Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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Una mañana incómoda
Aria despertó antes de que sonara la alarma, con la sensación de haber pasado toda la noche corriendo.
El recuerdo del sueño seguía allí: el bosque, el enorme lobo negro, el fuego y aquella voz desesperada que gritaba que salvaran a su niña.
Se llevó una mano a la frente.
—Genial. Ahora también tengo pesadillas con presupuesto de película.
Se levantó, se duchó y se preparó para ir al trabajo. No pensaba permitir que un sueño extraño le arruinara el día.
Sin embargo, cuando llegó a la empresa, apenas había terminado de saludar a la recepcionista cuando una voz grave la detuvo.
—Llegas tarde.
Aria miró el reloj de la pared y después al hombre que tenía delante.
—Son las ocho en punto.
—Exactamente.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Dante la observó en silencio. Llevaba un traje negro impecable y esa expresión seria que parecía venir de fábrica.
—Tienes ojeras.
Aria parpadeó, desconcertada.
—Buenos días para ti también, jefe.
—No has respondido.
—Y tú no has explicado por qué estás inspeccionándome la cara a primera hora de la mañana.
Dante apretó la mandíbula.
No sabía por qué se había fijado en las ojeras de Aria. Solo había notado que parecía más cansada de lo habitual y, antes de pensarlo, había hablado.
Su lobo también estaba inquieto.
desde las últimas semanas, cada vez le resultaba más difícil ignorar la presencia de aquella mujer.
Y eso comenzaba a irritarlo.
—Si estás cansada, procura que no afecte tu trabajo —dijo finalmente.
Aria sonrió con dulzura fingida.
—Qué alivio. Por un momento pensé que estabas preocupado por mí.
—No te hagas ilusiones.
—Tranquilo. No hay peligro de que confunda tu amabilidad con una personalidad agradable.
Aria siguió caminando antes de que él pudiera responder.
Dante la observó alejarse.
Su lobo soltó un gruñido silencioso.
Nos gusta.
—A ti te gusta complicarme la vida —murmuró Dante, entrando en el ascensor.
Aquella mañana, Aria tenía que presentar una actualización del proyecto internacional. Había preparado las cifras, revisado los informes y organizado sus argumentos, pero el sueño seguía distrayéndola.
Durante la reunión, se quedó mirando una diapositiva unos segundos más de lo necesario.
—¿Señorita Moretti? —la llamó Dante.
Aria levantó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Qué opina de la propuesta?
Ella miró la pantalla y se recompuso enseguida.
—Que podemos reducir los costes logísticos si renegociamos con el segundo proveedor.
Explicó su razonamiento con claridad, señaló dos cifras y propuso una alternativa. Dante escuchó sin interrumpirla.
Cuando terminó, él asintió.
—Haz los ajustes y envíame el informe antes de mañana.
—De acuerdo.
La reunión continuó y Aria logró concentrarse en el trabajo. Sin embargo, al salir, Dante la esperaba junto a la puerta.
—¿Qué te ocurre?
Ella se detuvo.
—¿Otra vez con eso?
—Hoy estás distraída.
—Y tú hoy estás especialmente interesado en mis ojeras y mi concentración. ¿Debería preocuparme?
—Responde, Aria.
El uso de su nombre, sin el habitual apellido, la tomó desprevenida.
Por un instante, estuvo a punto de contarle lo del sueño. No sabía por qué, pero la idea de hablar con él le resultaba extrañamente tentadora.
Entonces recordó que Dante Vassari era su jefe, un hombre del que apenas conocía nada y que tenía la costumbre de hacer preguntas como si el mundo le debiera respuestas.
—Solo dormí mal —contestó.
Él estudió su rostro.
—¿Pesadillas?
Aria se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo supuse.
—Pues supusiste bien. Pero no voy a contratarte como terapeuta.
—No te lo habría recomendado.
Ella soltó una risa breve.
Dante se quedó mirándola. Le gustaba aquella risa más de lo razonable, y eso era un problema que no pensaba analizar.
—¿Algo más, jefe? —preguntó ella.
—Sí. No vuelvas a distraerte durante una presentación.
—Y tú intenta no preocuparte tanto por mí. Podría empezar a creer que te importo.
Aria se marchó con una sonrisa satisfecha.
Dante permaneció junto a la puerta, siguiendo sus pasos con la mirada.
Pregúntale qué soñó, insistió su lobo.
—No.
Queremos saber.
—No tenemos por qué saberlo.
El lobo se quedó en silencio, pero no se retiró como antes. Permaneció alerta, atento a la presencia de Aria incluso cuando ella ya había desaparecido por el pasillo.
Dante respiró hondo.
Aquello empezaba a convertirse en un problema.
Y lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer resolverlo.