una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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capítulo 11: La fiesta de la cosecha
Había pasado casi un mes desde el ultimátum de Zeus.
Aunque el mundo seguía atravesando tiempos difíciles, en la pequeña ciudad donde vivía Sara comenzaban a verse pequeños cambios.
Gracias al esfuerzo de los vecinos, el huerto comunitario producía nuevamente algunas verduras. La panadería de don Ernesto abría tres días a la semana y el mercado había recuperado parte de su actividad.
No era una vida fácil.
Pero la esperanza había regresado.
Una mañana, el alcalde de la ciudad reunió a todos los habitantes en la plaza principal.
—¡Escúchenme!
La multitud guardó silencio.
—Este año casi perdemos todo... pero gracias al esfuerzo de ustedes hemos logrado sacar adelante nuestra comunidad.
La gente comenzó a aplaudir.
—Por eso, esta noche celebraremos una pequeña Fiesta de la Cosecha.
Muchos sonrieron por primera vez en semanas.
No habría grandes banquetes.
Solo música, pan, verduras y lo poco que cada familia pudiera compartir.
Pero después de tantos días de sufrimiento, aquello era suficiente.
Sara sonrió al escuchar la noticia.
—Creo que todos necesitábamos algo así.
Desde el Olimpo, Afrodita observaba la escena con una expresión cálida.
—Mira... vuelven a sonreír.
A su lado, Ares contemplaba el Espejo del Mundo.
—Todo empezó porque ella decidió no rendirse.
Afrodita lo miró de reojo.
—Hablas de Sara con mucha frecuencia.
Ares carraspeó.
—Solo hago observaciones.
La diosa soltó una pequeña risa.
—Claro...
Sin que ellos lo notaran, una sombra se movía entre las columnas del palacio.
Era Eris.
—Qué aburridos...
Movió un dedo y una pequeña chispa oscura desapareció rumbo al mundo mortal.
—Veamos cuánto dura esa felicidad.
Al caer la noche, la plaza del pueblo estaba llena de faroles de papel.
Había niños jugando, músicos tocando violines y vecinos compartiendo comida.
Sara ayudaba a repartir pan junto a don Ernesto.
—Toma, pequeño.
Le entregó un trozo de pan a un niño que sonrió de oreja a oreja.
—¡Gracias, Sara!
Mientras tanto, Elena acomodaba flores sobre las mesas.
—¡Sara! ¡Ven un momento!
—¿Qué ocurre?
—Necesito ayuda para colgar estas guirnaldas.
Las dos comenzaron a decorar la plaza entre risas.
Por primera vez en mucho tiempo, Sara se permitió disfrutar del momento.
Ocultos entre la multitud, Ares y Afrodita observaban la celebración con sus disfraces mortales.
—Nunca imaginé que una fiesta tan sencilla pudiera hacer feliz a tantas personas —dijo Ares.
Afrodita sonrió.
—No necesitan lujos.
Solo necesitan recordar que no están solos.
Sara los vio desde el otro lado de la plaza.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Ario! ¡Afro!
Corrió hasta ellos.
—¡Volvieron!
Afrodita le devolvió el abrazo con naturalidad.
—Lo prometimos, ¿no?
Ares sonrió levemente.
—Nos alegra verte otra vez.
Sara los tomó de las manos.
—¡Vengan! Les presentaré a mis amigos.
Antes de que pudieran negarse, los llevó hasta una gran mesa donde estaban Elena, Daniel, don Ernesto y varios vecinos.
—Ellos son Ario y Afro.
Todos los saludaron con amabilidad.
Daniel observó a Ares de arriba abajo.
—Señor Ario...
—¿Sí?
—Usted parece un guerrero.
Ares casi se atragantó con el pan que estaba comiendo.
Los adultos soltaron una carcajada.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Sara.
Daniel se encogió de hombros.
—No sé... tiene cara de pelear muy bien.
Ares respondió con una sonrisa incómoda.
—Digamos que... practico mucho ejercicio.
La música comenzó a sonar.
Varias parejas salieron a bailar.
Elena empujó suavemente a Sara.
—Ve.
—¿A dónde?
—A bailar.
—No...
—Sí.
Antes de que pudiera escapar, Elena la llevó al centro de la plaza.
Sara soltó una risa nerviosa.
—Hace años que no bailo.
En ese momento, Afrodita extendió una mano.
—¿Me concedes esta pieza?
Sara la miró sorprendida.
Después sonrió.
—Con gusto.
Las dos comenzaron a bailar lentamente al ritmo de un violín.
Afrodita guiaba cada paso con una elegancia casi sobrenatural.
Sara no podía evitar reír cada vez que se equivocaba.
Desde un costado de la plaza, Ares observaba la escena.
Sintió una extraña presión en el pecho.
No era enojo.
Tampoco tristeza.
Era una emoción completamente nueva.
Daniel apareció a su lado.
—¿Por qué pone esa cara?
Ares bajó la vista.
—¿Qué cara?
—La de alguien que quería bailar primero.
El dios de la guerra abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Daniel sonrió con picardía.
—Se nota muchísimo.
Ares se quedó completamente inmóvil.
¿Era tan evidente?
Mientras todos disfrutaban de la fiesta, Eris observaba desde el campanario de la iglesia.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Perfecto...
La semilla de los celos acababa de ser plantada.
Solo necesitaba un pequeño empujón más para comenzar a crecer.
Sin embargo, lo que Eris no esperaba era que Sara, al terminar la canción, caminara directamente hacia Ares.
Le sonrió con la misma calidez de siempre.
Y extendió su mano.
—Ahora te toca a ti, Ario.
Ares sintió que el tiempo se detenía.
Nunca había bailado.
Nunca lo había necesitado.
Pero al ver la sonrisa de Sara...
Aceptó su mano.
Y, por primera vez en miles de años, el temido dios de la guerra estaba más nervioso por un baile que por cualquier batalla.
Fin del Capítulo 11.