Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
Mientras Adrián y su madre estaban en casa de Lorena, Valentina se dirigió a la ciudad, a la oficina de Santiago. Llevaba las pruebas más recientes.
El despacho de Santiago se sentía en calma. Todo lo contrario del interior de Valentina, que era un torbellino. La mujer se sentó erguida en la silla, las manos entrelazadas sobre el regazo. El rostro le transmitía serenidad, pero en sus ojos había algo difícil de nombrar: una herida profunda y una rabia obligada a guardar silencio.
Valentina contuvo la emoción al relatar lo ocurrido. Por un lado, quería divorciarse de Adrián en ese mismo instante, de lo harta que estaba. Por otro, quería que Adrián y Lorena recibieran un escarmiento que no olvidaran en toda su vida.
—¿Qué debo hacer ahora, Santiago? —preguntó, confundida, con la voz pesada.
Santiago la observó con seriedad. Podía ver con toda claridad que la mujer frente a él ya no era la Valentina de antes, aquella que solo callaba y se tragaba todo. Algo había cambiado en ella.
—Si quiere denunciarlos ante la policía por la infidelidad, se puede hacer —le dijo Santiago—. Les podrían aplicar cargos acumulados.
Valentina se quedó pensativa. La idea de que Adrián y Lorena terminaran en la cárcel le producía satisfacción. Se lo tenían merecido. Sentía una especie de alivio al imaginarlos perdiéndolo todo. Pero al mismo tiempo, había una herida que aún no cerraba. Una herida que quería saldar a su manera.
—¿Las pruebas que tenemos alcanzan para denunciarlos? —preguntó, consciente de que no contaba con fotos ni videos de Adrián y Lorena cometiendo adulterio como tal.
—En realidad, las pruebas que usted me entregó ya servirían para presentar la denuncia —respondió Santiago con un asentimiento—. Pero sería mucho mejor contar con testigos de la relación.
Valentina reflexionó un momento. Recordó la conversación de las dos vecinas de Lorena, que mencionaron que Adrián se había quedado a dormir ahí porque su auto amaneció estacionado toda la noche en el patio. Además, doña Carmen le había dicho que mientras ella estuvo hospitalizada, Adrián no dormía en la casa.
—Creo que tengo una idea —dijo Valentina con una sonrisa traviesa.
—¿Qué idea? —preguntó Santiago, intrigado.
Valentina se le acercó y se la susurró al oído. Santiago soltó una risa breve.
—Buena idea —comentó el abogado, todavía riendo.
Sin perder tiempo, Valentina llamó a Adrián. Esperaba que su plan funcionara sin contratiempos.
—Hola, Adrián... Me acaban de avisar que un tío está enfermo y quiere verme —dijo con un tono alarmado y la voz frágil—. Así que te pido permiso para ir a visitarlo. Son dos días.
—Dale. Ten cuidado en el camino —respondió Adrián desde el otro lado. Ni una objeción, ni un atisbo de preocupación por ella.
—¿Ves? A Adrián ni le importa que me vaya sola —dijo Valentina con una sonrisa amarga.
Santiago la miró con pesar. Una mujer tan buena como Valentina recibiendo ese trato de su propio marido. Y es que él mismo había pasado por algo parecido. Sus sacrificios y su bondad tampoco habían valido nada a los ojos de su ex esposa.
—Quiero presentar la denuncia ante la policía ahora mismo, para que participen en la redada de esta noche —anunció Valentina. Ya se imaginaba lo que ocurriría al caer la noche y no veía la hora de presenciar la ruina de quienes le habían hecho tanto daño.
* * *
Mientras tanto, en casa de Lorena, Adrián se restregaba las manos de contento porque Valentina estaría fuera dos días visitando a un pariente lejano. Así tendría todo el tiempo del mundo para estar con Lorena.
—Dijiste que tus papás iban a ir a casa de tu abuela —le susurró Adrián; Lorena asintió—. Esta noche me quedo aquí, ya que Valentina también se fue a lo de su familia.
Lorena no cabía de la emoción. Pasar la noche con Adrián. Lo llevaría a cenar fuera y a pasear antes de una larga noche de pasión.
* * *
Cayó la noche. Valentina se presentó en casa de Lorena acompañada de Santiago y varios policías. Antes, acudió al jefe del barrio y a su esposa para reportar la conducta de Adrián y Lorena.
—Ese es el auto de mi esposo, don Ramón —indicó Valentina, señalando el vehículo estacionado en el patio de Lorena.
—¿Lo ves? ¡Te lo dije, Ramón! Que Lorena era una rompehogares —le espetó la esposa del líder vecinal a su marido.
Resultó que los vecinos ya sospechaban de ellos desde hacía tiempo. Pero ambos siempre lo negaban.
Sin perder un segundo más, don Ramón tocó la puerta principal junto con varios vecinos. Mientras tanto, Valentina, Santiago y los policías se apostaron en la puerta trasera.
Adrián y Lorena, inmersos en su paraíso terrenal, resoplaron de fastidio al oír que alguien interrumpía. A las carreras, Lorena se vistió entre maldiciones.
Antes de abrir, se asomó por el cristal de la ventana. Se le desorbitaron los ojos al ver la multitud congregada en el porche.
¡Esto está mal!, gritó por dentro.
Corrió al cuarto, lívida y empapada en sudor.
—¡Adrián... es grave, Adrián!
—¿Qué pasa? —preguntó él, que seguía echado en la cama, alzando apenas la cabeza.
—¡Hay vecinos afuera queriendo pillarnos! —respondió ella, señalando hacia la salida.
—¿¡Qué!? —Adrián se incorporó de golpe.
—¡Vete de aquí, rápido! —ordenó Lorena, lanzándole la ropa—. ¡Antes de que nos descubran!
Los golpes en la puerta arreciaban.
—¡Abran la puerta! —gritó alguien desde fuera.
Adrián tragó saliva. Se le fue el color del rostro.
—Me salgo por atrás —dijo atropelladamente. La puerta trasera daba a los terrenos de un vecino.
Lorena asintió, presa del pánico.
—¡Rápido, Adrián!
De la prisa, Adrián se puso la camisa al revés sin darse cuenta. Iba todo desaliñado.
Sin pensarlo dos veces, salió disparado hacia la cocina. Avanzó a trompicones, casi tropezando. En cuanto abrió la puerta trasera, se quedó petrificado.