Sinopsis del Argumento
Diana Monasterio vive su vida bajo el pulso exacto de un quirófano: disciplina férrea, éxito absoluto y una reputación intachable dentro de la alta sociedad. A los 45 años, viuda y consagrada como una de las cardiocirujanas más respetadas del país, dirige su imperio médico con la misma frialdad con la que protege su vida privada. Sin embargo, su mundo milimétricamente ordenado se fractura el día que ingresa de urgencia la matriarca de la familia Blake, una paciente de 78 años al borde de la muerte.
Al frente de la sala de espera está Samantha Blake, una experimentada y magnética jefa de división del FBI. Con 54 años, una presencia imponente y una vida vivida sin armarios ni complejos, Samantha deslumbra a Diana desde el primer segundo.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL ENCUENTRO INESTABLE
El silencio del pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos a las tres de la mañana tenía un peso particular; era un espacio suspendido entre la tregua y la desesperanza, donde el parpadeo de los monitores lejanos era el único recordatorio de que el tiempo seguía avanzando. Diana caminaba despacio, sintiendo el cansancio acumulado en cada vértebra tras horas de cirugía ininterrumpida. Llevaba la bata blanca desabrochada y las manos hundidas en los bolsillos, la mente aún procesando las últimas constantes vitales de la paciente antes de dejarla bajo la supervisión del equipo nocturno.
Al doblar hacia el área restringida de la antesala, sus pasos se detuvieron en seco.
De pie, junto a la máquina dispensadora de café, con una taza humeante que apenas sostenía entre los dedos, estaba la mujer de la chaqueta de cuero. La misma que había visto en la sala de espera de urgencias horas antes. De cerca, su presencia era aún más imponente. Medía alrededor de un metro setenta y cinco, y la luz fluorescente del pasillo recortaba con nitidez su perfil de facciones firmes, el cabello corto y perfectamente peinado, y unos ojos penetrantes que, al percatarse de su presencia, se fijaron en ella de inmediato con una intensidad desarmante.
Por un segundo, ninguna de las dos se atrevió a decir una sola palabra. El aire entre ellas pareció volverse denso, cargado por una electricidad sutil que nada tenía que hacerlo un entorno hospitalario.
—¿Es usted... la doctora Monasterio? —preguntó Samantha. Su voz era grave, rica en matices, con un tono seguro y directo que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba allí.
Diana parpadeó, obligándose a recuperar de inmediato el semblante profesional y distante que utilizaba como armadura frente al mundo. Enderezó la postura, sacando las manos de los bolsillos con elegancia calculadora.
—Sí, soy la doctora Diana Monasterio —respondió con voz neutra, midiendo cada una de sus palabras—. Y supongo que usted es familiar directa de la paciente de la cama cuatro, la señora Blake.
Samantha dio un paso al frente, acortando la distancia con una seguridad felina que obligó a Diana a mantener la guardia alta. Sus ojos claros escrutaron el rostro de la cirujana con una minuciosidad desconcertante, como si intentara leer entre líneas las líneas invisibles de su cansancio.
—Samantha Blake —se presentó con un leve movimiento de cabeza, sin apartar la mirada de ella—. Jefa de división del FBI. Y sí, la paciente que acaba de salvar de las garras de la muerte es mi madre. Me acaban de informar los residentes que la cirugía fue un éxito rotundo, que el injerto aórtico resistió y que su corazón está latiendo por sí solo gracias a sus manos.
Había una franqueza tan absoluta y un agradecimiento tan profundo en sus palabras que Diana sintió un leve temblor interior, un sobresaltó que intentó reprimir al instante con su habitual frialdad protocolaria.
—Esa es la labor para la que estamos aquí, agente Blake —replicó Diana, manteniendo el mentón ligeramente elevado—. La intervención presentaba un riesgo extremadamente alto debido a la disección avanzada, pero el equipo de cirugía cardiovascular respondió de la manera adecuada. Las primeras cuarenta y ocho horas seguirán siendo críticas, por lo que le sugiero que intente descansar. No puede hacer nada útil vigilando el monitor desde aquí esta madrugada.
Samantha esbozó una ligera y casi imperceptible sonrisa de medio lado, una mueca cargada de ironía y experiencia que descolocó por completo a la doctora.
—¿Descansar, doctora Monasterio? Temo que esa palabra no figura en mi diccionario, y sospecho que tampoco en el suyo —respondió Samantha con voz suave, dando un paso más, lo suficientemente cerca como para que Diana pudiera percibir el sutil y embriagador aroma a perfume amaderado y cuero que la acompañaba—. Sé reconocer a alguien que lleva una coraza de hierro para protegerse del mundo. Llevo media vida lidiando con criminales que intentan ocultar lo que sienten, pero le diré una cosa... la frialdad de su bata blanca no logra disimular el cansancio de una mujer que vive atrapada bajo sus propias exigencias.
Las palabras de Samantha golpearon a Diana con la precisión de un bisturí invisible. Ningún paciente, ningún colega, ni siquiera Patricio en los años que llevaban de relación social, se había atrevido jamás a mirarla tan al fondo del alma, a desmantelar su fachada con semejante facilidad y desparpajo. Por un instante, la cirujana sintió que perdía el suelo bajo sus pies, un vértigo desconocido que le aceleró el pulso de una manera alarmante.
—Se equivoca, agente Blake —logró replicar Diana, con la voz ligeramente tensa, intentando alzar un muro que ya se caía a pedazos—. Mi vida está exactamente donde debe estar y responde a los estándares que yo misma he elegido.
—¿Elegidos por usted... o impuestos por los demás? —retrucó Samantha con una calma imperturbable, mirándola fijamente a los ojos, con una intensidad magnética que quemaba—. Piénselo con calma, doctora.
Sin esperar una respuesta que sabía que Diana no le daría, Samantha dio media vuelta con paso firme y se alejó por el pasillo hacia la habitación de cuidados intensivos, dejando a la cirujana sola bajo las luces blancas, con el corazón latiendo a un ritmo completamente desbocado y la certeza absoluta de que su mundo milimétricamente ordenado acababa de recibir el primer terremoto real de su vida.