Diez años de lealtad, elegancia y entrega absoluta borrados por una mentira del pasado. Cuando Izaura Vance decide abandonar a Zayn Eichenwald tras la humillación pública y la indiferencia hacia su hija menor, no sabe que está cruzando el umbral hacia su destino. Del otro lado se encuentra Thaddeus Sterling, un titán empresarial tan frío como dominante, marcado por la traición y prisionero de sus propios celos. En un mundo donde las fortunas pesan más que los sentimientos y los hijos arrastran las heridas de sus padres, Izaura y Thaddeus deberán negociar no solo contratos millonarios, sino también los demonios, las inseguridades y los fantasmas que amenazan con destruirlos antes de darse una oportunidad.
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CIFRAS EXACTAS Y MIRADAS SI TREGUA
La sala de juntas principal del rascacielos corporativo era un sanctasanctórum de cristal y acero, donde las decisiones que moldeaban la economía del país se tomaban bajo un silencio sepulcral. Los analistas y directores de ambos bandos ocupaban sus respectivos asientos, pero la atención de la sala gravitaba inevitablemente hacia los extremos de la mesa de caoba.
Izaura Vance, en su calidad de jefa de economía y finanzas, tenía enfrente los informes trimestrales, las proyecciones de flujo de caja y los análisis de riesgo fiscal perfectamente ordenados en una carpeta de cuero oscuro. Su cabello castaño claro y ondulado caía pulcramente sobre sus hombros, y su mirada color miel se mantenía fría, analítica y absolutamente profesional. No había rastro en su rostro de la tensión matutina vivida en la mansión con Avelina ni del desdén de Zayn.
Al otro lado de la mesa se encontraba Thaddeus Sterling. Su imponente figura de dos metros de altura destacaba incluso sentado; su complexión musculosa, producto de rigurosas rutinas de gimnasio, y su cabello negro cortado al ras le conferían una estampa de poder implacable. Sus ojos grises escrutaban cada movimiento de Izaura con una intensidad que rozaba lo cortante.
—Los márgenes de ganancia proyectados en el sector de exportación para el próximo cuatrimestre muestran una discrepancia del 2.3% en comparación con los datos de nuestros auditores externos, señora Vance —intervino Thaddeus, con su voz grave resonando con una autoridad calculada, sin apartar los ojos de ella—. Un error de esa magnitud en los balances de economía y finanzas podría desestabilizar la balanza de nuestra filial internacional.
Izaura no parpadeó. Abrió el documento exactamente en la página señalada, deslizando los dedos con absoluta seguridad antes de levantar el rostro para sostenerle la mirada.
—No hay tal discrepancia, señor Sterling —respondió Izaura con voz firme, clara y ecuánime, demostrando su dominio absoluto sobre los números—. El 2.3% que menciona corresponde a las retenciones arancelarias que su propio equipo omitió incluir en el anexo cuatro del informe fiscal de la semana pasada. Si revisa la cláusula de ajustes aduaneros que realicé esta mañana, comprobará que los flujos netos son perfectamente exactos. Mi departamento no comete errores de cálculo.
Un murmullo de aprobación silenciosa recorrió el lado de su equipo directivo. Thaddeus entrecerró ligeramente los ojos grises. Lejos de molestarse por la corrección pública, una sombra de genuino respeto cruzó su rostro endurecido por los años y por la amargura de una exesposa que lo había traicionado con su mejor amigo, volviéndolo un hombre receloso y dominante. En el mundo corporativo, pocos se atrevían a hablarle con esa altura y precisión matemática.
—Impecable respuesta —reconoció Thaddeus con una leve contracción en la comisura de los labios, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso—. Me agrada ver que la jefa de finanzas de esta corporación respalda sus palabras con auditorías reales y no con suposiciones. Continuemos con la revisión de los activos fijos.
La reunión continuó durante tres horas intensas, enfocada estrictamente en los términos mercantiles, las inversiones de capital y los porcentajes de participación. Ni una sola alusión a sus vidas personales, ni un atisbo de vulnerabilidad cruzó la mesa de negociaciones. Cuando finalmente se firmó el preacuerdo de intenciones y Thaddeus se despidió con un apretón de manos formal, la tensión profesional se transformó en una corriente eléctrica subterránea que ninguno de los dos se atrevió a verbalizar.
La grieta en la ruta del colegio
Mientras Izaura sellaba alianzas multimillonarias en la cúspide del mundo empresarial, la realidad caótica de su hogar se desmoronaba en las calles de la ciudad.
Eran las dos de la tarde en punto. En el colegio exclusivo de la ruta norte, la pequeña Alana Eichenwald, de seis años, esperaba con su mochila rosada colgada en los hombros junto a las puertas principales. Los demás niños iban desfilando de la mano de sus madres o siendo recibidos por sus padres. Minutos después pasaron, luego diez, luego veinte. El sol de mediodía comenzó a calentar con fuerza, y la pequeña Alana empezó a morderse el labio inferior, sintiendo un vacío punzante en el estómago.
Su padre, Zayn Eichenwald, había prometido buscarla puntualmente. Sin embargo, absorto en las llamadas internacionales de su imperio ferretero y con la mente completamente ocupada en los reportes sobre la supuesta gravedad de Selene y las exigencias de su hija mayor Lysander, el tiempo se le había desvanecido. Simplemente... se le olvidó.
Cuando el reloj marcó las tres de la tarde, la directora del colegio, viendo la angustia evidente de la niña, decidió llamar a la madre. Minutos después, el vehículo de Izaura frenaba de golpe frente a la entrada. Izaura bajó corriendo, con el traje de ejecutiva impecable pero el rostro pálido de angustia. Al ver a su hija pequeña sentada en un banco, con los ojitos llorosos y el semblante derrotado, sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
—¡Mamá! —sollozó Alana corrompiendo el llanto al lanzarse a los brazos de Izaura—. Papá no vino a buscarme. Esperé muchísimo tiempo. Los demás niños ya se fueron con sus papás... ¿Por qué papá no me quiere buscar a mí? ¿Hice algo malo?
Las palabras de la niña cayeron como ácido puro sobre el alma de Izaura. Apretó a su hija contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza para contener las lágrimas de rabia e impotencia que amenazaban con desbordarse. El desprecio de Zayn había cruzado la línea sagrada: había lastimado a su hija menor.
—Tú no has hecho absolutamente nada malo, mi amor —le susurró Izaura con la voz quebrada pero firme, acariciando los rizos de la niña—. Tu papá tuvo un descuido con su trabajo, pero te juro que esto se va a resolver hoy mismo. Nadie vuelve a hacerte sufrir así.
Al llegar a la gran mansión al caer la tarde, la atmósfera estaba cargada de tensión. Zayn acababa de entrar por la puerta principal, acompañado de su madre Avelina y de Lysander, riendo por un comentario trivial, completamente ajeno al drama que había provocado.
Izaura dejó las llaves sobre la mesa de entrada con un estruendo seco que hizo eco en todo el vestíbulo. Alana se aferraba a su mano en silencio.
—Zayn —la voz de Izaura salió baja, pero cargada de una furia gélida y contenida que hizo que todos se detuvieran en seco—. Tenemos que hablar. Hoy olvidaste buscar a tu hija de seis años al colegio. La dejaste esperando sola durante una hora. ¿Tienes idea de lo que le dijiste a su corazón cuando se preguntó por qué su propio padre la había abandonado en la puerta?
Zayn se giró con fastidio, cruzándose de brazos y bufando con la arrogancia de quien se siente acorralado injustamente.
—Por favor, Izaura, no empieces con tus dramas de madre exagerada —respondió Zayn agitando la mano con total indiferencia—. Estaba atendiendo una emergencia con los contratos de la ferretería y la situación delicada de Selene me mantiene con los nervios de punta. Se me pasó la hora, ¿y qué? Los niños son resilientas, no pasa nada porque haya esperado un rato. ¡Deja de ahogarte en un vaso de agua!
Izaura dio un paso al frente, con los ojos miel destellando una ira incandescente. El límite absoluto había sido rebasado.