A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás
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Las semanas continuaron transcurriendo con tranquilidad.
Alejandro ya conocía perfectamente el funcionamiento de la empresa.
Organizaba reuniones, preparaba informes y mantenía la agenda de Andrea en perfecto orden.
Su eficiencia era tan notable que muchos empleados comenzaron a buscarlo cuando necesitaban resolver algún asunto con rapidez.
Una mañana, Alejandro llegó al despacho con una carpeta en las manos.
—Señora Andrea, aquí están los contratos que solicitó.
Andrea levantó la vista de su computadora y le sonrió con calidez.
—Gracias, Alejandro.
Tomó la carpeta y, antes de que él se marchara, añadió:
—¿Ya desayunaste?
Alejandro sonrió con un poco de vergüenza.
—Sí... esta vez sí.
Andrea arqueó una ceja, divertida.
—¿"Esta vez"?
Él soltó una pequeña risa.
—No quería que volviera a regañarme.
—Haces bien.
La conversación fue escuchada por dos secretarias que pasaban frente al despacho.
Cuando se alejaron, comenzaron a hablar en voz baja.
—¿Escuchaste?
—Sí... la directora se preocupa mucho por él.
—Nunca la había visto preguntarle eso a otro empleado.
Horas después, Andrea salió de una reunión bastante larga.
Al notar que Alejandro seguía revisando unos documentos sin haberse levantado en varias horas, se acercó.
—Descansa cinco minutos.
Alejandro levantó la vista.
—Todavía puedo seguir.
Andrea negó con suavidad.
—No.
Necesitas estirar las piernas y tomar agua.
El joven obedeció con una sonrisa.
—De acuerdo.
Desde la recepción, varios empleados observaron la escena.
—Otra vez...
—¿No creen que la directora lo trata diferente?
—Es muy evidente.
—Aunque Alejandro también la mira con muchísimo respeto.
—Yo diría que se gustan... pero ninguno quiere admitirlo.
Las especulaciones comenzaron a extenderse por toda la empresa.
Sin embargo, la realidad era muy distinta.
Andrea simplemente admiraba el esfuerzo y la dedicación de Alejandro.
Y Alejandro sentía un enorme agradecimiento y respeto por la mujer que le había dado una oportunidad cuando nadie más lo había hecho.
Esa tarde, Andrea salió de su oficina con dos tazas de café.
Le entregó una a Alejandro.
—Toma.
Él la recibió sorprendido.
—No tenía que molestarse.
—No es ninguna molestia.
Has trabajado muy bien toda la semana.
Alejandro sonrió.
—Muchas gracias.
En ese momento pasó Mauricio por el pasillo.
Al ver a Andrea entregándole personalmente una taza de café a Alejandro, su expresión cambió por completo.
Esperó a que ambos entraran nuevamente al despacho y se acercó a un grupo de empleados.
—Parece que los rumores eran ciertos.
Los demás lo miraron con curiosidad.
—¿Cuáles rumores?
—¿No lo ven?
Ella nunca había tenido esas atenciones con nadie.
Estoy seguro de que entre ellos hay algo.
Varios comenzaron a intercambiar miradas.
—No lo sabemos...
—Quizá solo confía mucho en él.
—O quizá son más que jefa y asistente.
Las voces se multiplicaron rápidamente.
Mientras tanto, dentro del despacho, Andrea y Alejandro continuaban revisando documentos sin imaginar que, al otro lado de la puerta, cada gesto amable era interpretado de la manera equivocada.
Y, sin darse cuenta, los rumores crecían cada día más, alimentados por las miradas curiosas y los celos de quienes preferían creer en las apariencias antes que en la verdad.