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Sirena Encantada

Sirena Encantada

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada

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Capítulo 9: Lágrimas frente al mar

Al día siguiente me levanté como siempre, antes de que saliera el sol.

—¡Bueno, pa, vámonos que el mar nos está esperando! —le dije a mi papá, Jeico Morales.

Él sonrió mientras acomodaba las redes en la lancha.

—Eso es, mijo.

Navegamos un rato y, cuando llegamos al sitio donde siempre pescábamos, empecé a lanzar la red.

La mañana estaba tranquila. La brisa soplaba suave y las olas parecían cantar conmigo.

Mientras esperaba que los pescados cayeran en la red, comencé a tararear una canción.

De pronto miré hacia la orilla.

Había una muchacha sentada sobre la arena.

Al principio no distinguía bien quién era.

Pero cuando el viento movió su cabello, la reconocí enseguida.

—¡Mi sirenita!

Era ella.

Mileidis.

No estaba caminando ni sonriendo.

Tenía la cabeza agachada y, aunque estaba un poco lejos, pude ver que se limpiaba las lágrimas con la mano.

Fruncí el ceño.

—¿Y ahora qué le pasó?

Miré a mi papá.

—Pa, ya vuelvo.

—¿Pa' dónde vas?

—Voy un momentico a la orilla.

Él asintió.

—No te demorés.

Dejé la red asegurada y caminé rápido hacia la playa.

Cuando llegué cerca de ella, hablé con cuidado para no asustarla.

—Ajá... sirenita.

Ella levantó la cabeza de inmediato.

Al verme, se secó las lágrimas rápidamente.

—Ah... sos vos.

Sonreí un poquito.

—Sí, soy yo.

Me senté sobre la arena, dejando una pequeña distancia entre los dos.

—¿Y qué te pasó? ¿Por qué estás llorando?

Ella guardó silencio unos segundos.

Miró el mar.

Después bajó la cabeza.

—Extraño mucho a mi mamá.

Su voz se quebró.

Sentí un vacío en el pecho.

—Todavía me cuesta aceptar que ya no está.

Las lágrimas volvieron a salir de sus ojos.

—Ella era todo lo que tenía.

No dije nada.

Solo la escuché.

—A veces quisiera contarle cómo me va, abrazarla otra vez o escuchar que me diga que todo va a salir bien.

Agachó la cabeza.

—Pero ya no puedo.

Respiré profundo.

—Te entiendo.

Ella me miró.

—¿Vos también perdiste a alguien?

Asentí lentamente.

—Mi mamá murió cuando yo tenía trece años.

Ella abrió los ojos.

—Lo siento mucho.

—Y yo siento mucho lo de la tuya.

Los dos nos quedamos mirando el mar durante unos segundos.

Después le pregunté con calma.

—¿Y solo es por eso que estás triste?

Ella negó con la cabeza.

—No.

Suspiró.

—También porque todavía no consigo trabajo.

—He buscado por todas partes.

—En restaurantes, tiendas, hoteles...

—Y nada.

Su voz volvió a quebrarse.

—No quiero ser una carga para mi madrina.

La miré con atención.

Era una muchacha fuerte, pero en ese momento se veía muy triste.

Sonreí con amabilidad.

—Vení.

Ella me miró confundida.

—¿Pa' dónde?

—Vení conmigo un momentico.

—¿A dónde me vas a llevar?

Me levanté de la arena.

—No te preocupés. No te voy a secuestrar.

Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Qué bobo sos.

—Entonces... ¿venís?

Se quedó pensándolo unos segundos.

Después se puso de pie.

—Bueno.

Los dos empezamos a caminar despacio por la orilla.

La brisa del Caribe soplaba con fuerza y las olas mojaban nuestros pies.

Para romper el silencio le pregunté:

—¿Ya desayunaste?

Ella hizo un puchero.

—No.

—Desde temprano salí a buscar trabajo otra vez.

Negué con la cabeza.

—Así no puede ser.

Ella me miró.

—¿Y por qué te preocupás tanto por mí si apenas nos conocemos?

Sonreí de lado.

—Porque ninguna sirenita debería llorar sola frente al mar.

Ella bajó la mirada y, por primera vez desde que la conocía, sonrió con sinceridad.

Aquella sonrisa hizo que la mañana se sintiera mucho más bonita.

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