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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

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Capítulo 11

Valentina despertó sola.

Eso fue lo primero que agradeció.

Lo segundo fue que el león no estuviera en la habitación, aunque su cabeza tardó un minuto entero en aceptar que un pensamiento así ya formaba parte de su vida. Se quedó mirando el techo alto, las molduras blancas, las cortinas gruesas cerradas sobre una luz gris, y pensó que Abuelita Carmen habría odiado ese cuarto por una razón muy simple: no tenía santos.

Ni una virgencita.

Ni una cruz.

Ni un vaso de agua con ruda.

Solo lujo, silencio y el olor de Nikolái pegado a las sábanas.

Valentina se incorporó despacio. El brazo le dolía menos gracias al vendaje limpio. El vientre seguía protestando, pero ya no con la violencia de la madrugada. Sobre la mesa de noche había agua, pastillas, una bandeja con pan negro, fruta cortada y una taza de té.

También había una nota escrita con letra firme.

`Come.`

Valentina levantó la nota.

—Qué poeta.

No comió.

Bueno, comió la fruta.

El orgullo estaba bien, pero no era idiota.

Pasó el día midiendo la habitación. Dos puertas: una al baño, otra al pasillo vigilado. Tres ventanas: selladas por dentro con un sistema que no entendió. Un balcón: demasiado alto y con guardias abajo. Clóset: ropa nueva en su talla exacta, lo cual le dio ganas de prenderle fuego a todo.

Al atardecer, una empleada entró con otra bandeja. Habló poco español, lo suficiente para decir:

—Comida. Señorita. Por favor.

Valentina aprovechó.

—¿Hay jardín?

La mujer se puso nerviosa.

—Sí.

—¿Puedo caminar?

—Pakhan dice descansar.

—Pakhan puede descansar por mí.

La empleada bajó la mirada para ocultar una sonrisa. Pequeña, pero real.

Más tarde, mientras retiraba la bandeja, otra sirvienta se asomó al pasillo y habló en ruso con voz demasiado alta. Valentina no entendió todo, pero captó dos palabras repetidas y la dirección que señalaron con la barbilla: esquina suroeste. Muro. Perro.

La primera empleada le dio un codazo.

Demasiado obvio.

Valentina se quedó quieta hasta que se fueron.

Luego sonrió sin humor.

—Ay, Nikolái. Si vas a ponerme una trampa, mínimo hazla menos tonta.

Diez minutos después, decidió caer.

No porque creyera que fuera real. Porque necesitaba saber cómo estaba armado el juego. Porque cada centímetro de esa casa que viera era un centímetro menos de jaula desconocida. Y porque, si había una posibilidad mínima de salir, no iba a quedarse sentada en una cama comiendo fruta cortada como señora secuestrada de catálogo.

Esperó hasta que la casa se silenció.

La ropa del clóset le quedó perfecta, desgraciadamente. Pantalón negro, suéter grueso, botas sin tacón. Se recogió el cabello, guardó las pastillas en el bolsillo y abrió la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Vacío de forma sospechosa.

Valentina caminó pegada a la pared, bajó una escalera lateral y salió por una puerta de servicio que, por supuesto, no tenía llave.

La noche la recibió con frío y olor a pino.

La Usad'ba parecía todavía más enorme desde afuera. Luces discretas marcaban caminos de piedra entre jardines cubiertos de nieve. Al fondo, los muros negros cerraban el terreno como una frontera militar.

Esquina suroeste.

Encontró el camino por orientación pura y mala leche. Si Nikolái esperaba que se perdiera, se iba a decepcionar un poquito.

El agujero estaba ahí.

No era un agujero elegante. Era una abertura baja, medio cubierta por nieve y ramas, al pie del muro. Un perro grande tal vez habría pasado. Una persona no muy sensata podía intentarlo.

Valentina se agachó.

—Esto es humillante incluso antes de empezar.

Miró atrás.

Nadie.

Se quitó el abrigo para no atorarse, lo empujó primero por el hueco y luego metió los brazos. El concreto raspó el vendaje. Apretó los dientes y avanzó. La cabeza pasó. Los hombros, con trabajo, también.

Por un segundo, sintió aire libre del otro lado.

—Sí, sí, sí...

Luego la cadera se atoró.

Valentina empujó con los pies.

Nada.

Exhaló, metió el abdomen, volvió a empujar.

Nada.

El trasero, traidor de sangre mexicana y pan dulce acumulado durante años, se negó a pasar.

—No puede ser.

Intentó retroceder.

Tampoco.

La nieve le caía en la cara del lado libre y se le metía por la cintura del lado preso. Su brazo quemado palpitaba. El orgullo se le desangró más rápido que la paciencia.

—Abuelita, si salgo de esta, juro comer menos conchas.

—No hagas promesas que no vas a cumplir, printsessa.

Valentina cerró los ojos.

No.

Nikolái estaba detrás de ella.

—No diga nada —ordenó ella al muro.

—Estoy intentando decidir si esto es fuga o arquitectura experimental.

—Dije que no diga nada.

—¿Estás jugando a ser perro?

Valentina apoyó la frente en la nieve.

—Lo odio.

—Eso ya lo registré.

Escuchó el sonido de una taza sobre piedra. Giró lo que pudo la cabeza y vio, desde el ángulo más indigno de su existencia, a Nikolái en bata de seda oscura, con botas, sosteniendo un té como si hubiera salido a contemplar el jardín.

—¿Me estaba esperando?

—Sí.

—¿Con té?

—Hacía frío.

—Usted necesita terapia.

—Tengo una psicóloga en Estocolmo. Muy cara.

—Pida reembolso.

Nikolái dejó la taza en el suelo y se agachó. Valentina sintió sus manos cerrarse alrededor de sus tobillos.

—No me toque.

—¿Quieres quedarte ahí hasta primavera?

—Prefiero que me empuje hacia adelante.

—No cabes.

—¡Sí que quepo!

Nikolái tiró.

Valentina salió del agujero hacia atrás con un golpe de nieve, orgullo y ramas rotas. Quedó boca abajo en el jardín, jadeando, con el suéter torcido y la dignidad perdida en algún punto del muro.

Nikolái la levantó como un saco sobre el hombro.

—Bájeme.

—No rápido.

—Ya usó esa frase.

—Funciona.

Valentina dejó de pelear a mitad del camino porque el cansancio le ganó. Cuando volvieron al dormitorio, él la bajó junto a la cama. Ella retrocedió de inmediato hasta una esquina, más por reflejo que por estrategia.

Nikolái lo vio.

Todo el humor negro se apagó.

Valentina se abrazó a sí misma.

—No me pegue.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Nikolái se quedó quieto.

El silencio duró demasiado.

—No le pego a mi mujer —dijo al fin.

Valentina levantó la cabeza.

—No soy su mujer.

—Lo eres para cualquiera que mire.

—Entonces todos aquí necesitan lentes.

Él la observó largo rato. No se acercó.

—Pero si quieres salir corriendo otra vez, avísame.

Valentina frunció el ceño.

—¿Para qué? ¿Para dispararme antes?

—Para ponerte un agujero más grande.

La risa se le escapó.

Pequeña. Enojada. Involuntaria.

Se tapó la boca de inmediato, como si él pudiera usar ese sonido contra ella.

Nikolái lo oyó de todos modos.

Su mirada cambió apenas.

—Duerme.

—No pienso dormir en su cama.

—Ya dormiste.

—Estaba desmayada.

—Técnicamente dormiste.

—Técnicamente cállese.

Nikolái apagó la lámpara principal y dejó solo una luz baja junto a la ventana. Luego se acostó al otro lado de la cama, vestido, sobre las sábanas.

Valentina se quedó de pie.

—¿Qué hace?

—Dormir.

—Hay como treinta habitaciones en esta casa.

—Esta es mía.

—Yo no quiero estar aquí.

—Lo sé.

La respuesta, simple y sin burla, la desarmó lo suficiente para odiarlo otro poco.

Valentina se acostó en el borde opuesto, tan pegada a la orilla que medio cuerpo quedó fuera del colchón.

Nikolái apagó la luz.

Un minuto después, una mano le rodeó la cintura y la jaló hacia el centro de la cama.

Valentina se puso rígida.

—No muerdo —dijo él junto a su oído.

Ella recordó Estambul y el sabor a sangre.

—Yo sí.

Nikolái tardó un segundo en responder.

—Hoy no.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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