Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Espejos rotos, chilaquiles y la verdad sin filtros
El despertador de Sandra sonó a las 6:30 a. m., pero ella llevaba despierta desde las 4:00.
Había pasado la noche dando vueltas en la cama, con el techo del departamento girando en su mente. No se sentía culpable por esconderse detrás de alguien. Se sentía culpable porque, por primera vez en sus veinticuatro años de vida, se había permitido creer que era deseable.
Toda su vida, Sandra había construido una armadura impenetrable. Se había convencido a sí misma de que era "la amiga graciosa", "la abogada brillante", "la roomie leal". Se había repetido mil veces que los hombres guapos, exitosos y sofisticados como Julián García no miraban a las chicas de su talla con deseo. Su zona de confort no era un lugar físico; era su propia inseguridad. Era la certeza de que si no intentaba ser vista como una mujer, nunca tendría que enfrentar el rechazo.
Pero en la cabaña, junto a la chimenea, esa armadura se había hecho añicos. Y ahora no sabía cómo volver a armarse.
Se levantó, se duchó y se vistió con su blazer negro y su cabello rojo en una coleta estricta. Al salir de su habitación, el olor a tortilla frita y salsa verde la golpeó.
Diego estaba en la cocina, sirviendo chilaquiles. Llevaba su camiseta gris y el cabello despeinado. Al verla, sus ojos oscuros se suavizaron, pero Sandra notó algo diferente: una tensión en sus hombros, una duda en su mirada.
—Buenos días —dijo Sandra, sentándose en la barra.
Diego le puso el plato delante. Por un segundo, su mano se detuvo cerca de la de ella. Sandra vio cómo sus dedos se tensaban, como si quisiera rozarla, acariciarle el dorso de la mano. Pero en el último milímetro, Diego retiró la mano, agarró su propia taza de café y se apoyó en la encimera, creando una distancia segura.
—Buenos días, San —dijo él, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Te ves... muy seria. ¿Todo bien?
Sandra bajó la mirada a sus chilaquiles. *¿Cómo le digo que me siento una impostora? ¿Cómo le digo que un hombre me miró como si fuera la única mujer en el mundo y yo no supe qué hacer?*
—Estoy bien, Diego. Solo... pensando en el informe de Galvis. Sabes cómo es.
Diego asintió, aunque su mandíbula se tensó. Quería decir algo. Sandra podía ver las palabras luchando por salir de su garganta. Quería preguntarle qué le pasaba, quería abrazarla, quería cruzar esa línea invisible que los separaba desde los siete años. Pero el miedo a perderla, a que ella lo mirara con lástima o incomodidad, lo paralizó.
—Bueno —dijo Diego finalmente, forzando un tono ligero—. Si necesitas desahogarte, ya sabes que soy tu mejor amigo. Estoy aquí para lo que sea. Siempre.
*Siempre.* La palabra resonó en la cabeza de Sandra. *Siempre en la zona segura. Siempre en el límite de la amistad.*
—Gracias, Diego —murmuró ella, sintiendo un nudo en la garganta—. De verdad.
Llegar al Bufete Galvis se sintió como caminar a la horca.
A las 9:30 a. m., Sandra entró en la oficina de Julián. Él estaba detrás de su escritorio de cristal, impecable en su traje gris. Sin rastro del hombre de la cabaña.
—Siéntate, Sandra —dijo él, señalando la silla.
Ella se sentó, colocando su libreta como un escudo.
—Buenos días, Julián. ¿Qué necesitas revisar?
Julián no respondió de inmediato. La miró en silencio. Luego\, se puso de pie\, caminó hacia la puerta y la cerró con un *clic* suave pero definitivo.
Sandra se tensó.
—Julián, la puerta...
—Galvis no está mirando —la interrumpió él, volviéndose. Sus ojos color miel ya no eran fríos. Ardían con una intensidad que le robó el aliento a Sandra—. Y yo ya me cansé de que te mientas a ti misma, Sandra.
Ella parpadeó, confundida.
—¿De qué hablas? Lo de la cabaña fue un momento de confusión. El vino, el cansancio...
—Mentira —dijo Julián, dando un paso hacia ella. No la tocó, pero su presencia llenó cada rincón de la habitación—. No fue el vino. Y no fue el cansancio. Fue que, por una noche, dejaste de convencerte de que no mereces ser mirada así.
Sandra sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su corazón latía con fuerza.
—Julián, no sé a qué te refieres...
—Claro que sí —continuó él, su voz bajando a un tono íntimo, devastadoramente honesto—. Te pasas la vida escondiéndote detrás de tu inteligencia, detrás de tus chistes, detrás de esa armadura de "colega profesional". Te has convencido de que eres la amiga, la roomie, la abogada. Te has convencido de que hombres como yo no se fijan en mujeres como tú. Y eso, Sandra, es la mentira más grande que te has dicho.
Las lágrimas picaron en los ojos de Sandra. Nadie, absolutamente nadie, le había hablado así. Nadie había visto a través de su armadura de esa manera.
Julián se detuvo a un paso de su silla. Se inclinó ligeramente, apoyando las manos en los brazos del asiento, acorralándola sin tocarla.
—Yo te veo, Sandra. No veo a la "colega". No veo a la "amiga". Veo a la mujer más brillante, más hermosa y más terca que he conocido en mi vida. Y me tiene sin cuidado lo que tú creas que mereces. Porque yo sé lo que quiero.
Sandra no podía respirar. El aire en la oficina se había vuelto espeso, cargado de una electricidad que le erizaba la piel.
—A partir de hoy —susurró Julián, sus ojos fijos en los labios de ella—, se acabaron las excusas. Se acabó el "solo colegas". Si te invito a cenar, es una cita. Si te miro así, es porque quiero besarte. No voy a rendirme, y no voy a dejar que te escondas de ti misma.
Sandra asintió mecánicamente, con el corazón desbocado. Tomó su libreta y salió de la oficina con las piernas temblando.
Al llegar a su cubículo, se dejó caer en la silla, llevándose una mano al pecho. Julián García acababa de destruir cada una de sus inseguridades en tres minutos. La hacía sentir poderosa, deseada, viva.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de WhatsApp.
**Diego:** *Oye\, ¿qué te antoja para la cena? Pensaba hacer tacos. Nada fancy\, solo tú y yo\, relajándonos como siempre\, amiga. Te quiero.*
Sandra miró la pantalla. La palabra "amiga" la ancló a la realidad. Diego era su refugio seguro, su mejor amigo, el hombre con el que podía ser ella misma sin máscaras. Lo quería con el alma, pero de una forma tranquila, predecible y completamente platónica.
Y Julián... Julián era el huracán. El hombre que acababa de verla desnuda por dentro, que no le tenía miedo a nada y que la estaba arrastrando fuera de su zona de confort a la fuerza.
Sandra Bautista, la abogada junior más brillante de su generación, exhaló un suspiro tembloroso y se cubrió la cara con las manos. No estaba enamorada de ninguno de los dos. Ni siquiera sabía qué estaba sintiendo por Julián aparte de un shock absoluto y una atracción física que la asustaba. Pero por primera vez en su vida, su propia inseguridad ya no le servía de escudo. Y eso, definitivamente, la aterrorizaba más que cualquier cosa.