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CORAZÓN DE FUEGO

CORAZÓN DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Héroes
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: DARLIN VELASQUEZ

Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀

NovelToon tiene autorización de DARLIN VELASQUEZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ORIGEN

"La esencia del ser no se limita al alma; la trasciende”

—Es un buen nombre —dijo sin mirarme directamente—. No puedo hablar ahora, pero veámonos en la tarde, justo donde te lo entregué. Hay algo importante que necesito contarte. Ámbar, tú eres el futuro.

Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo apenas un segundo. Su voz bajó a un susurro: —Cuando me escribas, no menciones nada de esto. ¿Está bien?

Y se fue.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, vibrando dentro de mí como una campana. ¿Yo? ¿El futuro? No entendía nada.

Esa frase me acompañó durante toda la jornada, incluso cuando llegó la hora del almuerzo. Mi mente no estaba presente. Masticaba sin saborear nada. Pensaba en Axel. En su colita. En su respiración. En la posibilidad de perderlo.

Los demás conversaban animadamente. Reían. Contaban anécdotas. Me di cuenta de algo: todos éramos jóvenes. Nadie mayor. Quizá el motivo era evitar preguntas que nadie quería responder.

—Tú —dijo un chico señalándome—. No has dicho nada. ¿No tienes lengua?

—Oh, claro que la tiene —intervino Keiren desde su asiento, sin siquiera mirarme—. Es larga, como la de una víbora.

—¿Una víbora? —preguntó una chica, confundida. Algunos se miraron entre sí, desconcertados. No conocían la palabra. Nadie más que él y yo. Keiren no explicó nada. Solo negó con la cabeza, como si estuviera decepcionado de todos.

—Pues tú tienes el cerebro de una mosca —respondí con calma, sin levantar la voz.

Él levantó la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos, sorprendido. Sabía exactamente a qué me refería. Él conocía a los animales. Yo también. Los demás solo sabían de ratas y cucarachas. Los únicos que sobrevivieron. La tensión se evaporó cuando todos volvieron a sus conversaciones. Para ellos, nuestras palabras eran solo ruido. Para nosotros… eran un territorio extraño. Un reconocimiento. Un choque. Terminé mi comida en silencio y me levanté para ir al árbol de naranjas, debía terminar de podarlo. Después de las cinco sería libre. Iría a ver a mi mentor. Y por fin, conocería el secreto que parecía envolverlo todo. El secreto en el que, aparentemente… yo estaba incluida.

Mientras caminaba hacia el muro —ese lugar donde mi vida monótona y aburrida comenzó a cambiar— no podía ignorar la sensación de que algo grande, y quizá grave, estaba por suceder. Siempre he tenido la capacidad de presentir las cosas, aunque nunca supe si se trataba solo de intuición o de un don que me permitía percibir lo que otros no podían. Desde la infancia me sentí diferente, incluso entre mis propios hermanos; como si no encajara del todo, como si perteneciera a otro rompecabezas. Nunca logré imaginarme siendo como los demás, y ese fue, tal vez, mi mayor conflicto. Con el tiempo entendí que jamás me liberaría de esa sensación de ser distinta. Hubo muchas ocasiones en las que mi cuerpo parecía cargar con el dolor ajeno, y no era una coincidencia: lo sentí al nacer, cuando mi madre sufrió; lo sentí años después, cuando mi padre tuvo aquel accidente que lo dejó marcado durante meses. Era como si su dolor se replicara dentro de mí, como si yo también hubiera vivido el impacto.

También lo experimenté cuando mi hermano mayor, Zarek, se quejaba del dolor en la espalda causado por la dureza de su cama; y, sobre todo, cuando mi abuela murió. Sentí esa punzada aguda en el pecho, la pérdida repentina de sensibilidad… todo, como si la vida me hiciera cargar con su último aliento. Cuando mi abuela partió de este mundo, sentí en carne propia todo lo que puede significar la muerte. Tus sentidos se nublan, es como si alguien te despojara de todo aquello que te hace humano. La fuerza se va perdiendo poco a poco, hasta dejarte inmóvil, vacío, suspendido entre la vida y el recuerdo. Dolía tanto aquel momento… pero más que dolor, había miedo. Miedo de desvanecerse, de sentir cómo el alma se desprende, de percibir el silencio absoluto donde ya nada tiene forma ni sonido.

El ruido del mundo dejó de importar, los ojos pesaban como si cargaran siglos de tristeza, y entre el corazón y el estómago se abría una sensación de vacío tan profunda que parecía absorberlo todo. Era como si una fuerza invisible y sobrenatural reclamara lo que siempre le perteneció. Cuando mi abuela por fin cerró los ojos, sentí su último aliento: pequeño, pausado, frágil como un suspiro perdido. Su corazón ya no latía, pero podía sentir cómo se aferraba a sus recuerdos, a las personas que más amó. Pensó en mí, en mi madre, y entonces se fue. En ese instante, algo cambió dentro de mí: el dolor se transformó en una calma extraña.

Sentí paz, libertad… una liviandad tan pura que por un momento creí que ambos —ella y yo— podríamos flotar.

Por eso odiaba aquel don —o maldición— con tanta fuerza. Porque entendía demasiado. Porque sentía demasiado. Y ahora, justo en este momento, esa conexión volvió. Percibía el sufrimiento de muchas personas, como un eco lejano y difuso. No comprendía qué estaba pasando. Aún faltaba para que algo ocurriera, pero mi cuerpo temblaba… quizá no era una visión, tal vez solo me estaba descomponiendo.

—Eres muy puntual, Ámbar. Valoro mucho eso en los humanos, aunque no todos son así. Keiren aún no llega… espero que no tarde —dijo VR15.

No tuve ni tiempo de procesar sus palabras; todo aquello debía ser una broma absurda. —Espera, espera… ¿Keiren qué tiene que ver en esto? —pregunté impaciente.

—Mucho —se limitó a responder el Bokly.

Ahora todo parecía carecer de sentido. Un dolor constante comenzó a presionarme la cabeza; me apoyé en el muro intentando contener el temblor de mi cuerpo. El silencio se extendió entre nosotros, solo cruzábamos miradas esporádicas, como comprobando quién perdería la paciencia primero. El destino, una vez más, se mostraba cruel y caprichoso: tenía que unirnos en algo extraño, casi secreto, con ese chico odioso.

Después de una eternidad —quizá media hora— distinguimos la silueta alta y robusta de Keiren acercándose con pasos lentos. Me desesperaba su parsimonia; estuve a punto de gritarle que se apurara, pero me contuve.

—Bien, aquí estoy. ¿Para qué carajos querías que nos viéramos? —gruñó sin siquiera mirarme, enfocando su atención en VR15.

—Hola, qué bueno verte, Keiren. Ella es Ámbar —dijo el Bokly señalándome.

—Sí, ya sé quién es. La chica con lengua de víbora —respondió con seriedad.

VR15 sonrió divertido. Eso me molestó aún más.

—Sí, también lo conozco: el imbécil con cerebro de mosca —contesté con furia contenida.

—Paren ya, no vinimos a discutir —interrumpió mi mentor con calma—. Los cité a ambos porque quiero mostrarles algo. Síganme.

Nos condujo a una zona más alejada del muro, oscura y solitaria. Se agachó y abrió una compuerta oculta en el suelo polvoriento. Bajamos tras él por una escalera angosta que nos llevó a un túnel subterráneo; olía a metal viejo y polvo acumulado. Al final del pasillo, mis ojos quedaron inmóviles: lo que había allí era indescriptible.

Allí adentro todo era diferente a cualquier cosa que hubiera visto en mi vida. El lugar estaba lleno de aparatos que desconocía por completo, mientras que otros me recordaban vagamente a los computadores que alguna vez vi en los libros, solo que más grandes y complejos. Era un salón amplio, iluminado por una luz blanca que hacía brillar cada superficie metálica. A simple vista parecía una mezcla entre una biblioteca y un laboratorio: estanterías repletas de libros y revistas, junto a mesas llenas de instrumentos y pantallas encendidas que mostraban datos incomprensibles. Había frascos con muestras de sustancias extrañas, algunos líquidos de colores translúcidos que se movían lentamente, como si tuvieran vida propia. En una vitrina se exhibían retratos y fotografías de personas desconocidas, y entre ellas, algunas imágenes que parecían ser de un Bokly, los mismos que ahora gobernaban nuestra existencia. Me pregunté quién habría reunido todo eso, y por qué.

Entonces lo vi. En un rincón, casi oculto entre tantas cosas, había un sofá. No era gris. Era marrón, de un tono cálido y terroso que rompía con la monotonía absoluta del entorno. Por fin podía tener cerca un color distinto. Aquello se sintió tan extraño, tan nuevo, que una sonrisa se dibujó sola en mi rostro. No podía apartar la mirada; ese simple color me hipnotizaba. Era como cuando vi por primera vez las manchas en el pelaje de Axel. Quería grabar ese color en mi mente, guardarlo como un tesoro. En los libros había visto miles de imágenes de cosas color café, pero verlo allí, frente a mí, tan real, era completamente distinto.

En un extremo del salón había un pequeño cubículo con una cama y un baño. Todo parecía dispuesto para que alguien viviera allí, o al menos pasara largas horas trabajando. Me quedé observando cada detalle, intentando imaginar cómo sería habitar un lugar así, rodeado de tanto conocimiento, de objetos desconocidos y de un silencio que lo envolvía todo.

—¿Qué es esto? —preguntó Keiren, igual de sorprendido que yo.

—Este es mi laboratorio —respondió VR15—. Aquí guardo toda la información que necesitan para comprender su propósito.

—¿Un propósito? No entiendo nada —balbuceé.

—No te esfuerces, es lógico que no entiendas —intervino Keiren con su típico sarcasmo.

—Vaya, entonces explícame tú, dios de la perfección… Ah, no, espera, tampoco sabes nada —le respondí molesta. Vi sus ojos encenderse con furia.

—Chicos, ya basta. Los humanos son tan extraños… —suspiró VR15—. Los reuní porque ambos son parte de mi investigación. Sé que esto les sonará muy raro, pero ustedes son las piezas que faltaban. Fueron creados para algo grande: para cambiar el curso de su especie y reescribir su destino.

No entendía nada. Las palabras flotaban en el aire como un eco imposible. Un miedo helado me invadió; sentí las piernas débiles, las manos temblorosas. La vista se me nubló y apenas alcancé a apoyarme en Keiren antes de desvanecerme. Él me sostuvo, sorprendentemente sin empujarme. Me sentó en un mueble gris mientras mi respiración se entrecortaba. Entonces, una visión irrumpió como un rayo: yo estaba junto a Keiren, ambos contemplábamos una ciudad ardiendo, llorando entre el fuego. Intenté regresar a la realidad, pero todo se volvió negro. Cuando abrí los ojos, ambos me miraban con preocupación. No supe cuánto tiempo había pasado. Sentí vergüenza, y VR15 me ofreció un vaso de agua.

—¿Estás bien? ¿Puedes escucharme? —preguntó con suavidad.

—No lo sé… solo me sentí muy débil. No entiendo qué pasó, pero… —balbuceé.

—Volviste a tener una visión, ¿verdad? —dijo el Bokly con tono seguro. Me quedé helada. ¿Cómo podía saberlo?

—¿Por eso la llamaste? Ella puede ver cosas y yo… siento cosas también—intervino Keiren, aún desconcertado.

Yo apenas podía hablar.

—Tranquila, respira profundo —me pidió VR15.

—Estoy… bien —logré decir al fin—. Pero necesito entender. ¿Qué significa todo esto?

—Somos una especie de fenómenos raros —respondió Keiren con un dejo de amargura.

—No exactamente —corrigió el Bokly—. Ambos fueron creados en este laboratorio como la última esperanza de la humanidad. Hace muchos años, los científicos sabían que la sequía acabaría con todo. Ustedes eran sus últimas semillas.

—¿Semillas? Pero… mi madre me dio a luz, yo lo recuerdo —contesté abrumada. No podía entender nada. Sentí que mi cuerpo temblaba.

—Lo sé —dijo VR15—. Es un recuerdo real, pero fueron implantados en el vientre de sus madres en una fecha programada. Deben consultarlo con sus madres, ellas les contaran todo. Ha llegado el momento de conocer la verdad sobre su origen y su propósito.

—¿Y tú cómo sabes todo eso? Eres un robot. Se supone que trabajas para el Gran Jefe, no para los humanos —acusó Keiren.

—Así debería ser, sí —respondió con calma—. Fui creado con un solo fin: encontrarlos a ustedes —dijo con una voz pausada, casi humana—. El gran jefe tomó mi forma para fabricar muchas réplicas de mí. Sin embargo, yo fui creado por humanos, no por ellos. Mi propósito original fue olvidar mis habilidades humanas, borrar cualquier rastro de empatía o emoción, para que los Bokly confiaran en mí… y lo logré. No soy poderoso, solo soy obediente. Y, aunque parezca poco, esa fue la diferencia. Mi obediencia me permitió sobrevivir, ocultarme entre ellos y convertirme en lo que soy ahora: una máquina que funciona a la perfección, pero que todavía guarda el recuerdo de haber sido creado por un humano, soy el único ejemplar con individualidad. Fui creado con sensibilidad, con emociones, como ustedes. Pero, esa historia no importa. Hace años el Gran Jefe descubrió que la Tierra podría volver a ser fértil, que la vida humana podría renacer. Pero eso… no le conviene.

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