Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 11: Veneno, rumores y la sombra del despecho
El salón de fiestas del ducado resplandecía con arañas de cristal y manteles de lino fino, pero el ambiente estaba cargado de un veneno insostenible. Se celebraba el tercer cumpleaños de mi pequeño Theo, aunque para la nobleza no era más que un circo de apariencias y conspiraciones.
Sostuve la mano de Theo mientras descendíamos por las escaleras principales. Mi hijo miraba con curiosidad los enormes arreglos de seda y los pasteles de colores, ajeno a las serpientes que nos rodeaban.
A medida que caminábamos entre las mesas, un enjambre de susurros maliciosos comenzó a recorrer el salón como un eco sofocante.
—Mira a la duquesa... si es que todavía se le puede llamar así —murmuró una condesa tras su abanico de plumas.
—¿No te has enterado? La Princesa Evelyn ha dejado ver los informes del frente. El Duque Alexander la ha tomado como su nueva esposa y señora del ducado —susurró un barón cercano—. Ha relegado a Elena por completo.
—Es verdad, dicen que en su última carta el Duque le entregó todo el poder a Su Alteza. Elena ha quedado reducida a una simple sombra sin autoridad en su propia casa —añadió una marquesa con abierta mofa.
Apreté los dientes, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.
«Miserable Evelyn...», pensé con amargura. «Ha tergiversado la carta pública de Alexander para hacerle creer a todo el imperio que él la escogió a ella como su nueva consorte y que a mí me ha descartado».
La Princesa Evelyn caminó hacia nosotros radiante y majestuosa, luciendo joyas que pertenecían al tesoro ducal. A su lado, mi cuñado Julian mantenía una sonrisa calculadora.
—Elena, querida, qué bueno que bajaste con el niño —dijo Evelyn con una voz lo suficientemente alta para ser escuchada por los nobles—. No te preocupes por la organización. Como Alexander me ha dado el mando absoluto de la casa y me ha puesto a su lado, yo me encargo de todo. Tú solo descansa.
—Agradezco su intromisión, Su Alteza, pero sigo siendo la madre del heredero y la señora de esta casa —respondí manteniendo la cabeza en alto y la mirada helada.
—Por ahora, Elena... por ahora —sonrió la princesa con falsa compasión, pasando de largo.
Para el momento del brindis, la multitud se trasladó hacia la gran terraza de mármol que daba al abismo del patio inferior. El viento de la noche era helado, y los sirvientes servían copas de licor y golosinas para los invitados.
Theo se acercó entusiasmado a la mesa de los dulces, ubicada a pocos metros de la balaustrada de piedra.
—¡Mira, mamá! ¡Hay un pastel con forma de osito! —exclamó mi hijo con alegría, señalando hacia el borde de la terraza.
—Despacio, mi amor, no te acerques a la orilla —le advertí, dando un paso hacia él.
En ese instante, uno de los sirvientes de Gerald tropezó bruscamente contra mí, empujándome hacia un lado con violencia calculada. Al mismo tiempo, alguien le ofreció a Theo un juguete que rodó peligrosamente hacia la balaustrada.
Theo corrió inocentemente a buscarlo y apoyó sus pequeñas manos sobre la barandilla de mármol. Sin embargo, la estructura de piedra, previamente manipulada en secreto, se desmoronó con un crujido seco.
—¡Mamá! —gritó Theo mientras su cuerpecito se desequilibraba hacia el vacío del acantilado.
El mundo se detuvo. El pánico me atravesó el pecho como una daga de fuego.
«¡No! «¡Mi hijo, no!», rugió mi corazón.
Me arrojé sobre el suelo helado de la terraza, estirando el brazo con todas mis fuerzas. Logré sujetar la muñeca de Theo por una fracción de segundo, justo cuando sus pies dejaron de tocar el suelo.
El peso del niño estuvo a punto de arrastrarme al abismo, pero las manos firmes de un joven sirviente —el infiltrado de la guardia de sombras de Alexander— nos sujetaron a ambos por la espalda, tirando de nosotros hacia la seguridad del mármol.
Theo rompió a llorar aterrado, abrazándose a mi cuello mientras yo lo estrechaba contra mi pecho, temblando convulsamente.
Sin embargo, antes de que pudiera recuperarme del impacto, la Princesa Evelyn dio un paso al frente y soltó un ahogado grito dramático que resonó en todo el patio.
—¡Dios mío! ¡Ibas a dejarlo caer! —gritó Evelyn, llevándose las manos a la boca con un teatro impecable ante los atónitos ojos de la nobleza.
Los aristócratas ahogaron exclamaciones de horror y los murmullos estallaron como una marea embravecida.
—¡Todos lo vieron! ¡Te descuidaste a propósito! —proclamó Evelyn con voz acusadora y lágrimas falsas en los ojos—. ¡Pobre niño! ¡Elena ha perdido la cordura desde que el Duque Alexander la relegó y me nombró su nueva esposa oficial!
Evelyn avanzó hacia la multitud, asegurándose de que cada lord y condesa escuchara sus difamaciones.
—¡Como Alexander ya no la ama y la ha desechado, ella ha acumulado un despecho enfermizo! —dijo la princesa con veneno—. ¡Si su esposo no la quiere, ella ya no quiere al niño! ¡Ha intentado deshacerse del heredero por pura venganza contra el Duque!
Las miradas de condena de los nobles cayeron sobre mí como losas de plomo. Las damas se cubrían los rostros con horror y los hombres murmuraban indignados sobre mi supuesta locura y resentimiento maternal.
Me puse de pie con Theo en brazos, apretándolo contra mi pecho para protegerlo de sus garras. Mi corazón martilleaba con rabia, pero recordé las palabras de Alexander: «Deja que se confíen; un enemigo confiado siempre comete errores».
«Quieren destruirme públicamente y tildarme de loca despechada para quitarme la custodia de Theo antes de que pueda escapar», comprendí con absoluta claridad.
Miré a Evelyn a los ojos. Detrás de su fachada de conmoción, sus ojos brillaban con una malicia triunfante.
—Sus acusaciones son tan falsas como las fábulas que difunde sobre mi esposo, Su Alteza —declaré con voz firme, helada y resonante, acallando por un instante a la multitud—. Mi vida pertenece a mi hijo, y no hay mentira ni manipulación que pueda cambiar eso.
Sin darles oportunidad de responder, me di la vuelta y me retiré a mis aposentos escoltada por mi guardia infiltrada, dejando a la nobleza sumida en un hervidero de intrigas y calumnias.
Al cerrar la puerta de mi habitación, me dejé caer contra la madera, besando la cabeza de Theo mientras el niño finalmente se quedaba dormido.
Ha transcurrido ya un mes y medio desde que comenzó esta pesadilla. Solo faltan dos semanas para que transcurran los dos meses fijados por mi esposo.
«Alexander... ven pronto», supliqué en silencio mirando la noche estrellada. «Faltan catorce días para que tu carta de instrucciones llegue, y no sé cuánto más podrá resistir nuestro hijo en este nido de víboras».
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello