Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 2
El primer día después del feriado largo, media empresa seguía de licencia.
Lucía, no.
Le pidió a Simón que la dejara a dos cuadras de Casa Alcázar. No pensaba bajarse frente al edificio desde el auto del presidente, con ropa que no era suya y la cara todavía caliente de vergüenza.
Antes de entrar, pasó por una farmacia.
—La pastilla del día después —pidió, mirando hacia otro lado.
No sabía si Mateo se había cuidado. No se acordaba. Y con lo poco que recordaba, prefería no apostar su vida a la memoria de una borracha.
Se la tomó con una botellita de agua en la vereda.
Entonces sonó el celu.
Bruno Quiroga.
Lucía miró el nombre y sonrió con asco.
Bruno era su novio desde la universidad. Cinco años. Ella había entrado antes a la carrera porque siempre había sido adelantada, buena estudiante hasta lo insoportable. Él era tres años mayor, hijo de un empresario de autos y dueño de un puesto decorativo en una oficina pública, regalo de contactos familiares.
Dos años atrás, Lucía se había ido con su madre a vivir una temporada afuera para estudiar. La relación quedó a distancia. Bruno no aguantó ni la mitad: empezó a acostarse con Valentina Cordero, la amiga que Lucía había sentado en su mesa, en su casa y en sus secretos.
Lucía lo sabía.
No lo había encarado todavía porque no pensaba gastar lágrimas en una pelea chiquita. Si Bruno y Valentina querían jugar a escondidas, ella iba a dejarlos avanzar hasta que no pudieran negar nada.
No atendió.
En WhatsApp apareció una solicitud nueva.
Mateo Alcázar.
Lucía se quedó mirando la pantalla.
—¿Como jefe o como error de anoche?
Rechazó la solicitud.
Casa Alcázar era enorme. Diseñaba, producía y vendía dentro y fuera del país. Alguien como Mateo no hablaba con una diseñadora junior salvo que hubiera una crisis, un premio o un muerto en recepción.
La noche anterior había sido un accidente.
Y los accidentes no se agregan a contactos.
El grupo del área explotó:
Diseño: Reunión en diez minutos.
—La concha...
Lucía corrió.
En el ascensor se encontró con Martina Varela, compañera de diseño y una de las pocas personas de la oficina que no le caía mal.
—¿Desde cuándo usás trajecito? —preguntó Martina, mirándola de arriba abajo—. Vos odiás parecer abogada.
—Estoy experimentando con mi sufrimiento.
—Te queda raro. Caro, pero raro.
Martina le pegó una palmada en la cadera.
Lucía apretó los dientes.
—¡Ay!
—¿Qué te pasa?
—Nada. Tensión muscular.
La puerta del ascensor empezó a cerrarse, pero una mano la frenó.
Simón entró primero. Detrás, Mateo.
Camisa negra, traje negro, cara negra.
Lucía se pegó a una esquina. Martina se enderezó como si acabara de entrar una inspección de AFIP.
Mateo no la miró de frente. Eso fue peor. Lucía sentía el olor a sándalo, el mismo de la mañana, demasiado cerca.
Al llegar al piso de diseño, ella y Martina salieron casi corriendo.
—Me muero —susurró Martina—. Anoche vi a una mina en el auto de Alcázar. Se le colgó del cuello y lo besó. Él no la sacó. ¿Vos entendés? ¡El santo de hielo!
Lucía sintió que le subía la sangre a la cara.
—¿Ah, sí?
—Le pregunté a Simón y no soltó nada. Ese tipo tiene la boca soldada.
—Qué raro en él.
En la reunión, Nicolás Herrera, director del área, repasó los resultados del evento de moda del feriado. Estaba eufórico. La colección había vendido mejor de lo previsto y gran parte de los diseños más fuertes eran de Lucía.
—Hay que reconocer el trabajo de Lucía —dijo Nicolás, sonriendo más de la cuenta—. Su línea fue la más elegida por compradores.
Lucía sonrió con educación. Nicolás era talentoso, sí, pero también demasiado atento con ella. Esa mezcla siempre le había parecido incómoda.
La reunión terminaba cuando Simón golpeó la puerta.
—Lucía Salcedo. El señor Alcázar te espera en presidencia.
La sala quedó muda.
El piso treinta era territorio prohibido. La gente decía que quien subía salía despedido, quebrado o con una indemnización y ganas de terapia.
Nicolás frunció el ceño.
—¿Pasó algo?
Simón sonrió sin decir nada.
—No lo sé.
Mentiroso.
Lucía juntó su cuaderno.
—Si no vuelvo, mis bocetos quedan como herencia colectiva.
Martina la miró con horror.
Lucía siguió a Simón al ascensor privado. En cuanto las puertas se cerraron, lo agarró del brazo.
—Decime qué quiere.
—No dijo.
—Simón.
—Está de buen humor.
—Claro. Anoche tuvo una noche movida.
Simón tosió para taparse la risa.
Lucía miró los números subir hasta el treinta.
No sabía si iba a encontrarse con su jefe, con su error de anoche o con el hombre que acababa de rechazar en WhatsApp.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕