PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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22
Diego.
Los ojos los siento pesados. Trato de abrirlos pero no puedo. Solo logro escuchar el sonido constante de una máquina a mi lado y el susurro lejano de una mujer.
—¿Crees que de verdad te ama? —habló una voz masculina conocida. Pero no logro encontrar al dueño en mi mente, aunque lo reconozco perfectamente.
—Suficiente, esto no es de tu incumbencia. Lo que yo quiera no depende de ti —respondió la mujer.
Esa voz... por alguna razón, mis ojos se abrieron de golpe. Intenté enfocar la mirada, pero todo seguía viéndose borroso.
—Elizabeth, Diego no es un buen hombre para ti, lo veo demasiado cuestionable para ti —siguió hablando esa persona, y sentí una punzada afilada en el pecho al escuchar sus palabras.
No sé si habla de mí, pero tengo la sensación absoluta de que sí.
—Eso no te hace responsable de mi vida. Yo puedo elegir con quién estar, ahora vete. Mi hermana está fuera. Recuerda que ella es tu novia.
Entonces moví la mano. Creo que llamé su atención, porque tan rápido como lo hice, sentí las manos cálidas de esa mujer.
—¿Diego? ¿Cómo te sientes? —susurraba, acariciando mi cabello sin soltar una de mis manos.
La recuerdo. Recuerdo su voz. Es la misma melodía dulce y tierna de mis fragmentos:
“¿Te encuentras bien?” “Eres demasiado grande” “Déjame ir” “Por favor, no me hagas esto”...
Una punzada brutal en mi cabeza me obligó a cerrar los ojos de nuevo.
¿De dónde escuché eso? ¿Por qué me suena tan familiar y doloroso a la vez?
—Diego, mírame —seguía pronunciando aquella mujer.
Abrí los ojos nuevamente y nos vimos fijamente por unos instantes.
Sus ojos claros son hermosos. A pesar de estar rojos por las lágrimas, ella se veía preciosa. Su cabello castaño caía por los lados de su rostro, sus mejillas estaban sonrojadas y sus labios se veían tan suaves que podía imaginarlos sin siquiera tocarlos. Ella realmente es hermosa.
Levanté la mano con sumo cuidado y le aparté el cabello del rostro. Ella me miró sin comprender mi comportamiento; sus ojos destilaban una profunda preocupación.
—Ha despertado —escuché del otro lado.
Una señora se acercó a mí y apartó a la hermosa chica. La busqué de inmediato con la mirada, pero ya no estaba a mi lado; me incorporé un poco en la cama y la vi junto a un hombre, un sujeto que me causó una repentina e intensa frustración.
Por alguna razón, no la quería cerca de él.
—Ven aquí —pedí con la voz rasposa y la garganta terriblemente adolorida. Ella me miró por un instante y luego sus ojos se clavaron en mí con un evidente terror.
Pero me hizo caso. Sin siquiera mirar al tipo que tenía al lado, simplemente se alejó de él y se quedó a mi lado.
Tomé su mano y la sostuve con firmeza. Ella se quedó allí de pie, compartiendo la misma expresión de desconcierto que todos en la habitación tenían.
—¿Cómo te sientes, hijo? —preguntó una señora mayor, cuyos ojos grises me resultaban extrañamente familiares.
Observé a otra mujer, aún más mayor, a la que pude reconocer de inmediato.
—Abuela —dije en voz baja debido al ardor en mi garganta.
Ella me sonrió con calidez y se acercó a mí.
—¿Cómo te sientes, cariño? —dijo, acariciando mi mejilla con suavidad. Sus ojos se desviaron un momento hacia la mujer que estaba a mi lado.
—Bien, supongo. Me duele la garganta y la cabeza —respondí, apretando con fuerza la mano de mi chica.
—Llamaré al doctor —dijo mi chica, y se lo impedí con un gesto. Ella se quedó quieta, observándome con fijeza.
El médico entró a la habitación y no tardó en hacer salir a todos los demás, pero en ningún momento solté su mano. Tengo el presentimiento visceral de que si lo hago, ella no volverá.
—¿Sabes quién es ella? —preguntó el doctor al darse cuenta de que no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera mi propio nombre.
Negué con la cabeza lentamente.
—Entonces, ¿por qué la tienes agarrada así? —señaló el médico nuestras manos unidas.
—Tengo el presentimiento de que si no lo hago, ella se irá —respondí, viendo al doctor fijamente a los ojos.
Él la mira a ella. Y ella aparta la vista, algo avergonzada y tensa.
—¿Sabes por qué lo hace?
Ella nos mira de reojo y asiente despacio.
—Él... solía tenerme cerca todo el tiempo. A lo mejor su mente no olvida sus propias emociones.
Su respuesta no me convenció del todo, y menos por el tono que usó. Lo dijo como si estar a mi lado fuera algo malo, una carga de la que quisiera huir.
—Creo que tendremos que realizar más estudios, pero tengo la impresión de que la pérdida de memoria es de origen psicológico. Parece que intentaras borrar algo a la fuerza. Solo reaccionas con ella; nadie más, solo con ella.
—Y con su abuela —respondió ella por mí—, probablemente sea por el trauma igual. Pueden ser estimulantes muy fuertes.
—Vendré dentro de poco para tener un diagnóstico más certero.
El médico nos dejó a solas. Al ver que ella se estaba cansando de permanecer de pie, la ayudé a sentarse en la orilla de la cama; estaba notablemente nerviosa. Sus ojos evitaban los míos a toda costa, aunque tampoco intentaba zafarse de mi agarre.
—Puedes hablar —le dije, y ella me miró con sorpresa—. Me gusta escuchar tu voz —terminé por decir.
Ella solo me veía a los ojos, y de pronto, sus lágrimas comenzaron a desbordarse.
—¿Qué tan fuerte has tenido que ser para no poder aguantarlo más...? —murmuró entre sollozos—. ¿Tanto sufriste en silencio como para llegar a... Esto Diego?
No entiendo absolutamente nada. Solo veo sus ojos anegados y siento un dolor profundo en el pecho; no soporto verla llorar.
—No me gusta verte llorar —dije, estirando la mano para acariciar su cabello con torpeza.
—Es irónico, porque es lo único que he hecho desde que te conocí —dijo, viéndome a los ojos con una mezcla de dolor y rabia contenida—. Llegas, me lastimas y luego simplemente me dejas. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué te metes en mi vida, me haces quererte y luego decides que alejarte es lo correcto? Si crees que estar lejos de mí es lo mejor, ¡déjame ir de una vez! ¡Déjame en paz! —exclamó con la voz rota, cargada de un sufrimiento insoportable.
Negué con la cabeza de inmediato. Tomé su mano con desesperación y la apreté con fuerza, como si en ello se me fuera la vida.
—No quiero soltarte. Sea lo que sea que te haya hecho, perdóname. Prometo no volver a hacerlo nunca más.
—Déjame ir...
Esas palabras desencadenan ecos de cosas muy oscuras y dolorosas en mi mente, y vuelvo a negar con desesperación.
—No puedo. Sin ti, mi vida no tiene ningún sentido...
Ella me miró fijamente a los ojos, con el alma expuesta.
—No puedo hacerlo. No puedo irme y dejarte ir... porque te amo.