Stella Rossi siempre fue la gemela difícil. Lengua afilada, temperamento indomable y una lealtad feroz hacia su hermana Luna. Cuando la familia Lombardi entrega a Luna en un matrimonio arreglado con Takeo Akira —el temido Kumichō de la Yakuza japonesa—, Stella toma su lugar sin pensarlo dos veces.
Lo que no calculó fue a Takeo.
Frío, calculador y obsesionado con la venganza contra los Lombardi, Takeo descubre el engaño en la noche de bodas. La mujer que tiene frente a él no es la dócil Luna que eligió como peón de su plan. Es Stella: insolente, desafiante y absolutamente imposible de controlar.
Atrapada en una mansión-fortaleza en Tokio, sin aliados y sin escapatoria, Stella se niega a quebrarse. Pero la guerra entre ellos comienza a cambiar de forma. El odio se mezcla con el deseo. La desconfianza se enreda con la necesidad. Y lo que empezó como una alianza de sangre se convierte en algo mucho más peligroso: un vínculo que ninguno de los dos estaba preparado para sentir.
Mientras Takeo ejecuta un plan de venganza que lleva años construyendo, Stella descubre que el verdadero campo de batalla no está entre familias ni imperios criminales.
Está entre ellos dos.
Y cuando las lealtades se quiebren, los secretos salgan a la luz y la violencia alcance a quienes más aman, ambos tendrán que decidir qué vale más: la venganza que lo consume o el amor que ninguno de los dos pidió.
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Capítulo 15 - Indomable
Stella
Despierto con la claridad del sol invadiendo el cuarto. Por algunos segundos, me quedo apenas observando el techo, hasta girar el rostro hacia el otro lado de la cama.
Está vacío.
Takeo durmió aquí.
Su olor todavía está esparcido por el cuarto, impregnado en las sábanas. Cierro los ojos por un instante, respiro hondo y enseguida me reprendo. No puedo permitirme pensar en eso.
Basta.
Me siento despacio en la cama. Mi cuerpo entero duele. Después de un día entero acostada, hasta los músculos parecen protestar contra cualquier movimiento. Aun así, ignoro la incomodidad y apoyo los pies en el suelo.
Camino lentamente hasta la ventana.
En cuanto aparto la cortina, me recibe un día hermoso. El cielo está completamente azul, el jardín se mece con la brisa suave de la mañana, y el sol calienta mi rostro.
Una sonrisa espontánea escapa de mis labios.
—Estoy de vuelta.
Las palabras salen bajas, pero cargadas de determinación.
Si Takeo cree que voy a seguir acostada en esa cama, llorando por los rincones y sintiéndome lástima, está completamente equivocado.
Sobreviví.
Y ahora voy a volver a ser quien siempre fui.
Stella Rossi.
Voy a salir de este cuarto.
Y no existe nadie en este mundo que vaya a impedírmelo.
Sigo al baño y dejo que el agua caliente escurra por mi cuerpo. Poco a poco, siento que el peso de los últimos días se va. Cuando termino el baño, me miro en el espejo.
Todavía estoy un poco pálida.
Pero mis ojos... mis ojos volvieron a tener vida.
Abro el clóset y mis dedos encuentran exactamente el vestido que buscaba.
Ajustado.
Marcando cada curva de mi cuerpo.
Con un escote profundo en la espalda.
Sonrío.
—Como dice mi mamá... la cara de la provocación.
Suelto una risita sola.
Ella estaría orgullosa de la elección.
Me pongo unos tacones altos, me coloco los lentes de sol y tomo un bolso pequeño. Guardo mi celular adentro y me doy otra mirada en el espejo.
Perfecta.
Si mi querido marido quería una esposa calladita y obediente, se va a llevar una enorme decepción.
Enderezo los hombros, abro la puerta del cuarto y salgo con un único propósito.
Quitarle completamente la paz a Takeo Akira.
En cuanto bajo las escaleras, encuentro la casa sumergida en un silencio casi absoluto.
Me detengo por un instante y observo todo a mi alrededor.
No conozco absolutamente nada aquí.
La mansión es gigantesca, lujosa y fría. Hay una sala de estar enorme, otra sala aún más grande, obras de arte repartidas por las paredes y pasillos que parecen no tener fin.
Mi objetivo es simple.
Encontrar la cochera.
Comienzo a abrir puertas, entro a una habitación, después a otra. En algunas de ellas encuentro hombres y mujeres del equipo de Takeo.
—¿Dónde queda la cochera? —pregunto.
Nadie responde.
Solo hacen un gesto educado, indicando el camino de regreso a la sala de estar.
Pongo los ojos en blanco.
Perfecto.
Ayuda no voy a tener.
Pero tampoco los necesito.
Sigo recorriendo la casa, entrando y saliendo de diversas habitaciones, memorizando mentalmente cada pasillo. Si pretendo sobrevivir en este lugar, necesito conocerlo mejor que cualquier otra persona.
Después de algunos minutos, finalmente encuentro una salida.
Los jardines.
Una sonrisa satisfecha surge en mi rostro.
Rodeo toda la lateral de la mansión apreciando el paisaje. El jardín es impecable, cuidadosamente planeado, con árboles perfectamente podados, fuentes de piedra y flores de todos los colores.
Bonito...
Pero sigue siendo una prisión.
Sigo caminando hasta alcanzar la entrada principal de la casa.
Y, como ya imaginaba...
Ahí está él.
El hombre más fiel de Takeo.
Isamu.
Los dos realmente parecen parientes. La misma postura impecable, la misma expresión serena y la misma mirada que transmite disciplina.
En cuanto me ve, sonríe con cortesía.
—Buenos días, señora Akira.
Devuelvo la sonrisa.
—Buenos días.
Él mantiene las manos cruzadas frente al cuerpo antes de continuar.
—Por recomendación médica, usted debe permanecer en reposo por siete días. Por lo tanto, no tiene permiso para salir de la propiedad.
Sonrío aún más.
Con toda la calma del mundo, levanto los lentes de sol hasta arriba de la cabeza y miro a Isamu directamente a los ojos.
—Voy a salir.
Doy un paso más en dirección al portón.
—Puedes elegir acompañarme...
Hago una breve pausa, sosteniendo su mirada.
—...o quedarte ahí parado, viéndome salir.
Isamu da un paso hacia el lado, permitiéndome pasar.
Una sonrisa burlona juega en sus labios, como si supiera exactamente lo que va a suceder.
No me importa.
Algunos metros adelante, hay tres autos estacionados.
Perfecto.
Apresuro los pasos y voy directo al primero. Tomo la manija y jalo.
Cerrado con llave.
Escucho una carcajada baja detrás de mí.
Ni necesito voltear para saber que es Isamu.
Pongo los ojos en blanco y sigo al segundo auto.
Jalo la manija con más fuerza.
También cerrado.
—Rayos... —murmuro entre dientes.
Su carcajada se vuelve aún más fuerte.
Pero yo no soy del tipo que se rinde.
Camino decidida hasta el último auto.
Tomo la manija.
Respiro hondo.
Y jalo.
Clic.
Mis ojos se abren grandes.
Está abierto.
Mi corazón se dispara cuando noto otro detalle.
La llave está en el encendido.
—¡Gracias, universo! —susurro.
Entro tan rápido que apenas doy tiempo a que alguien reaccione. Cierro la puerta, presiono el botón de los seguros y sonrío victoriosa.
Esta vez...
La que se carcajea soy yo.
Giro el rostro y encuentro a Isamu afuera, golpeando levemente con la palma de la mano el vidrio del conductor.
Él sigue sonriendo, como si estuviera presenciando la escena más divertida del día.
Bajo los lentes de sol hasta la punta de la nariz y devuelvo la sonrisa más provocadora que logro.
—Parece que, esta vez... gané yo.
Sostengo firme el volante y miro hacia el frente.
Mi sonrisa desaparece.
Los hombres de Takeo ya están posicionados frente al auto, formando una barrera humana.
Aprieto la mandíbula.
No voy a volver.
Ni hoy.
Ni nunca.
Si es necesario, paso por encima de ellos... y de ese maldito portón.
Enciendo el auto.
El rugido del motor rompe el silencio.
Ninguno de ellos se mueve.
Jalo el cinturón de seguridad y lo abrocho sobre mi pecho.
Respiro hondo.
Entonces meto la marcha y comienzo a avanzar despacio.
Los hombres permanecen inmóviles.
Ni siquiera muestran preocupación.
—Quítense del camino... —murmuro.
Sigo acelerando.
Mi corazón late tan fuerte que parece querer escapar por la garganta.
—Por favor...
Ellos siguen ahí.
Cierro los ojos por un segundo.
—Dios... perdóname.
Piso el acelerador a fondo.
El auto se dispara.
En el último instante, los hombres se lanzan a los lados, abriendo camino.
Una carcajada escapa de mis labios.
La adrenalina se apodera de mi cuerpo.
—¡Lo sabía!
Pero la victoria dura apenas unos segundos.
Frente a mí, el enorme portón de hierro sigue cerrado.
Sostengo el volante con fuerza.
—Entonces vamos a resolver esto también.
Acelero aún más.
¡BANG!
El impacto sacude el auto entero.
Mi cabeza se va hacia el frente y el cinturón me jala de vuelta con violencia.
—¡Rayos!
Meto la reversa.
El motor ruge fuerte.
Vuelvo a acelerar.
¡BANG!
El portón se estremece, pero sigue resistiendo.
—Vas a abrirte...
Doy otra reversa.
Respiro hondo.
—Aunque tenga que derrumbar esta casa entera.
Piso el acelerador por tercera vez.
¡CRASH!
El estruendo retumba por toda la propiedad.
El hierro se retuerce.
Las bisagras ceden.
Y, finalmente...
El portón se abre, arrancado por el impacto.
Una sonrisa victoriosa surge en mi rostro.
—Avisé que nadie iba a impedírmelo.
Sigo conduciendo sin rumbo.
Mis manos aprietan el volante, mientras una sonrisa de satisfacción insiste en permanecer en mi rostro.
Lo logré.
Por primera vez desde que desperté en esa mansión, siento el sabor de la libertad.
Miro por el retrovisor.
Dos autos vienen justo detrás de mí.
Por supuesto.
Takeo jamás dejaría que saliera sola.
Me encojo de hombros.
No me importa.
Pueden seguirme todo lo que quieran.
Lo importante es que salí.
La verdad es que ni siquiera sé adónde voy.
No conozco esta ciudad.
No conozco las calles.
No conozco a nadie.
Entonces simplemente sigo el flujo de los vehículos, dejando que el tráfico decida mi próximo destino.
Por primera vez en muchos días, no existe un plan.
Solo existe el camino frente a mí.
Mi celular empieza a sonar dentro del bolso.
Ni necesito ver la pantalla para saber quién es.
Takeo.
Una sonrisa traviesa surge en mis labios.
—Vas a quedarte con las ganas...
Dejo que el teléfono suene hasta que para.
Algunos segundos después, empieza a sonar de nuevo.
Ni me tomo la molestia de buscar el aparato.
Sigo conduciendo, con los ojos en el camino y el viento entrando por la ventana entreabierta.
Hoy...
No le voy a contestar a mi marido.