Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La danza de los últimos
El Estadio Omega era una catedral colosal de cristal y acero. Cien mil espectadores llenaban las gradas, mientras miles de millones más observaban la ceremonia inaugural desde cada rincón de la galaxia.
Era el acontecimiento deportivo más grande del universo.
Y aquella noche...
estaba a punto de comenzar un nuevo Torneo Galáctico de Federaciones.
Detrás del túnel de entrada, los catorce jugadores del Sistema Solar permanecían en silencio.
Marcus estudió a cada uno de ellos.
Vex no podía dejar de golpear los dedos contra su pierna.
Buffar respiraba lentamente con los ojos cerrados.
Dinho abrazaba el balón que Marcus le había entregado.
Becken permanecía completamente inmóvil, aunque sus manos temblaban ligeramente.
Chilavar miraba al frente con una calma imposible.
Johann se colocó junto a Marcus.
—¿Estás seguro de esto?
Marcus sonrió.
—No somos como los demás.
Johann asintió.
—Entonces demostremos a la galaxia quiénes somos realmente.
Las luces del estadio se apagaron.
Una voz poderosa resonó por todo el recinto.
—¡Bienvenidos al Torneo Galáctico de Federaciones!
Una delegación tras otra comenzó a entrar al estadio.
Todos los equipos parecían iguales.
Marchaban.
Saludaban.
Ocupaban sus posiciones.
Todo transcurría exactamente como siempre...
hasta el último anuncio.
—Y finalmente...
el último representante superviviente del antiguo Sistema Solar.
Por autorización especial del presidente Baltus y de la Federación de Fútbol de Omega...
este equipo competirá con jugadores reunidos de los diferentes planetas del antiguo Sistema Solar.
¡Recibamos a...
la Federación de Fútbol del Sistema Solar!
Las puertas del túnel permanecieron cerradas.
Marcus miró a sus jugadores.
Todos los ojos estaban puestos en él.
Asintió.
La música comenzó.
No era un himno.
No era una marcha militar.
Era alegre.
Enérgica.
Viva.
Las puertas se abrieron.
Y aparecieron.
Los catorce jugadores avanzaron tomados de las manos.
Tres pasos hacia adelante.
Uno hacia atrás.
Cada movimiento perfectamente sincronizado.
Alrededor de sus tobillos colgaban pequeñas cadenas hechas de piedras, anillos oxidados y fragmentos de metal.
Con cada paso...
Clac.
Clac.
Clac.
Durante un latido...
todo el estadio quedó paralizado.
Entonces...
¡estalló!
—¡OOOOOOOH!
Cien mil personas se pusieron de pie.
—¡Están bailando!
—¡Qué entrada tan increíble!
Todas las cámaras abandonaron a las demás delegaciones.
Ahora solo había un equipo que importaba.
El Sistema Solar.
Mientras bailaba, Dinho sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
Toda su vida había jugado entre sangre y desechos de matadero.
Ahora...
cien mil personas lo estaban aplaudiendo.
A su lado, Buffar cerró los ojos durante un breve instante.
Durante años, no había conocido otra cosa que órdenes.
Insultos.
Amenazas.
Aquella era la primera ovación de pie de su vida.
Y la estaba compartiendo con hombres que, apenas unos meses atrás, también habían sido esclavos.
Dentro del palco presidencial, Baltus dejó de sonreír.
No era la danza.
No eran los aplausos.
Era algo mucho más peligroso.
Durante siglos, Omega había gobernado mediante el miedo.
Sin embargo, aquellos antiguos esclavos...
acababan de hacer sonreír a toda la galaxia.
Su asesor se inclinó hacia él.
—¿Ocurre algo, señor presidente?
Baltus no respondió.
Simplemente observó cómo miles de espectadores se tomaban de las manos y comenzaban a imitar la danza.
Aquello ya no era una ceremonia inaugural.
Era el nacimiento de un símbolo.
Y los símbolos...
eran más peligrosos que los ejércitos.
Uno de los comentaristas apenas podía contener la emoción.
—¡Nunca había visto algo así!
Su compañero respondió inmediatamente:
—Preguntemos a Inteligencia Central.
La pantalla gigante se iluminó.
Una voz femenina y serena llenó el estadio.
Danza identificada: Dabke.
Origen: planeta Tierra.
Significado: unidad. Resistencia. Comunidad.
Las cadenas que llevan en los tobillos son una adaptación simbólica creada por la delegación del Sistema Solar y representan la esclavitud que muchos de sus integrantes padecen.
El silencio invadió el estadio.
Entonces...
los aplausos se hicieron todavía más fuertes.
Comenzaron a caer flores desde las gradas.
Secciones enteras del público se tomaron de las manos e intentaron imitar la danza.
Incluso jugadores de otras federaciones sonrieron mientras seguían el ritmo.
Por un instante, la música dejó de pertenecer a los jugadores.
Pertenecía a todo el estadio.
Niños en las gradas superiores tomaron las manos de sus padres, riendo mientras intentaban imitar aquellos pasos desconocidos. Ancianos sonrieron mientras se movían torpemente al ritmo de la música. Incluso miembros de las delegaciones rivales abandonaron el protocolo, se tomaron de las manos con sus compañeros y copiaron la danza.
Las cámaras captaron cada reacción.
Las redes sociales de toda la galaxia explotaron.
«¿Quiénes son?»
«Nunca había visto una entrada así.»
«Se supone que son esclavos... ¿por qué parecen tan orgullosos?»
Las respuestas comenzaron a aparecer una tras otra.
Porque ya no caminaban encadenados.
Bailaban con sus cadenas.
Marcus miró brevemente a sus compañeros.
Ninguno había pronunciado una sola palabra desde que salieron del túnel.
No era necesario.
Cada paso sincronizado, cada sonido metálico que resonaba por el estadio, decía todo lo que habían sufrido...
y todo aquello en lo que se negaban a convertirse otra vez.
Por primera vez desde que Omega conquistó el Sistema Solar...
sus habitantes no estaban siendo recordados por su derrota.
Estaban siendo admirados por su valentía.
Por primera vez...
todo el estadio bailaba con el Sistema Solar.
Cuando llegaron a su posición asignada...
la música se detuvo.
Los catorce jugadores levantaron lentamente el brazo derecho hacia el cielo.
Nada más.
El estadio explotó.
El rugido fue tan ensordecedor que durante casi un minuto no pudo escucharse absolutamente nada más.
La ceremonia ya no pertenecía a Omega.
Pertenecía al Sistema Solar.
Comenzó el himno oficial del torneo.
Baltus subió al podio principal y pronunció el discurso habitual sobre amistad, espíritu deportivo y unidad entre las galaxias.
Marcus apenas lo escuchó.
Sabía que aquellas hermosas palabras habían sido construidas sobre siglos de esclavitud y conquista.
Pero aquel no era el momento de responder.
Todavía no.
Una enorme esfera holográfica apareció sobre el estadio.
Los emblemas de todas las federaciones giraban en su interior.
—Ahora procederemos al sorteo oficial de los grupos.
El estadio quedó en silencio.
Las esferas comenzaron a girar.
Una.
Otra.
Otra más.
Hasta que la última se detuvo lentamente.
El sistema anunció:
—Grupo C. Primer partido.
Marcus levantó lentamente la cabeza.
—Federación de Fútbol del Sistema Solar...
Una pausa.
—...contra la Federación Planetaria de Sirio.
Una oleada de incredulidad recorrió el estadio.
Los comentaristas casi gritaron.
—¡Sirio!
—¡La Muralla de la Galaxia!
—¡Cuarenta años invictos en la fase de grupos!
—¡Ningún equipo ha conseguido marcarles un solo gol en toda la historia del torneo!
—¡Muchos entrenadores dicen que es más fácil derribar una montaña que atravesar la defensa de Sirio!
Dentro del palco presidencial, Baltus volvió a sonreír.
Había visto la danza.
Había reconocido la amenaza.
Y ahora...
la defensa más impenetrable de la galaxia se interponía entre el Sistema Solar y su sueño.
Marcus miró una última vez las flores que todavía caían del cielo.
Los espectadores aún intentaban bailar el dabke.
Durante unos minutos preciosos...
nadie habló de esclavos.
Nadie habló de derrotas.
Nadie habló de un Sistema Solar moribundo.
En toda la galaxia, aquellos catorce hombres habían sido llamados por un solo nombre.
Un equipo.
Marcus respiró profundamente.
Mañana...
tendrían que demostrar que merecían ese nombre.
Y demostrarían a la galaxia...
que ni siquiera La Muralla podría detener a quienes ya habían roto sus cadenas.