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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:506
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

La noche avanzaba. El canto de los grillos resonaba a coro desde el jardín trasero de la casona de Don Alejandro. Después de un día entero de ceremonia, recibir invitados y cumplir con la larga sucesión de actos de la boda, el cansancio acabó por vencer a la timidez que había envuelto a los recién casados desde hacía horas.

Valeria seguía sentada al borde de la cama, jugueteando con la punta de la sábana. De vez en cuando dejaba escapar un bostezo discreto y se apresuraba a taparse la boca.

Sebastián, sentado en el sofá, no dejó de notarlo.

—¿Tienes sueño? —preguntó.

Valeria sonrió, apenada.

—Un poco. No estoy acostumbrada a acostarme tan tarde.

Sebastián asintió despacio.

—Yo tampoco.

El silencio volvió a instalarse. Ya no quedaba rastro de la incomodidad de horas antes.

Sebastián se puso de pie y tomó una almohada y una manta de repuesto que los empleados habían dejado preparadas. Al verlo, Valeria se levantó al instante.

—¿Va a dormir en el sofá, señor Sebastián?

—Sí.

—No es necesario. La cama es grande, podemos dormir aquí los dos. —Valeria negó con la cabeza.

La frase hizo que Sebastián se quedara callado unos segundos.

Valeria se apresuró a añadir con el rostro encendido, cada vez más nerviosa.

—Quiero decir solo dormir, nada más.

Al ver el apuro de su esposa, Sebastián estuvo a punto de echarse a reír otra vez. Pero en esta ocasión logró contenerse.

—Tranquila. Entiendo.

Valeria exhaló un suspiro de alivio.

Se acomodaron en la cama, lo bastante amplia para los dos. Valeria eligió acostarse en el extremo más cercano al borde. Sebastián mantuvo la distancia en el lado opuesto. Entre ambos quedaba un espacio considerable. Ninguno se atrevía a moverse. Los dos contemplaban el techo de la habitación.

—Buenas noches, señor —dijo Valeria en voz baja.

—Buenas noches.

Al poco rato, la respiración de Valeria se volvió acompasada. Sebastián giró la cabeza un instante. La muchacha ya se había dormido. Esbozó una sonrisa tenue.

—Se duerme con una facilidad increíble —murmuró.

No tardó mucho en sentir que el cansancio acumulado durante todo el día le cerraba los párpados a él también.

La luz del sol de la mañana se filtró por la rendija de las cortinas. Los pájaros trinaban alegres en el jardín.

Sebastián abrió los ojos despacio. Alzó la mano para frotarse la cara. Pero en lugar de eso, sus dedos rozaron algo suave. Frunció el ceño al instante.

Bajó la vista poco a poco. Los ojos se le abrieron de golpe. En algún momento de la noche, Valeria se había quedado dormida entre sus brazos. La cabeza de la muchacha descansaba sobre su pecho. Una de sus manos le rodeaba la cintura, y la sábana que al principio los separaba estaba hecha un ovillo a los pies de la cama.

Sebastián se quedó inmóvil. Trató de recordar qué había ocurrido durante la noche. Su mente trabajó a toda velocidad. ¿Acaso no se habían dormido cada uno en su lado? ¿Cómo habían terminado así?

Antes de encontrar la respuesta, Valeria se movió ligeramente. Sebastián contuvo la respiración por reflejo.

Los ojos de Valeria se abrieron despacio. Durante unos segundos se limitó a contemplar el pecho de Sebastián con la mirada perdida. Después, sus ojos fueron subiendo hasta el rostro de él. Se miraron.

El color de las mejillas de Valeria fue cambiando poco a poco. Acababa de darse cuenta de la postura en la que estaban.

—¡Dios mío! —exclamó en voz baja.

Con un movimiento rápido se soltó del abrazo y se deslizó hacia atrás hasta casi caerse de la cama.

—¡Per-dón! —balbuceó, nerviosa—. No... no fue a propósito.

Sebastián todavía intentaba procesar la situación.

—Tú...

Valeria se cubrió el rostro con ambas manos.

—Tengo la costumbre de abrazar la almohada larga cuando duermo.

La muchacha se asomó tímidamente entre los dedos.

—Creo que toda la noche lo confundí con la almohada, señor Sebastián.

Durante unos segundos la habitación se llenó de silencio. Luego se oyó un leve suspiro de Sebastián. La comisura de sus labios se elevó despacio. Realmente no sabía si echarse a reír o quedarse perplejo.

Al ver que Sebastián no se había enfadado, Valeria se sintió aún más avergonzada.

—De verdad lo siento mucho.

—No pasa nada —respondió Sebastián, escueto.

Aunque su expresión se mantenía serena, por dentro seguía asombrado. Resultaba que su esposa tenía costumbres de sueño bastante peculiares.

—Y otra cosa: no me llames "señor Sebastián". Llámame solo Sebastián.

—Pero eso no es correcto —dijo Valeria.

La diferencia de edad entre ellos era considerable. Además, Sebastián era su esposo y merecía ser tratado con respeto.

—Puedes llamarme como quieras, con tal de que no sea "señor Sebastián".

Valeria se quedó callada. No sabía cómo dirigirse a su marido.

Al poco rato, Valeria ya estaba en la cocina. Aunque los empleados de la casa le ofrecieron ayuda, ella insistió en cocinar por su cuenta.

—Quiero ir conociendo los gustos de la familia —dijo con una sonrisa.

Una de las empleadas asintió con deferencia.

—La señora es muy amable.

Valeria se sonrojó al oír el halago.

Esa mañana decidió preparar arroz con especias. El aroma de la leche de coco cocinada con hierba limón y hojas aromáticas fue llenando la cocina poco a poco.

En otro fogón, un caldo de pollo para Don Alejandro se hacía a fuego lento para que la textura quedara suave y fácil de digerir. De vez en cuando, Valeria lo probaba.

—No está mal —murmuró. Confiaba en que su comida fuera del agrado de los habitantes de la casa.

Al cabo de un rato, la familia entera se reunió en el comedor. Don Alejandro llegó con paso lento, apoyándose en el bastón.

—¡Ay, la espalda todavía me duele! —se quejó en voz baja, haciendo una mueca.

Patricia se apresuró a retirarle la silla.

—No se mueva demasiado, papá.

—Ya, ya. —Don Alejandro se sentó con un gesto de dolor.

Valeria colocó enseguida un tazón de caldo caliente frente a él.

—Esto es para usted, abuelo.

Don Alejandro aspiró el aroma.

—Huele muy bien. Gracias, hija.

Valeria sonrió levemente.

—De nada.

Poco después, un plato de arroz con especias apareció delante de Sebastián y de Patricia.

Patricia contempló el plato con los ojos brillantes.

—Valeria, ¿tú preparaste esto?

Valeria asintió.

—Sí, señora Patricia. No conozco los gustos de la familia, así que hice algo sencillo.

Patricia sonrió con calidez.

—Justamente la comida casera como esta es la que más se echa de menos.

La mujer tomó un poco de arroz y lo probó. Unos segundos después, sus ojos se agrandaron.

—¡Está delicioso!

Valeria se relajó visiblemente.

—¿De verdad, señora Patricia?

—Sí. El sazón está perfecto. Y el arroz tiene el punto justo.

Las mejillas de Valeria se tiñeron de rojo.

—Me alegra que le guste.

Patricia sonrió.

—¿Con quién aprendiste a cocinar?

—Con mi abuela, que en paz descanse, y con algunas vecinas del pueblo —respondió Valeria.

Patricia asintió despacio.

—Impresionante.

—Cuando yo tenía tu edad, una vez quemé todo un caldero de arroz. —Patricia soltó una risita.

Valeria rio por lo bajo sin poder evitarlo.

—¿En serio? —Sebastián no parecía creerlo.

—Sí. Tu padre se bebió medio jarro de agua porque le quedó saladísimo.

Don Alejandro intervino de inmediato.

—Y eso no fue todo. La primera vez que preparaste una sopa se te olvidó echarle sal. —El anciano se rio entre dientes.

Patricia se llevó la mano a la frente.

—Papá, eso pasó hace décadas. ¿Todavía se acuerda?

Don Alejandro rio con ganas.

—Los errores de la nuera hay que recordarlos siempre. Para contárselos luego a los nietos.

Todos se echaron a reír. Incluso Valeria se tapó la boca conteniendo una sonrisa. La atmósfera en la mesa, que hasta hacía poco le resultaba ajena, fue tornándose cálida.

En medio de la conversación, Patricia se volvió hacia Valeria.

—No tienes que sentirte cohibida en esta casa. Tómala como si fuera tuya.

Valeria asintió.

—Gracias, señora Patricia. Voy a hacer todo lo posible por aprender.

Patricia negó con la cabeza, sonriente.

—No se trata de aprender a ser otra persona. Sigue siendo Valeria. La mujer sencilla, educada y sincera que eres.

Aquellas palabras le calentaron el corazón. Hacía muchísimo tiempo que nadie la aceptaba sin condiciones.

En la cabecera de la mesa, Sebastián llevaba rato casi sin hablar. De vez en cuando probaba una cucharada del arroz que había preparado su esposa. El sabor era sencillo, pero reconfortante. No sabía si era porque la comida estaba realmente buena o porque, por primera vez en mucho tiempo, la mesa del comedor de su abuelo estaba llena de conversación, risas y una calidez que hacía que la vieja casona volviera a sentirse de verdad como un hogar.

A escondidas, la comisura de los labios de Sebastián se elevó en una sonrisa tenue. Nadie se dio cuenta.

Excepto Don Alejandro, que de reojo observó a su nieto y sonrió con aire cómplice. Parece que mi muchacho empieza a disfrutar de su nueva vida, pensó el anciano para sus adentros.

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