre prefería estar lejos.
Y ahora Valentina pretendía llevárselo.
—Ni lo sueñes.
Ella frunció el ceño.
—No puedes responderme así.
—Puedo responderte como quiera cuando me dices que pretendes llevarte a mi hijo de un día para otro.
—¡También es mío, Leonardo!
—¿Ah, sí? —preguntó él, con una risa amarga—. ¿Ahora te acuerdas?
Valentina apretó los labios.
—No empieces.
—No, tú no empieces. Valentino es feliz conmigo. Es feliz con sus abuelos, con sus primos, con su familia. Tiene una vida aquí, una vida que tú has elegido no compartir durante demasiado tiempo.
—Yo nunca he dejado de quererlo.
—No estoy diciendo que no lo quieras. Estoy diciendo que has sido una mala madre en muchas ocasiones. Una cosa es querer a un hijo y otra muy distinta estar presente para él.
—¡Tengo derecho a recuperar el tiempo perdido!
—Y puedes hacerlo. Nadie te lo está impidiendo.
Valentina pareció sorprenderse ante aquella respuesta.
Leonardo continuó, con una firmeza que no admitía discusión.
—Puedes pasar tiempo con él, llevártelo de vacaciones cuando lo acordemos, acompañarlo, llamarlo todos los días si quieres. Puedes demostrarle que deseas formar parte de su vida. Pero no voy a permitir que lo arranques de todo lo que conoce porque de repente has decidido que quieres tenerlo contigo.
—No quiero arrancarlo de nada. Quiero que viva conmigo.
—Pues eso no va a pasar.
—¿Y quién eres tú para decidirlo todo?
—Su padre. El que ha estado ahí cuando te necesitaba. El que lo ha llevado a la escuela, el que ha pasado noches enteras con él cuando estaba enfermo y el que ha aprendido a reconocer cuándo sonríe de verdad y cuándo está fingiendo que todo está bien.
La voz de Leonardo se endureció.
—Si quieres compartir más tiempo con Valentino, perfecto. Lo hablaremos. Estará contigo en vacaciones, podrás visitarlo y podrás construir una relación con él. Pero jamás voy a aceptar que te lo lleves para vivir contigo como si nada hubiera pasado.
Valentina lo observó durante unos segundos. Su expresión cambió lentamente. La indignación dio paso a algo más calculado.
—Sigues siendo el mismo, ¿sabes? —murmuró, acercándose—. Tan terco, tan orgulloso…
—Valentina, no estoy para tus juegos.
—¿Y si no fueran juegos?
Ella deslizó los dedos por la solapa de su chaqueta y se acercó más de lo necesario.
Leonardo retrocedió apenas, pero Valentina interpretó aquel movimiento como una oportunidad para acercarse de nuevo.
—Fuimos felices alguna vez —susurró ella—. Nos conocíamos mejor que nadie.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Podríamos volver a intentarlo.
Leonardo soltó una risa incrédula.
—¿De verdad estás hablando en serio?
Valentina no respondió. En cambio, se puso de puntillas y atrapó su labio inferior entre los dientes, mordiéndolo suavemente en un gesto íntimo que alguna vez había formado parte de su relación.
Leonardo reaccionó de inmediato.
La apartó con brusquedad, sujetándola por los brazos solo el tiempo necesario para poner distancia entre ambos.
—¡No vuelvas a hacer eso!
Valentina se quedó inmóvil, desconcertada por la dureza de su voz.
Leonardo se pasó el pulgar por el labio, todavía molesto.
—Escúchame bien. Yo no volvería contigo ni aunque fueras la última mujer del mundo.
—Leonardo…
—Me engañaste. Te fuiste con otro hombre y me dejaste, luego me dejaste a Valentino y volviste y te largaste. Yo tuve que reconstruir mi vida mientras tú hacías la tuya. No voy a fingir que eso nunca ocurrió solo porque ahora te apetezca acercarte.
—Yo también sufrí.
—Y no te estoy negando lo que hayas sentido. Pero lo nuestro terminó, Valentina. No queda nada que recuperar.
Ella bajó la mirada, herida en su orgullo.
—Algún día te arrepentirás de tratarme así.
—Lo único de lo que me arrepiento es de haber tardado tanto en aceptar que nuestra historia había terminado.
Leonardo se alejó antes de que ella pudiera responder.
No quería discutir más. No quería que aquella conversación terminara convirtiéndose en otro espectáculo durante una boda que debía ser feliz.
Sin embargo, mientras caminaba hacia el salón, se llevó una mano al labio.
No sentía nada por Valentina.
Nada.
Y, aun así, aquella marca terminaría convirtiéndose en un arma contra la única mujer capaz de desordenarle el corazón.
Emma.
---
La mañana siguiente
Emma llevaba despierta más de una hora.
Había pasado buena parte de la noche intentando convencerse de que el beso en el jardín había significado algo. No podía olvidar la manera en que Leonardo la había mirado, las palabras que le había dicho ni la confesión que había escapado de sus labios.
Tengo celos. Tengo celos de Adrián.
Aquello había sido suficiente para alimentar una esperanza que ella llevaba años intentando apagar.
Tal vez Leonardo estaba asustado.
Tal vez necesitaba tiempo.
Tal vez, por primera vez, estaba dispuesto a reconocer que entre ellos existía algo más que una amistad.
Por eso, aquella mañana se arregló con especial cuidado.
Eligió un vestido que sabía que le favorecía, dejó su cabello rubio caer en ondas sobre los hombros y se maquilló con delicadeza. No buscaba impresionar a nadie más. Quería verse bonita para él.
Quería que, al verla, Leonardo recordara la noche anterior y decidiera no volver a esconderse detrás de sus excusas.
Frente al espejo, se permitió una sonrisa tímida.
—Vamos, Emma —se dijo—. Hoy puede ser diferente.
Cuando escuchó que llamaban a la puerta, el corazón le dio un salto.
Abrió casi de inmediato.
Leonardo estaba al otro lado.
Llevaba una camisa oscura, el cabello ligeramente despeinado y unas ojeras que revelaban que tampoco había dormido demasiado. Su expresión era seria, distante.
Y entonces Emma lo vio.
El labio inferior de Leonardo tenía una pequeña marca rojiza, justo en un extremo. No era una herida grave, pero sí lo bastante visible para que ella la notara.
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