Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 22. silencio y planes parte 3.

Kael se apartó suavemente, sin mostrar las emociones que lleva por dentro.
—No creas que con esto olvidaré todo lo anterior— dijo pareciendo indiferente ante ella— Yo no soy igual a Mateo.
Isabella no se desanimó. Sonrió suave y no se acercó más: sabía que con él no servía igual que con Mateo.
—Lo sé —dijo firme y suave—. A Mateo le di ternura; a ti te demostraré que te respeto tal como eres: orgulloso, fuerte, sin pedirte que cambies. se que no olvidarás todo de golpe… solo déjame intentarlo. Un día a la vez.
Kael la miró, con la máscara rota en los ojos. Nunca creyó oír la decir que lo acepta así, tal como es.
—¿Y si soy demasiado difícil? —susurró.
—Seguiré intentándolo —respondió ella sonriendo —Yo no me rindo. Te doy tu espacio. Estaré aquí. Te demostraré que te amo.
Kael apretó los puños, luchando consigo mismo, y asintió despacio.
—Está bien. Un día a la vez. Pero no esperes que cambie rápido.
—No lo espero —se acercó lo justo para mirarlo a los ojos—. Me gustas tal como eres.
La brisa suave se intensificó en el instante en que Isabella se acercó a él. Kael no pudo evitar sonreír también. "Le gusto tal como soy… ¿de verdad?," se preguntó para sí mismo, con el corazón acelerado. "Seguiré el juego… solo esta vez. Así podré quedarme a su lado."
Mientras tanto, en una celda fría y húmeda…
—No puedes dejarme aquí —se escuchó la voz desesperada de Roderick—. Soy tu esposo.
Frente a él estaba su esposa, Lidia: una mujer de apariencia amable, pero de corazón gélido. Aunque trataba con cortesía a todos sus esposos, en realidad para ella no eran más que posesiones.
—Cariño, fuiste tú quien cometió el delito —respondió ella con voz tranquila, sin rastro de afecto—. Terminemos con esto.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó él, aterrorizado—. ¡No, espera, no lo hagas! Si lo haces perderé la cordura… ¡No podré soportarlo!
Lidia localizó la marca de bestia de Roderick en su cuerpo y la destruyó sin decir una palabra. El grito que soltó él fue desgarrador: un dolor insoportable que lo recorrió de pies a cabeza, haciéndolo caer en una agonía terrible. Romper el vínculo de pareja no era algo cualquiera: los hombres-bestia que lo sufrían sentían un dolor tan inmenso que la mente se les nublaba. No morían, pero perdían toda capacidad de amar… y en su lugar solo quedaba odio, rencor y un vacío eterno.
—Lo siento mucho, Roderick, pero no eres mi único esposo. Y no puedo quedarme aquí por tu culpa —dijo ella sin emoción alguna. Salio escoltada por dos guardias, y mientras caminaba su mirada se endureció—:" Isabella… esto no se quedará así. Te juro que me las pagarás. Haré que pierdas a cada uno de tus esposos, uno por uno."
Lidia había sido arrestada, y para recuperar su libertad debía romper todo vínculo con el culpable del delito. Y ese culpable era Roderick… su juguete favorito.
—Señora, es libre. Puede irse a su casa —dijo uno de los guardias, mientras el otro le quitaba las esposas.
—Muchas gracias, señores —Lidia se masajeó las muñecas con calma, y luego alzó la mirada con firmeza—. Necesito hablar con el señor Damián o con el señor Kael. Es muy importante.
Los guardias se miraron entre sí, incómodos.
—Lo lamento, marquesa. El señor Kael no se encuentra en el recinto, y el señor Damián está ocupado en asuntos de estado. No puede recibirla ahora mismo.
—Lo entiendo perfectamente. No los molestaré más —dijo ella con una sonrisa superficial, y salió del lugar. Pero una vez fuera, no se dirigió a su casa; en su lugar, entró en un restaurante cercano.
—Damián es un lobo… y todos saben que la luna puede ser su mayor fuerza, o su mayor debilidad —murmuró Lidia con una risita fría—. Pero Isabella no tiene idea de algo mucho más peligroso: los lobos necesitan el vínculo con su pareja para mantener el control. Sin él, caen en la debilidad más absoluta.
Al terminar su jornada, Damián se preparaba para regresar a casa, cuando recordó que debía pasar a comprar un hibridor: es la sustancia esencial que relajaba el cuerpo y mantenía estable la forma de los hombres-bestia, evitando que perdieran el control o se buelvan débiles.
—Capitán, ¿nos acompaña a cenar? —propuso uno de sus subordinados—. Hace mucho que no compartimos una comida con usted.
—Lo que quieren es que pague la cuenta —respondió Damián con media sonrisa, sin dejar de caminar.
—Es que usted es muy rico… no le cuesta nada invitarnos —insistió el otro, riendo.
Damián negó con la cabeza, pero terminó accediendo.
—Está bien. Pero será rápido. Tengo cosas que hacer.
Los tres entraron en el restaurante cercano, el mismo donde Lidia ya los esperaba. Se sentaron en una mesa y apenas el camarero se alejó, Damián habló en voz baja:
—Necesito comprar hibridor antes de volver. Se me está terminando.
—¿Otra vez? Capitán —murmuró el primero—. Últimamente se están dañando muchos lotes. He oído que hay partidas enteras que no hacen efecto… o peor, pueden causar el efecto contrario.
—Es peligroso —convino el segundo—. Si un lote sale malo y lo tomas, puedes perder el control sin darte cuenta. Nadie sabe qué tan graves pueden ser las consecuencias.
En ese momento, una voz suave y educada se escuchó a su lado:
—Tienen toda la razón, caballeros. El hibridor es inestable por naturaleza. Y si cae en malas manos… puede volverse una trampa mortal.
Los tres alzaron la vista. Lidia estaba de pie junto a su mesa, con una sonrisa tranquila y elegante.
—¿Marquesa? —se sorprendió Damián, poniéndose de pie por respeto—. ¿Qué hace aquí?
—Estaba por irme, pero no pude evitar escuchar su conversación —dijo ella con naturalidad, y señaló la silla libre—. ¿Me permiten un momento? Tengo algo que les interesará mucho.
Sin esperar respuesta, se sentó con calma, mirándolos a los tres con serenidad.
—El hibridor es un remedio imperfecto —empezó a decir con voz segura—. Funciona… sí. Pero es externo, artificial. Y si falla, no tienes nada más a lo que aferrarte. ¿No creen que debería haber algo más fuerte, más seguro?
—¿A qué se refiere? —preguntó Damián, frunciendo el ceño.
—Me refiero a lo que la naturaleza les dio —respondió ella, bajando la voz como si les contara un secreto—. El vínculo con una hembra. Su presencia, su esencia, su aroma… todo eso relaja su instinto de una forma que ninguna poción logra. No se agota, no caduca, nadie puede envenenarla. Y lo más importante: es parte de ustedes.
Miró a Damián fijamente, con una sonrisa llena de comprensión.
—Capitán, usted tiene una hembra. Isabella. ¿No ha sentido cómo su sola presencia lo calma mejor que cualquier dosis? ¿No es más seguro confiar en ella que en un frasco que puede estar dañado o ser alterado?
—Es… diferente —murmuró Damián, aunque no supo cómo contradecirla.
—Es mejor —lo corrigió ella suavemente—. Y no solo es más efectivo. Es más fuerte. Una hembra que los ama es su mejor escudo, su mejor ancla. Los mantiene cuerdos, estables, conectados. ¿Por qué arriesgarse con algo que puede fallar, cuando tienen algo real y poderoso a su alcance?
Los subordinados asintieron, convencidos por su lógica.
—Tiene razón, Capitán. Si el hibridor falla… cualquier cosa podría pasar.
Damián guardó silencio, dándole vueltas a sus palabras. Lidia lo observó, satisfecha. Sabía que la semilla de la duda ya estaba sembrada.
—Piénselo bien, Damián —dijo ella suavemente antes de levantarse—. Isabella es su mayor fortaleza. No la subestime. Y no la deje sola… cuando más la necesita.
Se marchó con elegancia, dejándolos a los tres pensativos. Damián miró hacia la puerta, con el ceño fruncido. Algo en sus palabras tenía todo el sentido del mundo… y sin embargo, no podía evitar sentir que acababa de caer en una trampa.