Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 21: El plan
El mapa de las minas de sal está extendido sobre la mesa del apartamento. Las marcas y anotaciones de Sofía son visibles en los márgenes: rutas de acceso, salidas de emergencia, zonas de vigilancia. Leo, Elena e Irene estudian cada detalle, sabiendo que su éxito depende de la precisión de este plan.
—La mina tiene tres accesos principales —dice Irene, señalando los puntos en el mapa—. El primero, por el este, es el más vigilado. El segundo, por el oeste, tiene menos seguridad, pero está más lejos del centro de operaciones. El tercero…—hace una pausa—. El tercero es una salida de emergencia que solo Vergara conoce. O que al menos él cree que solo él conoce.
—¿Y cómo sabemos tú de ella? —pregunta Elena.
—Porque yo misma la instalé —responde Irene—. Fui yo quien supervisó las reformas de la base. Puse esa salida sin que él lo supiera. Pensé que algún día podría necesitarla para escapar.
Leo la mira con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Entonces conoces la base por dentro.
—Sí. Cada pasillo, cada cámara, cada trampa. Puedo guiarlos.
—Bien —dice Leo—. Este es el plan. Irene y yo entramos por la salida de emergencia. Elena, tú te quedas en el perímetro y cubres nuestra retirada.
—¿Y si algo sale mal? —pregunta Elena.
—Tienes el número de Valeria —responde Leo—. Si no salimos en dos horas, avísala y que active el protocolo de emergencia. El archivo debe llegar a los jueces cueste lo que cueste.
—No me gusta —dice Elena—. Separarnos es peligroso.
—Lo sé —dice Leo—, pero es la única manera. Irene conoce el terreno. Yo conozco a Vergara. Tú eres nuestra mejor opción para cubrirnos.
Elena asiente, aunque su rostro refleja preocupación.
—Está bien —dice—. Pero prométeme que volverás.
—Te lo prometo —dice Leo.
Irene observa el intercambio en silencio. Hay algo en su mirada, un destello de algo que podría ser envidia o arrepentimiento.
—Hay una cosa más —dice Irene—. Vergara no está solo en la base. Tiene un equipo de seguridad de al menos doce hombres. Todos armados y entrenados. Y además…—dudá—. Además, tiene a una persona que podría usarnos como rehén.
—¿Quién? —pregunta Leo.
—No lo sé con certeza —responde Irene—. Pero he oído rumores de que tiene a alguien importante encerrado allí. Alguien que podría ser útil para negociar.
—¿Sofía? —pregunta Leo, sintiendo un nudo en el estómago.
—No —dice Irene—. Sofía está muerta. Lo sé porque yo estaba allí cuando ocurrió. Vergara no la tiene. Pero tiene a alguien más. Alguien que tal vez tú recuerdes cuando lo veas.
Leo aprieta los puños. Otra pieza del rompecabezas que aún no encaja.
—Entonces tendremos que descubrirlo por nosotros mismos —dice.
Preparan el equipo: armas, linternas, radios, y una mochila con lo necesario para una incursión rápida. Antes de salir, Leo se acerca a Elena.
—Pase lo que pase —dice—, gracias. Por todo.
—No me des las gracias todavía —responde ella—. Espérame para cuando hayamos terminado.
Salen del apartamento y se dirigen hacia las montañas. La noche cae sobre ellos, pesada y silenciosa, mientras el coche se aleja de la ciudad.
El reloj de arena está a punto de vaciarse.