Divierte
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Perrito o burrito
Al día siguiente del susto en el bosque, Don Pancracio salió muy temprano al patio, todavía un poco avergonzado por lo ocurrido. Quería consolarse, y caminando cerca del arroyo vio un animalito pequeño, de pelaje grisáceo, orejas largas y cabeza grande, que lo miraba con ojos tiernos. Parecía un perrito muy tranquilo.
—¡Mira qué lindo! —dijo Don Pancracio acercándose—. ¡Vas a ser mi nuevo compañero! Te llamaré "Pelusa".
Lo tomó con cuidado, lo envolvió en su pañuelo y lo llevó a casa. Al llegar, vio que su vecino Don Filemón y su esposa Doña Filemona estaban en la puerta de al lado mirándolo.
—¡Miren lo que encontré! —les gritó feliz—. ¡Un perrito precioso! ¡Lo voy a bañar para que quede limpio y brillante!
Doña Filemona entrecerró los ojos.
—Pancracio... ese animalito tiene las orejas demasiado largas para ser un perro. Y mira las patas, parecen de otro animal.
—¡Qué va! —respondió él seguro—. Es una raza especial. ¡Ya verán cuando lo lave!
Entró a casa, llenó una tina con agua tibia y jabón, y se puso a lavarlo con mucho cariño. Pero a medida que el agua corría y se le caía el polvo, apareció algo que lo dejó helado: el animalito no era un perro. Era un burrito pequeño, recién nacido.
Don Pancracio se quedó sentado en el suelo, mirando al animalito que sacudía las orejas y lo miraba inocentemente. No sabía cómo explicarlo. ¿Decir que se equivocó? ¿Que confundió un burro con un perro? Seguro que Doña Candelaria se reiría de él por meses. Mientras tanto, al otro lado de la cerca, Don Filemón y Doña Filemona se tapaban la boca para no reírse a carcajadas.
En la casa de al lado, la alegría no duró mucho. Doña Candelaria andaba de un lado a otro mirando el camino, preocupada.
—Pancracio... sigue sin llegar Doña Loli. Ya van dos días desde que se fue con Don Basilio y no sabemos nada.
Don Pancracio cambió de expresión de golpe. Se le borró la sonrisa.
—Pues que se quede allá —dijo con voz seca—. Que se quede con su enamorado. Pero te digo una cosa, Candelaria: si esa amiga tuya se atreve a venir por aquí de visita... no la dejes entrar.
—¿Cómo que no la deje entrar? —preguntó ella sorprendida.
—¡Así mismo! —insistió él, cruzando los brazos—. Cuando nosotros nos perdimos en el bosque, ella no apareció por ningún lado. Tú andabas desesperada, corriendo de un lado a otro, y ella paseando tranquila con Don Basilio. ¡Esa no es amiga! Si viene, le dices que no entras. Que aquí no la queremos.
Doña Candelaria suspiró y se acercó a él.
—Pancracio, entiéndeme... no puedo prohibirle la entrada solo porque no me ayudó . Ella estaba ocupada, estaba enamorada... no puedo pelear con ella por eso. ¿No entiendes?
—¡No, no entiendo! —replicó él, terco como una mula—. ¡Y no me interesa! ¡Ella te falló cuando la necesitabas y punto!
Doña Candelaria frunció el ceño y le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Ay, qué hombre tan terco y feo eres a veces! —lo regañó con voz firme—. ¡Pareces un niño! ¡No voy a tratar mal a nadie solo porque tú te enojas!
Pero Don Pancracio no cedió. Su enojo era mucho más grande que todo aquello. Bajó la voz y dijo con seriedad:
—No es solo por lo del bosque, Candelaria. Es por él. Por Don Basilio. ¿No te das cuenta? Ese hombre es nuestro enemigo desde hace años. Y ahora... ahora resulta que están tan juntos que es posible que Don Basilio venga a vivir aquí con Doña Loli. ¡Se van a casar o se van a ir a vivir juntos!
Doña Candelaria se quedó callada, entendiendo de pronto la verdadera razón de su furia.
—Y si eso pasa... —continuó él, cada vez más alterado—, entonces ellos serán nuestros vecinos. ¡Vivirán justo al lado nuestro! ¡Cada mañana lo veré entrar a casa de Doña Loli! ¡Cada tarde los veré pasear juntos! ¡Y él, que siempre se burló de mí cuando queria las tierra , se sentirá dueño de la calle! ¡Eso es lo que no soporto, Candelaria! ¡Que ese enemigo venga a vivir tan cerca, como si fuera uno más de la familia!
Doña Candelaria lo miró a los ojos y vio que su enojo no era por simple terquedad. , era orgullo herido, era miedo a que su peor enemigo terminara siendo parte de su vida diaria para siempre.
—Pancracio... —le dijo ella suavemente—. Si eso llega a pasar... tendremos que acostumbrarnos. No podemos evitarlo. Pero te prometo que estaré contigo. Y si Doña Loli viene... la recibiré como amiga. Pero tú... tú tendrás que aprender a llevarlo. ¿De acuerdo?
Don Pancracio . Miró por la ventana hacia el camino, apretó los labios y pensó: "Pues si Don Basilio se atreve a venir aquí... se va a enterar de quién es Don Pancracio." Y en ese momento el cargaba su gallina doña cleotilde , escuchó un relincho suave detrás de él. Se volvió y vio al burrito, ya seco y limpio, mirándolo con sus grandes ojos.
—Tú sí me entiendes, ¿verdad, Pelusa ? —le dijo en voz baja—. Al menos tú no me fallas.
Y así, aquel día terminó con un burrito que se hacía pasar por perro, una amiga que no regresaba, un enemigo que podía convertirse en vecino... y un Don Pancracio que, por primera vez en su vida, no sabía si estaba más enojado o más asustado.