Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
**Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Elia 3
La mañana siguiente comenzó con una batalla.
No contra monstruos.
No contra magia.
No contra la bancarrota.
Contra un vestido.
—¿Por qué tiene tantas capas?
Murmuró mientras intentaba descubrir cómo funcionaba aquella prenda.
Después de varios minutos de lucha, dos sirvientas terminaron ayudándola.
Una de ellas incluso parecía preocupada.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—Perfectamente.
[He sido derrotada por una falda.]
[Pero perfectamente.]
Cuando finalmente llegó al comedor, tuvo que detenerse unos segundos antes de entrar.
Respiró profundo.
Porque aquella era la primera vez que vería a los condes estando completamente consciente de la situación.
Ya no eran figuras dentro de recuerdos.
Ya no eran imágenes observadas desde la distancia.
Eran sus padres.
Bueno.
Los padres de Elia.
Aún le costaba pensar en ellos de esa manera.
Pero allí estaban.
Esperándola.
El conde tenía más canas de las que recordaba.
Y parecía ligeramente más cansado.
La condesa conservaba una elegancia natural que la hacía parecer más joven de lo que realmente era.
Cuando la vieron entrar, ambos sonrieron.
Y aquella sonrisa fue tan sincera que casi le dolió.
[Oh no.]
[No me miren así.]
[Es demasiado pronto para sentir emociones.]
—Buenos días —saludó.
Su voz salió más suave de lo que esperaba.
La condesa parpadeó.
El conde también.
Elia sintió inmediatamente el peligro.
[¿Qué?]
[¿Qué hice?]
[¿Dije algo raro?]
[¿Me descubrieron?]
Se sentó intentando parecer normal.
Tomó una taza.
Bebió un poco de té.
Intentó actuar como una noble respetable.
Y esperó.
Entonces la condesa habló.
—Pareces feliz hoy.
Elia casi se atragantó.
—¿Qué?
—Te ves muy contenta.
—¿Yo?
—Sí.
El conde sonrió.
—Hace tiempo que no te veía así.
La joven quedó confundida.
Porque ella no había hecho nada.
Absolutamente nada.
Solo había entrado.
Saludado.
Y agradecido cuando le sirvieron el desayuno.
Entonces comprendió.
[...oh.]
Había sonreído.
Eso era todo.
Una pequeña sonrisa.
Un simple "gracias".
Y considerando la personalidad de la antigua Elia... aquello probablemente equivalía a un milagro divino.
Intentó recordar cómo era normalmente un desayuno.
Los recuerdos llegaron de inmediato.
—¿Esto está frío?
—No quiero esto.
—¿Por qué trajeron ese pan?
—¿Quién eligió este té?
—¿Por qué tarda tanto?
La nueva Elia sintió vergüenza ajena.
[Oh, por amor a Dios.]
[Era peor de lo que pensaba.]
[¿Cómo no la estrangularon?]
Decidió aprovechar la situación.
Después de todo, necesitaba comenzar con alguno de sus planes.
—En realidad... quería preguntar algo.
Los condes prestaron atención de inmediato.
—Por supuesto, querida.
—¿Qué ocurre?
Elia jugueteó con la taza.
—Me preguntaba si podría revisar los libros de la biblioteca.
Ambos se sorprendieron.
No de forma negativa.
Más bien parecían desconcertados.
Lo que tenía sentido.
La antigua Elia probablemente consideraba que los libros eran objetos decorativos.
—¿La biblioteca? —preguntó la condesa.
—Sí.
—¿Para leer?
—Bueno... sí.
Los dos parecían cada vez más confundidos.
Elia comenzó a ponerse nerviosa.
[Excelente.]
[Ya me descubrieron.]
[He caído por querer leer.]
[Qué manera tan ridícula de terminar.]
Pero entonces continuó hablando.
—También quería revisar algunos textos de comercio.
Silencio.
—Y quizás pensar en algún negocio.
Más silencio.
Elia observó sus rostros.
Esperando una negativa.
O una carcajada.
O alguna frase como..
"Querida, no sabes nada de negocios."
Pero nada de eso ocurrió.
El conde fue el primero en reaccionar.
—¿Un negocio?
—Sí.
—¿Por que te interesa?
—Sí.
—¿Por que quieres intentarlo?
—Sí.
El hombre sonrió.
Una sonrisa cálida.
Orgullosa.
—Entonces adelante.
Elia quedó inmóvil.
—¿Eh?
—Si deseas intentarlo, te apoyaremos.
La condesa asintió inmediatamente.
—Por supuesto.
—Pero... No te esfuerces demasiado.
—Y no te preocupes por nada. Solo haz aquello que te haga feliz.
Elia sintió que algo le golpeaba directamente la conciencia.
[¡No!]
[¡No hagan esto!]
[¡No sean tan buenos!]
[¡Me hacen sentir peor!]
Porque mientras más conocía a los condes... más incomprensible le parecía la personalidad de la antigua Elia.
Aquellos dos no eran crueles.
No eran negligentes.
No eran arrogantes.
Simplemente habían amado demasiado.
Habían esperado tantos años por tener una hija... que terminaron incapaces de poner límites.
Y aun así seguían siendo personas amables.
Generosas.
Cariñosas.
Elia recordó decenas de escenas.
El conde trabajando mientras estaba enfermo para mantener la propiedad.
La condesa preocupándose por todos los empleados.
Los dos sacrificando gastos personales para seguir cumpliendo los caprichos de su hija.
Y la antigua Elia respondiendo con berrinches.
Exigencias.
Y quejas.
[Realmente eras una pequeña desgracia.]
Luego se corrigió.
[No.]
[Una gran desgracia.]
Tuvo que contener el impulso de golpearse la frente.
Mentalmente ya lo estaba haciendo.
Varias veces.
Con fuerza.
Mientras tanto, los condes seguían observándola con afecto.
Como si estuvieran felices simplemente porque estaba conversando con ellos.
Y aquello la desarmó completamente.
Porque estaba acostumbrada a las expectativas.
A la presión.
A demostrar resultados.
Pero aquellos dos parecían conformarse con verla sonreír.
Nada más.
Solo eso.
Sintió un nudo extraño en la garganta.
Uno cálido.
Incómodo.
Pero agradable.
Así que hizo lo único que pudo hacer.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
—Gracias.
La condesa pareció iluminarse.
El conde también.
Y ambos intercambiaron una mirada silenciosa.
Una de esas miradas que solo las parejas que llevan décadas juntas son capaces de entender.
La protagonista observó aquello.
Y tomó una nueva decisión.
Su lista original tenía tres objetivos.
Salvar a la familia.
Ayudar a su padre.
Dejar de ser una persona horrible.
Pero ahora añadió uno más.
Uno que escribió mentalmente mientras veía a los condes sonreír.
Hacer felices a estas dos personas.
Porque sinceramente... ya habían sufrido suficiente culpa de parte de Elia Russ.