Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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Despertar abrazado, y sentirse querido.
Ya era tarde cuando nos levantamos. La noche anterior habíamos salido con algunos ex compañeros de la universidad. Para ese entonces yo ya había terminado mi carrera; vos habías pausado la tuya. Estabas soltero, y yo había llegado recién, justamente porque estabas soltero al fin.
Hacía apenas unas horas me estaba subiendo a un avión, después de una charla larga en la que me pedías que volviera y me ofrecías una relación. Esta vez madura, esta vez en serio. Según me habías dicho.
Me desperté feliz. En tu cama me sentía muy cómodo. Entraban por la ventana los primeros rayos de sol de la mitad de la primavera; el calorcito era justo, ese que uno no quiere dejar y que invita a quedarse en la cama todo el día.
De repente sentí tus brazos rodeándome, abrazándome de espaldas, cada vez más fuerte. Apretabas mi cuerpo contra el tuyo, con la misma pasión que la noche anterior. Aún estabas medio dormido. Me besabas la nuca, la espalda, el hombro, y repetías en voz baja:
—Te amo, te amo, te amo, te amo.
Y así seguimos durante un largo rato.
La noche anterior había sido la primera vez que salías conmigo y con los chicos y podías contar la verdad. Te declaraste gay y me besaste frente a todos apenas llegamos al bar. Era la primera vez que hacías algo así, tan abiertamente. Me ruboricé, como siempre, y me abrazabas para cubrirme. Pero sentí una felicidad inmensa, después de tantos años de haber tenido una relación en la clandestinidad.
Habíamos tenido tantas idas y vueltas, tantas veces ocultando la verdad, tantas excusas. Esa noche les contaste todo, todo lo que se podía contar de nuestra historia. Los chicos no salían de su asombro. Y se sorprendieron aún más cuando se enteraron de que yo no estaba de vacaciones: me habías pedido que fuera tu novio, me habías invitado a vivir con vos y hasta me habías hablado de casamiento.
Cuando escuché la palabra "casamiento" volví a poner cara de asombro, aunque ya lo sabía, y me ruboricé otra vez.
Te dormiste de nuevo, así que me fui a bañar, desarmé mi bolso y preparé dos cafés. Ese día comenzó nuestro ritual del café después de despertar. Abrí las ventanas y salí al balcón. No sé si te despertó el ruido que hice o el aroma del café; nunca te lo pregunté.
Acercaste una silla a la mía y te sentaste abrazándome, besándome, agradeciendo que hubiera tomado el primer vuelo para volver. Yo todavía estaba algo confundido. Todo había sido muy repentino. La última vez que nos despedimos no creí volver a verte, y mucho menos terminar tomando una decisión tan apresurada.
Dejé mi trabajo, mi departamento y mi vida. Todo por esta oportunidad que antes no había tenido. Pero la felicidad estaba ahí, y yo estaba convencido. Años después puedo decir que no me equivoqué.
Cara a cara, ya más adultos, con una vida más resuelta y otras decisiones encima, empezamos a planificar parte de nuestro futuro. Nuestro nuevo futuro. Internamente seguía teniendo dudas, pero no tenían que ver con vos, sino conmigo: con mis propios dramas, mis miedos y mis fantasmas.
A la noche me pediste que fuéramos a comer a la casa de tu mamá. En los años de la universidad ya había ido varias veces y tenía una relación estupenda con todos: con ella y con tus hermanos. Aun así, tenía miedo de que las cosas no resultaran bien, porque querías contarles sobre nosotros, sobre nuestra relación y nuestros proyectos.
La noche transcurrió normal, entre risas y alegría. Hacía mucho tiempo que no veía a tu familia. Me pediste que llevara el postre. Mientras estaba en la cocina escuché que empezabas a contar todo. No quería salir, no sabía qué sentir. Respiré hondo y salí con el postre en las manos, temblando.
Tu mamá se levantó de la mesa, me agarró el postre, lo apoyó en la mesa y me abrazó. Lloró. Me agradeció que hubiera vuelto, me agradeció que te acompañara en ese momento difícil. No pregunté nada. Me senté y comimos el postre. Todo siguió con normalidad.
No me lo habría esperado jamás. La noche terminó mejor de lo que había imaginado. Toda tu familia nos demostró su apoyo y, por suerte, evitaron preguntas incómodas.
Cuando nos estábamos yendo, te detuviste, tomaste mi mano —como cuando éramos adolescentes— y me besaste los nudillos. Esta vez no te dejé agradecer más: te agradecí yo. Y te abracé, en esa noche de luna llena.
A medio camino pasamos por una plaza y te pedí que te acostaras conmigo a mirar las estrellas. No lo dudaste ni un segundo. La noche estaba hermosa. Vos estabas hermoso. Ahí estábamos los dos, acostados, mientras la gente que pasaba nos miraba extrañada. Ya nada me importaba. Ya no sentía vergüenza por las miradas, porque sabía que vos estabas conmigo.
Cuando llegamos a tu departamento nos sentamos en el sofá. Charlamos de todo. Intentamos recuperar el tiempo perdido, las charlas perdidas. Nos reímos a carcajadas hasta la madrugada. Sin música, sin televisión: solo escuchándonos.
Tenías una voz preciosa, Santy, y creo que nunca te lo dije.
Esa noche me desperté varias veces y te miré dormir. Te observaba fijo, como asegurándome de que todo eso era real, de que estaba pasando de verdad. Y volvía a dormirme con una sonrisa enorme y tonta, con la certeza de que no era un sueño y de que estabas conmigo otra vez.