Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 7: Samuel Flores
Samuel Flores nunca había entendido por qué la gente decía que el dinero solucionaba los problemas.
Para él, el dinero simplemente había cambiado la naturaleza de las dificultades.
Cuando era niño, había visto a su padre trabajar hasta altas horas de la noche para levantar Flores Group. Cuando murió, Samuel heredó una empresa enorme, una familia llena de expectativas y una responsabilidad que jamás había pedido.
Desde entonces había aprendido una regla:
Nunca mostrar debilidad.
En el mundo empresarial, una duda podía convertirse en una oportunidad para sus enemigos.
Una emoción podía ser utilizada en su contra.
Y confiar demasiado en alguien podía costarle millones.
Por eso había construido una personalidad fría y distante.
Pero Clarisa Hernández estaba empezando a romper todas aquellas reglas.
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—¿Samuel?
La voz de su madre lo sacó de sus pensamientos.
Se encontraba en la sala principal de la mansión Flores.
Beatriz estaba sentada frente a él con una expresión seria.
—¿Qué quieres?
—Quiero saber si la chica ya aceptó.
Samuel dejó el teléfono sobre la mesa.
—Sí.
—¿Y ya comenzó a trabajar?
—Sí.
Beatriz frunció el ceño.
—¿Estás seguro de lo que haces?
—Completamente.
—No parece una mujer preparada para nuestra familia.
Samuel la observó.
—No estamos hablando de tu familia.
—Estamos hablando de la familia Flores.
—Es diferente.
Beatriz se puso de pie.
—Tienes que entender que no puedes seguir posponiendo el matrimonio.
Samuel apretó la mandíbula.
—Ya te dije que no voy a casarme con alguien que no amo.
—Entonces tendrás que hacerlo sin amor.
Samuel se levantó.
—No.
—Si no te casas antes de la reunión de accionistas, perderás el control de una parte importante de la empresa.
Samuel permaneció en silencio.
Aquello era precisamente lo que había estado intentando evitar.
Su padre había dejado una cláusula en el acuerdo de sucesión.
Si Samuel no cumplía ciertas condiciones antes de cumplir los treinta años, una parte del control empresarial pasaría a un fideicomiso administrado por otros miembros de la familia.
Y faltaban pocos meses.
—No voy a permitir que utilicen la empresa para controlar mi vida —dijo Samuel.
Beatriz cruzó los brazos.
—Entonces encuentra una solución.
Samuel la miró.
—Ya la encontré.
Su madre entendió inmediatamente.
—¿Clarisa?
Samuel no respondió.
—¿Una estudiante becada?
—Es inteligente.
—No pertenece a nuestro mundo.
—Precisamente por eso.
Beatriz soltó una pequeña risa.
—No sabes nada de ella.
Samuel recordó la mirada de Clarisa cuando había recibido el mensaje de amenaza.
Su preocupación.
Su orgullo.
Su manera de intentar resolver sus problemas sin pedir ayuda.
—Sé suficiente.
Beatriz se acercó.
—Samuel, las personas como ella siempre terminan buscando algo.
La expresión de Samuel cambió.
—No vuelvas a hablar así de ella.
Su madre se quedó sorprendida.
Samuel también.
No estaba acostumbrado a defender a alguien con tanta rapidez.
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Al día siguiente, Clarisa llegó temprano a la oficina.
Había decidido concentrarse exclusivamente en su trabajo.
No quería pensar en las fotografías.
Ni en el mensaje.
Ni en la conversación que había tenido con Samuel.
Pero era imposible.
Cada vez que levantaba la mirada, recordaba que alguien parecía estar siguiendo sus pasos.
A media mañana, Samuel apareció en el área administrativa.
—Buenos días.
Todos los empleados se pusieron inmediatamente serios.
Clarisa levantó la mirada.
—Buenos días.
Samuel se acercó a su escritorio.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Segura?
—Sí.
Samuel observó los documentos que tenía delante.
—¿Ya terminaste el informe?
—Casi.
—Necesito que lo tengas antes del mediodía.
Clarisa levantó una ceja.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
—Entonces terminaré antes del mediodía.
Samuel sonrió ligeramente.
—Eso esperaba.
Cuando se alejó, Laura se acercó a Clarisa.
—Nunca había visto al señor Flores hablar tanto con alguien de nuestra área.
Clarisa continuó escribiendo.
—Solo está supervisando mi trabajo.
—Claro.
Clarisa la miró.
—¿Qué?
Laura sonrió.
—Nada.
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A la hora del almuerzo, Clarisa salió al jardín de la empresa.
Necesitaba unos minutos de tranquilidad.
Se sentó en una banca y abrió su recipiente de comida.
—¿Puedo?
Levantó la mirada.
Samuel estaba de pie frente a ella.
—¿Tú almuerzas aquí?
—A veces.
Samuel se sentó.
Clarisa lo miró sorprendida.
—Pensé que los presidentes ejecutivos comían en restaurantes lujosos.
—No siempre.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—Porque quería hablar contigo.
Clarisa dejó el tenedor.
—¿Sobre qué?
Samuel permaneció unos segundos en silencio.
—Sobre lo que ocurrió ayer.
—¿La amenaza?
Él asintió.
—Quiero que tengas cuidado.
—Lo estoy teniendo.
—No salgas sola durante unos días.
Clarisa frunció el ceño.
—No puedes decirme qué hacer.
—No estoy intentando controlarte.
—Suena exactamente así.
Samuel suspiró.
—Solo quiero protegerte.
Clarisa se quedó callada.
Aquellas palabras la desarmaron.
—¿Por qué?
Samuel la miró.
—Porque ahora estás relacionada conmigo.
Ella recordó la conversación sobre el supuesto acuerdo.
—Todavía no he aceptado fingir ser tu pareja.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué te preocupa tanto.
Samuel sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
El silencio entre ambos se volvió extraño.
Clarisa bajó los ojos.
Samuel apartó la mirada.
Por primera vez, ninguno supo qué decir.
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Esa tarde, Samuel recibió una llamada de Andrés.
—Encontramos la cuenta desde la que salió el dinero.
Samuel se levantó de inmediato.
—¿Quién la maneja?
—Una empresa que pertenece a alguien muy cercano a tu familia.
—¿Nombre?
—Victoria Salazar.
Samuel se quedó inmóvil.
Victoria.
Habían pasado dos años desde la última vez que la había visto.
Había sido su prometida.
Y también la única mujer a la que Samuel había permitido acercarse demasiado.
La relación terminó después de descubrir que Victoria había utilizado información de la empresa para beneficiar a su propia familia.
Samuel jamás volvió a confiar en ella.
—¿Estás seguro? —preguntó.
—Tenemos documentos que lo demuestran.
Samuel cerró los ojos.
—¿Qué relación tiene con Clarisa?
—Todavía no sabemos.
—Averígualo.
—Hay algo más.
Samuel esperó.
—Victoria regresó a la ciudad hace tres días.
Samuel miró hacia la puerta de su oficina.
Clarisa estaba al otro lado del cristal, trabajando.
Su expresión se volvió seria.
Victoria había regresado.
Y justo entonces comenzaron las amenazas contra Clarisa.
No podía ser una coincidencia.
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Al terminar la jornada, Samuel encontró a Clarisa en la entrada.
—Te llevo a casa.
Ella negó con la cabeza.
—No es necesario.
—Sí lo es.
—Samuel...
—Por favor.
Clarisa lo observó.
La forma en que lo había dicho no sonaba como una orden.
Sonaba como una petición.
—Está bien.
Subieron al automóvil.
Durante el trayecto, Clarisa miró por la ventana.
—¿Quién es Victoria?
Samuel giró ligeramente la cabeza.
—¿Por qué preguntas?
—Escuché tu conversación con Andrés.
Samuel suspiró.
—Una persona de mi pasado.
—¿Tu exnovia?
—Fuimos prometidos.
Clarisa sintió algo extraño en el pecho.
No sabía por qué aquella respuesta le incomodaba.
—¿Todavía la quieres?
Samuel la miró durante un segundo.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Clarisa volvió a mirar por la ventana.
—Entonces, ¿por qué parece importante?
—Porque conoce secretos de mi familia.
—¿Y puede estar detrás de las amenazas?
Samuel apretó el volante.
—Es posible.
El automóvil continuó avanzando.
Ninguno volvió a hablar.
Pero ambos comenzaron a comprender que el problema era mucho más grande de lo que habían pensado.
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Cuando llegaron a la casa de Clarisa, Samuel se detuvo.
Ella abrió la puerta.
—Gracias por traerme.
—Clarisa.
Ella se giró.
—¿Sí?
Samuel quiso decirle que no confiara en nadie.
Quiso decirle que Victoria podía ser peligrosa.
Quiso decirle que, aunque el supuesto acuerdo todavía no comenzaba oficialmente, él ya sentía una responsabilidad inexplicable hacia ella.
Pero finalmente solo dijo:
—Ten cuidado.
Clarisa asintió.
—Lo haré.
Samuel esperó hasta verla entrar en su casa antes de marcharse.
Sin embargo, al llegar a la esquina, recibió un mensaje.
“Si realmente quieres proteger a Clarisa, deja de investigar.”
Samuel leyó el mensaje dos veces.
Después apareció otro.
“La próxima advertencia no será para ti.”
Samuel apretó el teléfono.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.
No por él.
Por Clarisa.
Y comprendió que aquella joven, que había entrado en su vida buscando simplemente un trabajo, se había convertido en el punto más vulnerable de su mundo.