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Sobek

Sobek

Status: En proceso
Genre:Omegaverse
Popularitas:349
Nilai: 5
nombre de autor: Eduardopz

En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría

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Capítulo 011

—¿Recuerdas que te hablé del cumpleaños de mi amigo? —frenó su caminar para satarse lastimosamente a la orilla de la luz tibia—. Me rechazaron...

Caí en cuenta del problema. Difícil fue no percatarse de la palidez de su rostro y de las ojeras tan pronunciadas en una cara tan pequeña. Si mal no recuerdo, un lunes sería el cumpleaños de ese amigo, pero el jerbo está armando un drama un miércoles. Aunque estuve ocupado desde el lunes...

—¿Cómo fue? —pregunté—. El rechazo estaba dado por sentado. Si ya lo sabías, ¿por qué lloras tanto?

Cubrió parte de su rostro con las manos, como si no quisiera quebrar en llanto.

—No soy tan estúpido, ya lo sabía, pero no iba a decírselo. Alguien más le fue con el chisme... fue muy humillante.

La tonalidad sombría de su relato parecía lo suficiente para tener parte de mi atención. Tomé asiento bajo el sol, oyendo sus tartamudeos. Si había contado todo, parece que uno de los amigos sabía de los sentimientos del jerbo, así que la noche del cumpleaños lo soltó en frente de todos los invitados de su amigo. Tal parece que el cumpleañero y el jerbo son amigos desde niños, así que dice que es una situación vergonzosa.

—Bloqueé su número por miedo a lo que tendrá que preguntarme —sollozó—. No puedo verlo a la cara... no después de la expresión que puso cuando lo supo.

Asentí con disimulo. Genuinamente no podía sentir nada con sus palabras, pero la lógica era lo que sí podía mantener intacto.

—Eres un roedor, solo escapa de él —aconsejé—. Con un cuerpo pequeño es fácil escabullirse.

—Tal vez tengas razón... estoy aceptando lo imposible de mis sentimientos —moqueó—. Espacio es lo que necesito ahora...

Rasqué mi cuello por una fugaz comezón, así que me alejé del sol. En ese instante tuve una duda.

—¿Consideras lo que hizo ese tipo un ataque?

—No... bueno —desvió la mirada—. No lo conozco, no sé con qué intenciones lo hizo... pero no puedo evitar pensar que es algo personal...

La cantidad era nula de las veces que algún mamífero se paró frente a mí y pudo salir ileso luego de haberme desafiado. Tanto para las habladurías huecas como para los golpes débiles, no suelo hacer gran distinción. Le diría al jerbo que se plantara frente al responsable de su lloriqueo y que le rompiera las rodillas en venganza; sin embargo, los herbívoros no recurren a la violencia como primera opción a tomar. Y, realmente, los roedores no son buenos oponentes.

Me incorporé y lo alcé del suelo por el brazo.

—Solo ayúdame con las tareas —dije—. Dudo que alguien te moleste estando yo allí.

En días posteriores, el jerbo se tomó en serio mis palabras, pero realmente no fue un fastidio. Él sí mostraba utilidad. Justo después de clase, nos dirigimos hacia el centro comercial con el objetivo de comprar materiales para el estudio; hay que recalcar que es la primera vez que hago esto.

—¿Cómo es que ni siquiera tienes una laptop? ¿Cómo haces las actividades...? Peor aún, ¿cuántas libretas tienes? —gritó alarmado al ver el interior de mi bolso.

—¿Acaso importa? —le arrebaté la mochila—. Con un cuaderno y un lápiz es más que suficiente.

De repente, puso una expresión compasiva y se tocó el corazón.

—¿No tienes dinero? Ya sabía yo que fue una compra impulsiva la vez anterior.

—¿Qué?

—¡No importa! Puedo cubrir un poco con mi dinero, ven —me agarró de la correa del bolso—. Busquemos los más baratos.

No sabía que existían diferencias entre los cuadernos, lápices, marcadores y colores. La sección de materiales para manualidades me recordó al salón de orientación. El jerbo financió las compras de útiles. Para mí fue un desperdicio de dinero, pero supongo que disfruta de esto, ya que se la pasó oliendo los marcadores.

Mientras cruzábamos frente a una tienda de muñequitos de felpa, el jerbo comenzó a señalar y a mover las manos, procediendo a explicarme la razón de por qué le gustan.

—Puedes calmarte, no escaparé cada que abres la boca —dije ante su azoro al hablar—. Además, si vas a hablar tanto, déjame sentarme.

—Oh, sí. Entonces...

Unos cuarenta minutos estuve ahí sentado, viendo los personajes de una serie de videojuegos que contaban con su propia serie y línea de peluches. Poco o nada llamó mi atención aquella guerra espacial con grandes armas que escapaban de mi comprensión, pero sí lo hizo la imagen de un personaje en particular.

—Ese es interesante —señalé la imagen en su teléfono.

—¡A mí también me encanta! —exclamó con ojos brillosos—. Su nombre es Xavier, y sinceramente creo que tiene una similitud contigo.

—¿Eso crees? —solté sin ganas.

Tras esa lista que no sé cuándo la hizo, solo señalé sus accesorios. El brazalete que tengo puesto se parecía al del personaje.

—¿Dónde puedo comprar cosas como esta? —me miré la muñeca—. Tiene el mismo estilo.

—Conozco una tienda pequeña que creo que puede gustarte —se levantó—. Voy al baño, vuelvo rápido.

Salió velozmente. Con los minutos libres, me tomé el tiempo de ir al jardín bajo los tragaluces para recolectar unas piedras de borde liso, casi similares a las de río; me vendrían bien para el estómago. Al tener un puñado de ellas, volví a los asientos.

En el sitio, un muchacho alto husmeaba en los bolsos que no me llevé porque no iba a tardar. Miré los movimientos de sus manos; si intentaba robar las pertenencias, yo mismo le arrancaría los dedos.

—Estás tocando mis cosas —dije con un tono severo a su espalda.

Se dio vuelta y, al verme, su expresión extrañada no fue posible de disimular. Su mirada se tornó aún más afilada.

—¿Dónde está Asim?

Tan seca como la arena del desierto fue esa pregunta que amenazaba con tomar acción en dado caso de no acceder a su imponente exigencia. Lo aparté de los asientos con un empujón suave; tal vez se tropezó un poco. No he cometido un secuestro, y este chico parece muy alterado.

—¿Y tú quién eres? —le miré el uniforme.

Frente a mí alzó la voz, diciendo que es el mejor amigo del jerbo y que yo tenía que responder obligatoriamente sus preguntas debido a esa posición privilegiada en la que ya se consideraban hermanos. Intencionalmente reservé mis palabras, ya que estaba ante el amor no correspondido del jerbo. Curioso me pareció que este chico no pudiera aceptar los sentimientos del roedor; solo con mirar esas pupilas danzantes se sabía lo armas tomar que era sobre él.

El tiempo del jerbo en el baño es demasiado. Esperaba que apareciera para salvar a su amor de mí, porque la paciencia se me está agotando.

—¡¿Por qué no me respondes?! —gritó.

—Baja la voz —dije—. ¿Piensas que le hice algo a tu amigo?

Malinterpretó mi tono neutral, ya que me lanzó un puñetazo directo a la cara...

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