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Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Status: Terminada
Genre:Acción / Comedia / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 25. La Torre que No Reflejaba Nada

La torre blanca emergió del océano lentamente.

Como si el mar hubiera intentado ocultarla durante siglos y acabara de rendirse.

Nadie habló.

Las olas golpeaban las piedras del acantilado.

El viento arrastraba espuma salada sobre las rocas.

Y, frente a ellos, la última construcción de la Corte ascendía hacia el cielo.

No tenía ventanas.

No tenía puertas visibles.

No tenía adornos.

Solo superficie blanca.

Perfecta.

Inquietante.

Vacía.

—La odio —declaró Damián.

—Acaba de aparecer.

—Eso no cambia nada.

—Es sorprendentemente consistente.

—Gracias.

—No era un elogio.

Fulgor emitió un gruñido profundo.

Por una vez nadie discutió con él.

La sensación era compartida.

Aquella torre parecía equivocada.

Como si perteneciera a otro lugar.

A otra historia.

A otro mundo.

Y sin embargo estaba allí.

Esperándolos.

La entrada apareció cuando se acercaron.

No se abrió.

Simplemente surgió.

Una línea oscura recorrió la superficie de la torre.

Luego otra.

Hasta formar una puerta.

—Odio cuando hacen eso —murmuró Damián.

—¿Qué cosa?

—Actuar como si las leyes de la realidad fueran sugerencias.

—Tienes sombras conscientes.

—Eso es completamente diferente.

—No lo es.

La puerta se abrió sola.

Y la oscuridad los recibió.

El interior estaba iluminado por una luz blanca imposible.

No parecía provenir de lámparas.

Ni de fuego.

Ni de magia visible.

Simplemente existía.

La sala principal era enorme.

Demasiado enorme.

La distancia entre las paredes parecía cambiar cada vez que alguien intentaba medirla con la vista.

—No me gusta esto.

—Lo sabemos —contestó Elena.

—Necesitaba decirlo otra vez.

—También lo sabemos.

En el centro de la sala apareció una figura.

No era el reflejo blanco.

No exactamente.

Era algo mayor.

Algo más antiguo.

La última voluntad de la Corte.

La voz surgió desde todas partes.

—Han llegado lejos.

—Lamentablemente sí.

—Han recuperado nombres.

—Sí.

—Han roto pactos.

—También.

—Han abierto caminos cerrados.

—Empiezo a notar un patrón narrativo.

La presencia continuó.

—Ahora les ofrezco una elección.

El suelo comenzó a brillar.

Y el mundo cambió.

Damián volvió a ver el Castillo Umbra.

Intacto.

Completo.

Sin ruinas.

Sin tragedias.

Sin pérdidas.

Escuchó risas.

Escuchó música.

Escuchó voces familiares.

Y entonces vio a Elena.

Sin marcas.

Sin cadenas.

Sin años robados.

Después apareció Isolde.

Libre.

Segura.

Presente.

Todo aquello que había deseado durante años estaba allí.

Esperándolo.

Una vida perfecta.

Una vida imposible.

—No.

La voz de la Corte sonó suavemente.

—Sí.

—No es real.

—Podría serlo.

Las imágenes continuaron.

Mostraban exactamente aquello que más anhelaba.

Aquello que más dolía.

Porque las mejores mentiras nunca eran absurdas.

Siempre parecían posibles.

A pocos pasos de distancia, Celeste observaba una versión diferente.

Un reino en paz.

Sin deudas.

Sin sacrificios.

Sin secretos.

Nadie sufría.

Nadie lloraba.

Nadie desaparecía.

Todo era preciso.

Perfecto.

Hermoso.

Y completamente falso.

Porque el dolor había sido borrado.

No comprendido.

No sanado.

Borrado.

Elena vio una vida donde nunca había sido capturada.

Donde había crecido junto a su familia.

Donde el tiempo perdido seguía existiendo.

Isolde vio un mundo donde jamás había sido utilizada.

Basilio vio archivos perfectamente organizados.

Aquello, sospechosamente, fue lo que más preocupó a Damián cuando se enteró después.

Y Fulgor...

Bueno.

Fulgor estaba viendo un campo infinito lleno de manzanas.

Miles.

Millones.

Horizonte completo.

Manzanas hasta donde alcanzaba la vista.

—Eso explica muchas cosas —dijo Basilio más tarde.

La ilusión intentó envolverlos lentamente.

Con paciencia.

Con cuidado.

Como una mano cerrándose.

La Corte comprendía algo importante.

La gente rara vez caía ante pesadillas.

La mayoría caía ante deseos.

La voz volvió a hablar.

—No habrá más pérdidas.

Silencio.

—No habrá más culpa.

Las imágenes brillaron.

—No habrá más dolor.

El reflejo blanco apareció entonces.

Pero algo era distinto.

Ya no parecía un enemigo.

Ya no parecía una amenaza.

Parecía cansado.

Observó a Damián.

Y negó lentamente con la cabeza.

—No todos los anzuelos tienen dientes.

Aquella frase atravesó la ilusión.

Como una piedra rompiendo un cristal.

Damián lo comprendió.

Finalmente.

La trampa nunca había sido el sufrimiento.

La trampa era la comodidad.

La promesa de olvidar el precio de las cosas.

Damián fue el primero en moverse.

Observó la imagen perfecta de su familia.

Y sonrió tristemente.

—Los extraño.

La ilusión permaneció inmóvil.

—Todos los días.

Las sombras comenzaron a aparecer detrás de él.

—Pero no los quiero así.

Las imágenes se agrietaron.

—Los quiero de verdad.

El castillo perfecto comenzó a romperse.

—Con errores.

Con pérdidas.

Con discusiones.

Con todo lo que duele.

Porque era real.

La ilusión colapsó.

Celeste bajó su espada.

Observó la paz imposible que le ofrecían.

Y negó con la cabeza.

—Una paz construida sobre el olvido sigue siendo una mentira.

Las grietas aparecieron.

La visión desapareció.

Elena observó los años que nunca tendría.

El tiempo robado.

La vida perdida.

Y por primera vez los dejó ir.

—No quiero una historia falsa para compensar una verdadera.

La ilusión se rompió.

Una tras otra.

Las visiones desaparecieron.

Hasta que solo quedó la sala blanca.

La Corte.

Y la torre.

La última mentira había sido rechazada.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La torre comenzó a derrumbarse.

No violentamente.

No con furia.

Simplemente dejó de sostenerse.

Como si toda su existencia hubiera dependido de que alguien aceptara olvidar.

Las paredes se llenaron de grietas.

La luz blanca se apagó.

Y el océano comenzó a reclamar aquello que siempre había rechazado.

La presencia de la Corte observó a los visitantes por última vez.

—Entonces eligen recordar.

—Sí —respondió Celeste.

—Sí —dijo Elena.

—Sí —añadió Isolde.

Damián observó las grietas extenderse.

Y sonrió.

—Definitivamente sí.

La figura desapareció.

Sin amenazas.

Sin promesas.

Sin despedidas.

Simplemente desapareció.

Como una historia que había terminado.

El grupo escapó de la torre pocos minutos antes de que el océano la tragara completamente.

Desde el acantilado observaron cómo la estructura blanca desaparecía bajo las olas.

Primero las paredes.

Luego la cima.

Finalmente la última piedra.

Y después nada.

Solo mar.

Solo viento.

Solo horizonte.

Durante varios minutos nadie habló.

Porque algunas victorias necesitaban silencio.

Finalmente Basilio carraspeó.

—Bueno.

Todos sonrieron.

—Sí, Basilio.

—Creo que terminó.

Damián observó el océano.

Pensó en Aliara.

En la Casa de Memoria.

En los nombres recuperados.

En las heridas que aún tardarían años en sanar.

Y negó lentamente con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Terminó una parte.

Celeste se colocó a su lado.

—¿Y la otra?

Damián observó el reino que esperaba más allá del horizonte.

Imperfecto.

Complicado.

Real.

—La otra empieza mañana.

A pocos metros, Fulgor encontró una manzana que nadie recordaba haber llevado.

Aquello era imposible.

Y completamente normal.

El dragón emitió un rugido satisfecho.

Por primera vez en mucho tiempo, nadie esperaba una nueva catástrofe después.

Y quizá esa era la verdadera victoria.

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