La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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17
Burak se quedó observando la delgada figura de su esposa. No despegó la mirada hasta que la vio perderse tras la finalización de la cancha. Su mirada inexpresiva dirigida en esa dirección hizo cuestionar a Leyla.
Elif se sentó debajo de un árbol. La fresca sombra de este hizo refrescar su cuerpo. Cerró los ojos y suspiró mientras sentía la brisa acariciar su rostro. Aquel fresco viento le recordaba su pueblo allá en la isla San Cristóbal, que tenía como nombre el mismo de la isla. ¿Cómo pudiera volver a su isla y correr por los prados junto a sus hermanos?
Una amarga sonrisa se le formó al recordar que a su pueblo no podría regresar después de tres años.
Estuvo un rato divagando en los recuerdos, luego abrió un libro y empezó a leer. Estaba concentrada en eso cuando llegó la segunda hora de clase.
Se levantó, sacudió su trasero y se dirigió al salón. Mientras caminaba observaba el mapa, pues ella no conocía dónde quedaban los salones, así que se guiaba con el mapa que recibió por parte del abogado. Cuando pensó en él, su corazón se aplastó.
Encontrando el salón, Elif ingresó. Hizo un recorrido con la mirada por todo el salón y, cuando se encontró con unos pares de ojos celestes observándola, se quedó rígida.
Inconscientemente se giró para salir de ahí y no tomar esa clase, pero al girarse de prisa chocó con una persona. Sus libros cayeron y se disculpó.
—¿Tú nuevamente? —musitó Emir con una media sonrisa—. Parece que acostumbras tropezar y lanzar los libros al suelo.
Elif no lo recordaba, porque aquella vez no le miró el rostro, pero ahora se había atrevido a levantar la vista y se encontró con un joven apuesto el cual le sonreía amablemente.
—Lo siento, es que… no lo vi.
Elif se levantó. Iba a salir cuando el profesor ingresó.
—Tomen asiento.
Emir se sentó, pero Elif continuó hacia la puerta.
—¿Dónde va?
—Yo… saldré.
Burak no la quería cerca, así que cambiaría esa hora para no molestarlo. No quería que al llegar a casa le volviera a exigir que abandonara la universidad.
El profesor revisó la lista. Al preguntarle el nombre, la obligó a sentarse.
Elif suspiró profundo. Al darse la vuelta le fue imposible no llevar la mirada a donde se encontraba Burak, su esposo, quien la miraba de forma fulminante, y aquella joven que tenía la cabeza recostada en el hombro de este.
Elif bajó la mirada y se sentó en la primera fila, y desde ahí prestó suma atención al profesor.
Cuando la clase terminó, fue la primera en salir. Aceleró el paso para perderse por los siguientes pasillos y alejarse de Burak.
—Espera —escuchó esa voz, pero no se detuvo.
Emir continuó tras de ella hasta que la alcanzó. Se paró delante deteniéndola.
—¿Por qué tan de prisa?
—Es que tengo otra clase y voy tarde —y no mentía.
Hizo por pasar, pero Emir volvió a obstruirle el paso.
—Así que te llamas Elif. Yo soy Emir, Emir Karahan —le extendió la mano.
Elif dudó en tomarla; incluso fue Emir quien se la agarró.
Soltándose del agarre de Emir dio un paso hacia atrás, y su hombro fue chocado torpemente por la parte trasera por alguien que pasaba. Giró el rostro y se encontró con el celeste de Burak, quien le apartó de inmediato la mirada. Por consiguiente, sacudió su hombro que chocó con el de Elif como si esta hubiera dejado sucio aquel lugar, y continuó su camino.
Elif llevó su mano al hombro que quedó doliendo.
—¡Es un idiota! —dijo Emir.
Eso Elif lo sabía. Nadie más que ella sabía lo idiota que podía ser Burak.
—No puedo quedarme a hablar —dijo saliendo a toda prisa de ahí. Dobló en el siguiente pasillo y subió las gradas, fue hasta el fondo y llegó al salón cuando apenas el profesor ingresaba. Suspiró aliviada al momento en que se sentó.
Tras terminar las clases salió de la universidad. Estaba por tomar un taxi cuando un auto se parqueó frente a ella. El vidrio oscuro rodó y, al ver ese rostro conocido, suspiró.