A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 21
Capítulo 21: El amor también se dice con comida
Le llevé arroz a la mexicana con pollo el domingo a las doce del día.
No la receta que perfeccioné a los veintidós años, cuando descubrí que Lisandro solo comía bien si yo cocinaba. La versión de emergencia: arroz dorado con jitomate, ajo y caldo, más zanahoria, chícharos y el pollo deshebrado que encontré en el refrigerador de mi mamá. Simple. Casero. Suficiente.
Toqué la puerta café. Abrió con las manos vendadas y cara de no haber dormido más de cuatro horas.
—Traje comida —dije, levantando el recipiente.
Me miró. Miró el recipiente. Abrió la puerta.
Comió sin decir nada. Todo. Hasta el último grano. Lavó el recipiente —con dificultad, porque las vendas se mojaban y tenía que mantener los dedos fuera del chorro— y me lo devolvió en la puerta.
—Gracias —dijo.
—Mañana te traigo más.
No discutió.
Ese fue el inicio de una rutina que duró el resto de la preparatoria: yo le llevaba comida y él la comía. Sin ceremonia. Sin conversación sobre el tema. Sin reconocer que lo que estaba pasando era algo más que vecindad geográfica y conveniencia logística.
Arroz a la mexicana con pollo, pensé mientras caminaba de vuelta a mi casa. La misma receta de otra vida. Los mismos ingredientes. El mismo silencio al comer.
Pero esta vez, te juro que vas a saber lo que significa.
Esa noche, los recuerdos vinieron sin invitación.
Estaba acostada en mi cama, con la luz apagada y la ventana abierta porque el calor de Santa Lucía no daba tregua ni en octubre. La sudadera de Lisandro estaba doblada en la almohada de al lado, el lugar donde, en otra vida, dormía su cabeza.
Y de pronto estaba ahí.
No aquí. Ahí. En la otra vida. En la noche de bodas.
El departamento que su familia compró para nosotros era demasiado grande para dos personas que no sabían cómo habitar el mismo espacio. Tres recámaras. Dos baños. Una cocina que olía a nuevo. Y una cama matrimonial con sábanas rojas que alguien —probablemente doña Graciela, su abuela— había elegido como una apuesta torpe a la pasión de los recién casados.
Sábanas rojas. Como sangre. Como las orejas de Lisandro cuando algo lo avergonzaba. Como todo lo que debería haber sido caliente y vivo y que, en cambio, fue frío y vacío.
Lisandro entró al cuarto a las once de la noche. Yo ya estaba sentada en la cama, con un camisón que mi mamá me compró y que me hacía sentir disfrazada. Él traía puesto un pantalón de pijama y una camiseta blanca. Limpio. Ordenado. Impecable como siempre.
Se sentó en el borde de la cama. Del otro lado. Lo más lejos posible de mí sin caerse al suelo.
—La foto —dijo.
—¿Qué foto?
—Mi abuela quiere una foto nuestra en la cama. Para la familia.
Ah. La foto. La tradición. La prueba visual de que los recién casados estaban felices y juntos y todo era maravilloso.
Me acerqué a su lado de la cama. Nos sentamos juntos, con las espaldas contra la cabecera y las sábanas rojas cubriendo nuestras piernas. Lisandro sacó su celular, lo puso en modo temporizador, lo recargó contra la lámpara de noche.
—Sonríe —dije.
—No sonrío en fotos.
—Entonces no hagas cara de funeral.
El temporizador contó. Tres. Dos. Uno. Flash.
En la foto, la busqué después, la miré durante horas, la estudié como si fuera un mapa del tesoro, Lisandro no sonreía. Pero me estaba tomando la mano. Debajo de las sábanas, donde la cámara no capturaba, su mano izquierda tenía agarrada mi mano derecha con una presión que yo no sentí hasta que vi la foto y noté que mis dedos estaban ligeramente doblados por la fuerza de su agarre.
Me tomó la mano para la foto.
Y luego se levantó.
—Tengo trabajo —dijo—. Duérmete.
Se fue al estudio. Cerró la puerta. El sonido de las teclas de la computadora empezó a las once y cuarto y no paró hasta las cuatro de la mañana.
Y yo me quedé sola en las sábanas rojas, con la mano que él apretó todavía caliente y el corazón partido por la mitad.
Esa fue nuestra noche de bodas.
No hubo beso. No hubo abrazo. No hubo nada de lo que las novias esperan y los novios prometen. Solo una foto con la mano debajo de las sábanas y la puerta de un estudio que se cierra.
Y yo no lloré. Porque ya sabía, a los veintidós años, que Lisandro Sotomayor no iba a ser un marido de películas. Sabía que me casé con un hombre que no sabía amar, que no sabía tocar, que no sabía habitar el mismo espacio que otro ser humano sin sentir que se asfixiaba.
Lo sabía. Y me casé de todas formas.
Porque debajo de la puerta cerrada y las teclas de la computadora y el silencio que duraba semanas, había algo. Lo sentía. Como se siente el agua subterránea: no la ves, no la tocas, pero sabes que está ahí porque la tierra de encima está húmeda.
Rodé en la cama. Apreté la sudadera contra mi cara. El olor a jabón de madera me trajo de vuelta al presente, al cuarto de los diecisiete años, a la mancha de humedad en el techo, al calor de octubre.
Pero los recuerdos no paraban.
La lonchera.
Todos los días, durante aquel año de matrimonio, le preparé una lonchera. Arroz a la mexicana. A veces con pollo. A veces con huevo. Siempre la misma base: arroz rojo con verduras y lo que hubiera en el refrigerador, cocinado a las seis de la mañana mientras él nadaba y empacado en un recipiente azul que yo ponía en su portafolios antes de que saliera.
Nunca me agradeció. Nunca me dijo que le gustaba. Nunca mencionó la lonchera en ninguna conversación.
Hasta que la secretaria la tiró.
Sandra Flores —la secretaria que lo atendía en la empresa, la que le organizaba la agenda y le traía café y que, según los rumores de la oficina, tenía intenciones que iban más allá de lo profesional— encontró la lonchera en su escritorio un martes al mediodía. La abrió. Vio el arroz rojo con pollo. Y la tiró al bote de basura con un comentario que alguien alcanzó a escuchar: "¿Quién le trae comida casera al director? Esto no es una escuelita."
Lo supe porque la despidió.
Lisandro Sotomayor, que no movía un dedo por nada que no fuera trabajo, que no se involucraba en asuntos de personal, que dejaba que recursos humanos manejara todo lo relacionado con empleados, se levantó de su escritorio a las dos de la tarde de un martes, caminó hasta el escritorio de Sandra Flores, y le dijo que estaba despedida.
Sin explicación. Sin proceso. Sin segunda oportunidad.
El secretario Mora, Federico Mora, el hombre que manejaba la oficina como un reloj suizo, me lo contó después. Me dijo que Lisandro sacó la lonchera del bote de basura con sus propias manos, la limpió, se la llevó a su oficina y se la comió fría. Arroz rojo con pollo, sacado de la basura, comido en silencio.
Cada lonchera era un "te amo" que nunca supe decir.
Y tú lo sabías.
Lo supiste desde el primer día. Cada lonchera. Cada comida preparada al amanecer. La comías sin decir nada porque no sabías cómo decir que significaba algo. Pero cuando alguien la tiró, la sacaste de la basura.
Porque era mía.
Porque yo la hice.
Y eso era suficiente para despedir a alguien que llevaba tres años en tu empresa.
Las lágrimas me mojaron la sudadera. No las contuve. En la oscuridad de mi cuarto, a los diecisiete años pero con veintisiete de recuerdos, dejé que las lágrimas cayeran sobre la tela gris que olía a él y lloré por todo lo que nunca nos dijimos.
Después lloré por todo lo que sí nos vamos a decir.
Porque esta vez iba a ser diferente.
Me levanté de la cama. Me lavé la cara. Encendí la luz del escritorio.
Saqué un cuaderno. De los de rayas, de pasta dura, de los que venden en la papelería de la esquina por treinta pesos. Lo abrí en la primera página.
Y escribí.
No una carta. No un diario. Una lista.
Una lista de fechas y eventos que debía prevenir.
Lo hice de memoria. Diez años de información, comprimidos en una serie de puntos que parecían notas de clase pero que eran un mapa de guerra:
Primer año de universidad: papá acepta la inversión de Fausto Medina. NO DEJAR QUE PASE. La inversión parece legítima pero es una trampa, Fausto toma control paulatino de la empresa.
Segundo año: Fausto introduce socios fantasma. La empresa de papá empieza a perder dinero sin explicación.
Tercer año: la quiebra. Papá pierde todo. Mamá cae en depresión. Camila se va a vivir con la tía en Monterreal.
Cuarto año: Lisandro funda su propia empresa con el capital que le hereda su abuela. Fausto intenta asociarse con él. NO DEJAR QUE SE ACERQUE.
Quinto año: la bomba.
Me detuve.
El bolígrafo tembló sobre el papel.
Quinto año: la bomba en el estacionamiento del edificio corporativo. Dirigida a mí. Lisandro estaba en el coche en mi lugar. Lisandro…
No pude escribirlo.
Cerré los ojos. Respiré. Abrí los ojos.
Quinto año: EL EVENTO. Evitar a toda costa. Fecha aproximada: marzo. Lugar: estacionamiento subterráneo del edificio corporativo de Lisandro en Monterreal.
Pasé la página.
Cosas que debo hacer AHORA:
1. Asegurar que Lisandro entre a la Universidad San Fernando con beca directa. Si mantiene el primer lugar este semestre y el siguiente, la beca es automática. NO DISTRAERLO.
2. Investigar a Fausto Medina. En esta vida, a los diecisiete, Fausto todavía no ha contactado a papá. Hay tiempo. Pero necesito saber dónde está, qué hace, cuándo planea acercarse.
3. Recuperar mi carrera de danza. En la otra vida la abandoné por el matrimonio. En esta no voy a abandonar nada. Universidad de Santa Lucía, examen artístico, beca de danza.
4. Hablar con papá. Sin rencor. Sin amargura. Con la claridad de alguien que sabe lo que viene y que no va a dejar que pase.
Cerré el cuaderno.
Me levanté. Salí a la terraza.
Mi papá estaba ahí. Gonzalo Estrada, sentado en la silla de plástico con una cerveza y el periódico del domingo, mirando la calle con esa expresión de hombre que trabaja mucho y descansa poco y que lleva en los hombros el peso de una familia que depende de él sin que nadie se lo agradezca.
En la otra vida, lo resintió. Lo resintió por favorecer a Camila Lugo, la hija de la hermana de mi mamá, su sobrina, que vivió con nosotros desde los doce años y que siempre recibió el trato de hija favorita aunque no fuera su hija. Lo resintió por no ver lo que Fausto Medina era. Lo resintió por perderlo todo y arrastrar a la familia con él.
Ahora, mirándolo en la terraza con su cerveza y su periódico, no sentí rencor.
Sentí compasión.
Porque Gonzalo Estrada no era un mal padre. Era un padre normal, con fallas normales, que iba a cometer un error normal, confiar en la persona equivocada, y que iba a pagar un precio anormal por ese error.
A menos que yo lo detuviera.
—Hola, papá.
Levantó la vista. Sonrió. La sonrisa cansada de un domingo por la noche.
—Hola, mija. ¿Todo bien?
—Todo bien.
Me senté en la silla de al lado. Nos quedamos en silencio un rato. El tipo de silencio cómodo que existe entre padres e hijas cuando no hay nada urgente que decir pero la compañía es suficiente.
—Papá.
—Dime.
—Si alguien te ofrece un negocio que parece demasiado bueno para ser verdad, ¿qué harías?
Me miró con curiosidad.
—Depende. ¿De qué negocio hablamos?
—Hipotético. Alguien te ofrece una inversión que va a duplicar tu capital en un año. ¿Lo aceptarías?
—Mija, si algo suena demasiado bueno para ser verdad, probablemente lo es. En los negocios, nadie regala dinero. Siempre hay una trampa.
Siempre hay una trampa. Lo sabía. Y aun así, en la otra vida, cayó.
—Prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—Que si alguien te ofrece algo así, me lo vas a contar antes de aceptar.
Gonzalo Estrada me miró con la expresión de un padre que no entiende por qué su hija de diecisiete años le está haciendo preguntas de negocios un domingo por la noche, pero que percibe algo en su voz, una seriedad, una urgencia, que le dice que esto no es un juego.
—Está bien —dijo—. Te lo cuento.
—Gracias, papá.
Le di un beso en la mejilla. Olía a cerveza y a colonia barata y a padre. Me levanté y entré a la casa.
En la puerta, me detuve.
—Papá.
—¿Sí?
—Te quiero.
No se lo decía seguido. En ninguna de las dos vidas. Pero esta noche, con los recuerdos frescos de la lonchera en la basura y las sábanas rojas vacías, necesitaba decirlo. Necesitaba que al menos una de las personas que amo supiera que la amo antes de que fuera demasiado tarde.
—Yo también, mija —dijo. Con la voz de un hombre que no sabe por qué su hija está rara pero que la quiere de todas formas.
Subí a mi cuarto. Me asomé por la ventana.
La luz de Lisandro estaba apagada. Once y diez. Temprano. Dormía temprano.
Al menos hoy dormiste temprano.
Sonreí. Luego el pensamiento me golpeó con la fuerza de un puñetazo:
Si quieres que tenga un futuro, necesitas que entre a la Universidad San Fernando con la beca directa. La beca requiere primer lugar absoluto en el examen departamental del próximo semestre. Lisandro es el primero de la generación, siempre lo ha sido, siempre lo será, pero si lo distraes demasiado, si le quitas horas de estudio con visitas y comidas y ventanas abiertas, el margen se reduce.
Y en la otra vida, el margen fue exacto. Entró a San Fernando por un punto. Un solo punto sobre el segundo lugar.
Si yo le quito ese punto…
Me senté en la cama.
Tengo que dejarlo estudiar. Tengo que dejar de perseguirlo durante tres meses. Tengo que dar un paso atrás.
¿Puedo hacer eso?
¿Puedo dejar de ser la gravedad que lo jala hacia mí durante los tres meses más importantes de su vida académica?
La respuesta era sí. Tenía que ser sí. Porque el amor no es solo quedarse cerca. A veces el amor es dar un paso atrás para que la otra persona pueda avanzar.
En otra vida, no supe dar un paso atrás. Me aferré. Me quedé. Y él se quedó conmigo, y nunca sabré si la beca que ganó por un punto habría sido más holgada sin mi peso en su agenda.
En esta, voy a hacer las cosas bien.
Tres meses. Solo tres meses de distancia.
Después, ni la fuerza del universo me va a separar de ti.
Apagué la luz. Me acosté.
Y por primera vez en semanas, no miré la ventana antes de dormir.