Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA PRÓLOGO
El espejo del vestíbulo era tan grande que cubría casi toda la pared, y en él se reflejaban dos mujeres idénticas. Mismo rostro perfecto, mismos ojos oscuros y grandes, misma forma de sonreír —aunque una lo hacía con arrogancia y la otra con tristeza—, misma estatura, mismo cabello largo y negro que caía en ondas suaves sobre los hombros. Eran gemelas, nacidas el mismo día, en la misma casa, de la misma madre. Sin embargo, el mundo entero siempre había tratado a cada una de forma muy distinta.
Valeria, la que hablaba con voz cortante y se paseaba con la barbilla levantada como si todo a su alrededor estuviera por debajo de ella, había sido la favorita desde que eran pequeñas. "Qué hermosa es Valeria", decían todos. "Qué sonrisa tan encantadora, qué gracia tiene". Su madre la llenaba de elogios, de vestidos bonitos, de atenciones que nunca compartía. En cambio a Elisa, la que permanecía de pie cerca de la puerta, con las manos entrelazadas y la mirada baja, apenas la miraban. "Es tan callada", decían, como si fuera un defecto. "No tiene la chispa de su hermana". Y así crecieron: Valeria recibiendo todo, Elisa aprendiendo a conformarse con lo que sobraba.
Ahora tenían veintitrés años. Valeria estaba casada con Leonardo, uno de los hombres más ricos de la ciudad. Vivía en una mansión enorme, con jardines, sirvientes, autos de lujo y todo lo que cualquier persona pudiera desear. Tenía tres hijos: dos niños, de ocho y seis años, y una niña pequeña de apenas tres. Pero Valeria no era feliz. O mejor dicho, no sabía ser feliz. Había querido la belleza, la riqueza y la posición, pero no había querido las responsabilidades que venían con ellas. Amaba solo una cosa: a sí misma.
Esa tarde, en la habitación más grande de la casa, Valeria caminaba de un lado a otro con los ojos encendidos de rabia, mientras Elisa permanecía sentada en el borde de un sofá de terciopelo, sin atreverse a interrumpirla.
—Ya no aguanto más —dijo Valeria, deteniéndose de golpe—. No soporto este lugar. No soporto a Leonardo, no soporto a los niños, no soporto tener que fingir que soy la esposa perfecta todos los días. Me asfixio aquí.
Elisa levantó la vista despacio.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con voz suave, casi un susurro.
Valeria se acercó a ella y se inclinó hasta quedar a su altura. Sus rostros estaban tan cerca que podían verse cada detalle del otro.
—Me voy —dijo Valeria, con una sonrisa fría—. Me voy lejos. Tengo dinero guardado, tengo a quien esperarme. Nadie me va a encontrar.
Elisa palideció.
—¿Y tus hijos? ¿Y Leonardo? ¿Qué van a hacer sin ti?
—Eso es asunto tuyo —respondió Valeria, tomándola de los brazos con fuerza—. Tú vas a quedarte en mi lugar.
Elisa se quedó sin aire.
—¿Yo? No… no puedo hacer eso. Todos se darían cuenta. Nos parecemos, pero no somos iguales. Ellos te conocen. Sabrían que no eres tú.
—No van a notar nada —dijo Valeria con seguridad—. Somos idénticas. Visten mis ropas, peina tu cabello igual que yo, aprende cómo hablo, cómo camino. Nadie sospechará. Y si alguien pregunta, tú respondes como yo lo haría. Sabes cómo soy, me has imitado en silencio toda tu vida. Ahora te toca hacerlo de verdad.
—Pero no puedo vivir tu vida —dijo Elisa con los ojos llenos de lágrimas—. No puedo ser tú.
—¿Y qué otra cosa tienes? —soltó Valeria con crueldad—. Mira cómo vives. Una habitación pequeña, ropa vieja, sin nadie que te quiera. Ni siquiera nuestra madre te dirige la palabra a menos que necesite algo de ti. No tienes nada, Elisa. No tienes a nadie. Así que no me vengas con que no puedes. Vas a hacerlo porque no tienes otra opción.
Elisa bajó la mirada. Era verdad. Siempre había estado a la sombra de su hermana, ignorada, olvidada. Y ahora Valeria le exigía que ocupara su lugar, como si fuera un objeto que podía dejar y tomar a su antojo.
—¿Y cuánto tiempo? —preguntó Elisa, casi sin voz—. ¿Un mes? ¿Dos? ¿Hasta que vuelvas?
Valeria soltó una risa seca.
—No sé. Quizás nunca vuelva. Pero mientras tanto, tú cuidas todo. A Leonardo, a la casa, a los niños. Haz que todo parezca normal. Y si haces bien tu trabajo, tal vez te envíe algo de dinero. Si no… bueno, ya sabes lo que pienso de ti. No tienes nada que perder.
Valeria sacó del bolsillo un anillo de diamantes y lo puso en la mano de Elisa, cerrando sus dedos sobre él.
—Este es el anillo de bodas de Leonardo. Úsalo siempre. Toma las llaves del coche, de la casa, todo está sobre la mesa de la entrada. Y escúchame bien: no te atrevas a arruinarlo. No te atrevas a enamorarte de mi vida, ni a contarle a nadie la verdad. Porque si lo haces, te destruyo. Y nadie creería a la patética de Elisa contra la esposa de uno de los hombres más importantes de la ciudad. ¿Entendido?
Elisa asintió, con el nudo en la garganta impidiéndole hablar.
Valeria se dio la vuelta, tomó una maleta que ya estaba lista en la puerta y caminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante y miró a su hermana por encima del hombro.
—Buena suerte, hermana. Que disfrutes lo que yo ya no quiero.
Y se fue.
Elisa se quedó sola en medio de aquella habitación enorme, sosteniendo el anillo frío en su mano, escuchando el silencio que de pronto parecía llenar cada rincón. No había nadie que la ayudara, nadie que la protegiera. Tenía que quedarse, fingir ser la mujer que todos conocían, enfrentar a un esposo que amaba a una persona que no era ella, y a tres niños que esperaban a una madre que jamás los quiso.
En ese momento, Elisa comprendió que su vida había terminado y que otra comenzaba. Una vida prestada, una mentira que debía sostener cada día. Y aunque tenía miedo, aunque sentía que se rompería en mil pedazos, cerró los ojos, respiró hondo y pensó: *Quizás… quizás yo puedo ser mejor hermana para ellos que la que tuvieron hasta ahora*.
Puso el anillo en su dedo. Brilló con una luz fría y pesada. Y con paso lento, pero firme, Elisa salió de la habitación para convertirse en la impostora de su propia vida.